Nancy Yáñez: La profe buena onda. Por Rafael Gumucio

Escritor y columnista
Crédito: Agencia Uno.

Nancy Yánez representa a la perfección ese mundo que demostró ser minoría en el plebiscito, pero que sigue siendo un referente intelectual, una sensibilidad que solía criticar instituciones tan coloniales y vetustas como el Tribunal Constitucional que ella preside.


Cuando debo retratar a una profesora de derecho que no conozco personalmente, recurro invariablemente a Wikibello, la Wikipedia que construyen los alumnos de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile para advertirle a los nuevos cómo son las clases y las pruebas de sus posibles profesores. Porque la actual presidenta del Tribunal Constitucional ha sido sobre todo una destacada profesora de derecho de la Universidad de Chile, titular de todos los ramos que tengan que ver con derecho indígena y los derechos humanos asociados a éstos.

¿Qué dice wikibello, entonces?: “Es un amor de ser humano”. “Gran profesora y se aprende bastante.” “La profesora es genial y su ramo es excelente.” Cuenta que puede seguir haciendo clase mientras se incendia la sala, que logró desconcentrar a Fernando Villegas, que es exactamente igual a Pocahontas, y nació en Quemchi, en Chiloé, aunque se perfeccionó en la Universidad de Notre Dame en Estados Unidos, la universidad de los jesuitas (padres del derecho indígena en Latinoamérica).

Otro alumno cree haberla visto bailando en el video clip de “Ella llora” del grupo UPA. En el video de 1988 hay efectivamente una muchacha atractiva de ojos achinados y de piel morena que va desesperándose por distintas calles del Santiago de fines de la dictadura.

“Su clase de antropología jurídica es casi puro derecho indígena. Lo más probable es que derecho indígena sea entonces pura antropología”, dice otro alumno, que intenta demostrar su astucia. Lo cierto es que al leer la lista de sus publicaciones queda claro que los derechos humanos aplicados al mundo indígena, sus reivindicaciones y la forma cómo el Estado las ha pospuesto, es el tema obsesivo de los desvelos de Nancy Yáñez.

¿Qué tiene que ver esta especialidad con el Tribunal Constitucional que preside? Nada. O lo mismo que habilitaba a María Luisa Brahm, experta en estar cerca del Presidente Piñera, y dirigir su segundo piso antes de recibir como premio el TC. Lo mismo Iván Aróstica Maldonado, autor de un libro sobre el cuchillo corvo que llegó al tribunal como la mayor parte de los integrantes actuales y del pasado: por puro y simple cuoteo político.

De manera, por decirlo lo menos ingenua, la oposición quiso que una institución monárquica, el Tribunal Constitucional, totalmente dependiente de la voluntad del príncipe, juzgara a otra institución monárquica, los indultos, dependiente también totalmente de la voluntad del príncipe.

Nancy Yáñez pertenece al corazón del primer Boricismo. Una mujer preparada, sonriente, atractiva que se ha especializado en una rama de derecho en que se sabe siempre quiénes son los buenos y quiénes los malos. Es la profe buena onda, no solo porque tiene buen carácter y ánimo, sino porque es especialista en la rama “buena onda” del derecho, una que está por buenas razones de moda.

Por cierto su visión de la protesta social, una protesta social que se cubrió de banderas mapuche no puede ser enteramente punitiva, ni menos negativa. Nancy Yánez representa a la perfección ese mundo que demostró ser minoría en el plebiscito, pero que sigue siendo un referente intelectual, una sensibilidad que solía criticar instituciones tan coloniales y vetustas como el Tribunal Constitucional.

¿Esto nubla su juicio a la hora de decidir la constitucionalidad de los indultos? Me parece que es difícil o imposible declarar inconstitucional un acto que han realizado con tanto o más discrecionalidad todos los presidentes que esta Constitución nos ha infligido.

Los indultos fueron absurdos, nacen de una lógica política perfectamente equivocada, de un análisis histórico insultante, sobre todo a la luz de los resultado del 4 de septiembre a la vista. Pero pasar de la crítica política al Tribunal Constitucional, sabiendo de entrada que se va a perder, equivale a hacer hoy lo que se le reprochaba a la oposición de ayer: no admitir que el otro ganó las elecciones y el que otro es otro, y piensa y actúa, y cree en otras cosas que tú no. Por cierto se puede criticar, impugnar, indignarse, pero es insultar al pueblo que ya votó, no dejar que gobierne el gobierno que está gobernando.

Creo como César Barros que el gobierno perdió sus convicciones, convicciones que eran solo moda después de todo, y le entrega a una oposición inteligente un espacio de negociación amplio y rico. El gobierno demostró que era cualquier cosa menos inflexible. Acusaciones, tribunales, insultos y más insultos, solo logran que el gobierno se atrinchere en el terreno estrecho de la identidad.

Lavín y Longueira, que eran tanto más inteligentes que sus descendientes en un momento similar, fueron a La Moneda a declararse “Bacheletistas-Aliancistas”. No lo hicieron por bolitas de dulce. Boric, Jackson y Vallejo se habrían anotado un punto al hacer lo mismo con Piñera cuando él, entre el estallido y la pandemia habría dado, como Ricardo III, su reino entero por un caballo.

Esperaron verlo caer, que es lo que espera la mayor parte de la oposición actual con Boric. Un juego de suma cero, o menos que cero, que dejará a la ciudadanía en los brazos de cualquier monstruo que Julio César Rodríguez nos ofrende (es cosa de recordar que por su escuela pasaron la doctora Cordero, Pamela Jiles, Franco Parisi y ahora el alcalde Carter.)

Esta obsesión por dar muerto el gobierno de turno al comienzo de su gobierno tiene que ver con la estructura del sistema político actual. En el presidencialismo chilensis, los gobiernos suelen perder su popularidad a los pocos meses de gobernar sin que exista un método para incorporar las nuevas sensibilidades al gobierno, que solitario se transforma en un Titanic en busca de un iceberg en que naufragar.

Tanto la facultad de indultar como la de determinar a dedo la composición del Tribunal Constitucional son soportables en un Presidente fuerte y popular, un dictador elegido que no pierde tiempo dando explicaciones de sus actos. Ante un Presidente que elige la facultad de indultar para darle un guiño a grupúsculos de ultra izquierda que lo odian y desprecian, los indultos se vuelven un insulto. Lo mismo el Tribunal Constitucional, que debería ser una instancia de viejos sabios, de expertos en Constitución, no del todo neutral, pero no tan evidentemente cuoteado.

Se supone que todas o algunas cosas deberían cambiar en la nueva Constitución. Por lo que hemos visto hasta ahora del nuevo proceso constituyente, esto va a ser apenas un sahumerio para borrar cualquier huella del proyecto anterior. Sería una tragedia. El proyecto de Nueva Constitución de 2022 era kitsch, llena de equívocos y confusiones varias, pero sería un error pensar que no representaba algunas necesidades, ideas, intuiciones, que no se puede dejar totalmente fuera del acuerdo que se quiere común. Supimos el año pasado que no todos los cambios son necesarios o inteligentes. Me temo que estamos aprendiendo que hay algo más tonto y peligroso que los malos cambios: No hacer algún cambio.

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