Con la emotividad del Trovador del Gol, los partidarios del gobierno celebran sus avances en materia de economía y orden público.
Primero, el oficialismo festejó que -según un prestigioso medio financiero- Chile vuelve a ser el país más seguro para invertir en Latinoamérica. En paralelo, se destaparon espumantes para reconocer la gestión fiscal del ministro Marcel, que después de una década consiguió números azules para las arcas públicas. Todo esto ocurría mientras entraba en vigor el TPP-11, y la Cancillería chilena destacaba la relevancia de la integración comercial en un mundo abierto.
Luego, ante la nueva ola de turbulencias migratorias en el norte del país, el oficialismo celebró el despliegue de las Fuerzas Armadas en las zonas fronterizas, junto a una serie de facultades de control adicionales contenidas en el proyecto de “infraestructura crítica”. El presidente de la Cámara de Diputados, Vlado Mirosevic congratulaba con entusiasmo a su gobierno en medio de signos de exclamación: “¡Lo logramos!”.
Cualquier observador medianamente agudo notará que acá ocurre algo curioso. Las buenas noticias en el frente económico parecen estar vinculadas a la derrota del proyecto refundacional que presentó la Convención Constitucional, que el ecosistema gobernante apoyó sin matices. Para qué hablar de acuerdos comerciales que el frenteamplismo en el poder siempre ha interpretado como una profundización del neoliberalismo. Dicho en crudo, hoy celebramos a pesar y no gracias a la conducción política de La Moneda.
Lo mismo podría decirse respecto de la dimensión de orden público. Cuando fueron oposición, los elencos que actualmente gobiernan, y celebran con generosas exclamaciones la intervención militar, fueron especialmente críticas y recelosas de ampliar sus facultades, ya sea por el trauma histórico, por la sospecha de que abusan de sus atribuciones, o, en el caso particular de la migración, por una legitima visión doctrinaria basada en el derecho de todo ser humano a desplazarse libremente de un territorio a otro. Sus legisladores rechazaron el proyecto de infraestructura crítica cuando venía del gobierno de Sebastián Piñera.
Pero, en política, bien sabemos, la consecuencia está sobrevalorada. No hay mucho mérito en mantener siempre una posición errada. Es mejor -y más valiente- reconocer el error y cambiar de rumbo. Se retrucará que en muchos casos no hay ningún reconocimiento ni acto de contrición, sino puro oportunismo, a veces volteretas olímpicas. Es cierto. Pero hay otros tantos casos donde el reconocimiento ha sido explícito, desde la cuenta pública en que el presidente Boric admitió que muchas de las críticas al manejo de pandemia habían sido mezquinas hasta la reciente autocrítica del ministro Jackson por apoyar la nefasta política de los retiros de los fondos previsionales.
De los arrepentidos es el reino de los cielos, dice el refrán bíblico. De arrepentidos está poblado el Purgatorio en la Divina Comedia, incluso de aquellos que lo hicieron un instante antes de morir. Ellos tendrán la oportunidad de expiar sus culpas para luego acceder al Paraíso de Dante. Los únicos que permanecen en el Infierno son aquellos que nunca se arrepienten, los que persisten en error, los que justifican sus acciones hasta el final (como lo acaba de hacer la ex primera dama en Madrid, dirán los odiosos).
Es positivo que el gobierno celebre estos hitos en materia de economía y orden público, principalmente porque se trata de los temas que vienen dominando la agenda desde mediados del 2021. Lo ratifica el olfato del propio diputado Milosevic (probablemente el dirigente oficialista más camiseteado después de la decisiva intervención del gobierno en su favor para presidir la Cámara), cuando señala que sus prioridades son literalmente economía y orden público. Por el contrario, el fracaso político de la Convención Constitucional se explica en parte -al menos más que cualquier teoría conspirativa- por su incapacidad casi dolosa de leer el cambio del clima político en Chile.
Como relató el ex convencional Patricio Fernández después del triunfo parcial de José Antonio Kast en la primera vuelta presidencial, sus colegas bromeaban que tendrían que ponerse corbata y moderarse un poco. Era efectivamente una broma, porque no lo hicieron. Su fidelidad al diagnóstico octubrista fue fatal. Su exceso de consecuencia delató poco juego de piernas, escasa aeróbica política, nula visión estratégica.
Da lo mismo que economía y orden público no sean parte del repertorio original del frenteamplismo, que adquirió vida política para levantar otras banderas (segregación por capacidad de pago, reivindicación de identidades vulnerables, etcétera). Da lo mismo que sean parte del repertorio discursivo natural de la derecha (lo que no significa que la derecha sea necesariamente más eficiente en estas áreas). Lo que importa es que el gobierno de Boric las haga propias -y grite cada uno de sus goles con abundancia de signos de exclamación- porque ahí están las preocupaciones centrales de los chilenos.
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