Enero 1, 2022

Libros: Terror en Lo Cañas, violencia política tras la Guerra del Pacífico. Por Bernardo Solís

Ex-Ante

Terror en Lo Cañas. Violencia política tras la Guerra del Pacífico, de Carmen Mc Evoy y Gabriel Cid (Taurus, 2021, 195 páginas) se enfoca en las fuerzas militares que había formado la república y que se usaron en La Araucanía y, luego en la campaña del Pacífico y es de esos libros con múltiples lecturas.

En un primer nivel, se trata de la reconstrucción de uno de los episodios más violentos del siglo XIX: la tortura y asesinato de decenas de jóvenes alzados contra José Manuel Balmaceda durante la guerra civil del 91.

En otro plano, es la historia de una generación de guerreros que durante treinta años estuvo combatiendo y que terminó destruyéndose a sí misma, y con ello al ejército que integraban desde las campañas de La Araucanía y de la Guerra del Pacífico.

Y, al mismo tiempo, es una profunda reflexión sobre la violencia en la política y una relectura del gobierno de José Manuel Balmaceda, que ya había sido objeto de atención de los historiadores hace algunas décadas, enfocado en la tragedia que significó la guerra para la democracia y que hoy, frente a un nuevo ciclo, se abre a otras interpretaciones.

Escriben los autores: “Repensar la cronología de la guerra civil de 1891, insertándola dentro de una línea de irregular y expansión estatal que comenzó con el conflicto en La Araucanía (1868-1881), continuó en la Guerra del Pacífico (1879-1884) y culminó en la guerra civil y la matanza de Lo Cañas (1891), permite entender la escalada de la guerra civil y los eventos –violencia verbal, represión, matanzas, tácticas de tortura, ejecuciones sumarios y robo indiscriminado– que marcaron la culminación de un sangriento siglo XIX, anunciando al XX e incluso preludiando el conmocionado XXI”.

Las sociedades, dicen más adelante, “son en alguna medida la suma total de sus historias de guerra”.

Carmen Mc Evoy, miembro Correspondiente de la Academia Nacional de la Historia del Perú, es una estudiosa de la sociedad chilena del siglo XIX. Este libro –escrito junto al doctor en Historia Gabriel Cid, también especializado en el mismo siglo– puede verse como la pieza siguiente de Guerreros civilizadores. Política, sociedad y cultura en Chile durante la Guerra del Pacífico (UDP, 2011, 431 páginas), una acabada investigación de cómo la sociedad chilena se articuló para ganar la Guerra del Pacífico y los discursos que se construyeron desde el poder.

Ahora, con Terror en Lo Cañas, se enfoca en las fuerzas militares que había formado la república y que se usaron en La Araucanía y, luego en la campaña del Pacífico.

El libro recoge testimonios de memorias de militares que participaron en el sur, con relatos de asesinatos, torturas y violaciones. Es lo que hoy se describe como la vida (y muerte) en la vieja Frontera pero también las biografías de los “comandos fronterizos” que más tarde se desplegarían contra Bolivia y Perú, y después contra sí mismos. Orozimbo Barbosa, Estanislao del Canto, Eulogio Altamirano, Pedro Lagos y una larga lista de veteranos de tres guerras.

La guerra en el sur, escriben los autores, “no se atenía a las normas de la ‘guerra civilizada’, como se denominaba en la época, sino al enfrentamiento irregular, que abría una espiral de venganzas y crueldad. Así, a fines de 1868, un periódico informaba del degollamiento de cinco prisioneros mapuches en la frontera, un reprochable hecho que terminaba justificando la violencia como represalia por parte de los indigenas y que contradecía el discurso de la civilización contra la barbarie, quedando disminuida a una disputa de la ‘barbarie contra la barbarie’”

La siguiente pieza en la ruta de Mc Evoy tal vez sea una historia del ejército del siglo XIX, destruido precisamente en la guerra civil de 1891, justo cuando el gobierno se había empeñado en modernizarlo y había contratado a un militar prusiano, Emilio Körner, para hacerlo, aunque éste se plegara al bando revolucionario e incluso dirigiera a las tropas en las sangrientas batallas de Concón y de Placilla.

Alrededor de la violencia en la política es donde los autores entregan pistas para entender lo que ocurrió entonces y ocurre ahora. Para 1891, dicen, la elite del país se jactaba de treinta años de paz interna. Chile era, una vez más, una excepción (un “oasis”). Pero todo se desquició de un momento a otro: la industria del salitre se estancó y la crisis con el parlamento se hizo insostenible.

“En el siglo XIX –explican los autores–, la violencia formaba parte de la política. No era una anomalía, sino que estaba integrada”. Una violencia que, añaden, requiere de “contextos de posibilidad”: “Una de ellas es el deterioro de los marcos de convivencia producto del cuestionamiento de la legitimidad del orden imperante, a lo que sigue su resquebrajamiento y posterior colapso. En aquel estado, el lugar del poder se imagina como vacío y sujeto a disputas por quienes desean coparlo. El colapso del orden desliza la convivencia social hacia lo que podríamos llamar como un momento hobbesiano, un signo de anomia donde la ausencia del orden abre paso al sentimiento de inseguridad permanente, pues la violencia por el acceso al poder se torna cotidiana. En los hechos, nadie tiene un poder superior capaz de pacificar las relaciones sociales. Ya que la violencia es una pulsión latente, la anomia es un contexto propicio para su despliegue y su transformación en violencia política (…) La eliminación de los controles sociales que inhiben el despliegue de la violencia, así como la incapacidad para pacificar las relaciones sociales, incide en que los costes de ejercer la violencia sean bajos, por lo que esta queda impune”.

Una de las cosas de las que alerta el libro es de esa sismicidad que de golpe asoma, y que es capaz de transformarlo todo o recordar que siempre se puede retroceder (“Cada día puede ser peor”, reflexionó alguna vez Michelle Bachelet). En el caso del libro es esa “violencia fronteriza” que durante el siglo XIX tardó décadas en llegar a Santiago y golpear a la elite.

Esta historia de la violencia –en La Araucanía, en Perú, en Lo Cañas– debiera profundizarse precisamente para entender los puntos ciegos de los que cada tanto emerge el horror.

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