Septiembre 25, 2022

El mapa político empezó a cambiar. Por Sergio Muñoz Riveros

Ex-Ante
Crédito: Agencia Uno.

Ha retrocedido el miedo, y también la extorsión basada en el miedo, cuya última expresión fue la campaña de intimidación respecto de lo que podía ocurrir al día siguiente del plebiscito. La amenaza autoritaria no ha desaparecido, pero los tiempos van cambiando. La mayoría del país rechazó explícitamente la posibilidad de ser rehén de los violentos y de los políticos que les dan coartada. Esa mayoría quiere estabilidad democrática y progreso real.


La Convención fue una mala experiencia por donde se la mire, repleta de elementos perniciosos para nuestra convivencia. Y el proyecto de Constitución que salió de allí, apoyado incondicionalmente por el gobierno de Boric, llevó a Chile, literalmente, al borde del barranco. Pero, a veces, adquiere sentido la vieja sentencia de que “no hay mal que por bien no venga”, aunque suene como declaración de optimistas porfiados.

Hubo un efecto beneficioso, no buscado desde luego por los excitados convencionales que creían haber asaltado el cielo: hizo evidente el riesgo de un enorme extravío colectivo, mostró hasta dónde podían llegar el frenesí ideológico y el oportunismo político y, como consecuencia de todo ello, provocó la reacción en defensa propia de la mayoría del país. Eso explica que hayan votado más de 13 millones de personas el 4 de septiembre, y que el triunfo del Rechazo haya tenido una magnitud que nadie anticipó.

Este año puede convertirse en un punto de inflexión luego de la inestabilidad que partió con la revuelta de 2019 y culminó con el proyecto de la Convención. La campaña del plebiscito permitió que mucha gente se diera cuenta de lo que Chile podía perder si prosperaba la aventura refundacional. Creció la conciencia de lo que tenemos y quedó al desnudo la treta de descalificar los 30 años con el fin de validar las fórmulas populistas. Esa era la madre del cordero.

¿Cuál era la alternativa que le tenían reservada al país el Frente Amplio y el PC? Ahora lo sabemos exactamente: quedó escrita con todo detalle en el programa político que, al fin y al cabo, era el proyecto de Constitución, y cuyo punto de partida consistía en trozar metódicamente a Chile. Tal era la vía de la felicidad del pueblo que fue avalada por Boric y las izquierdas, y fue rechazada abrumadoramente. No estaba dormida la sociedad.

Una consecuencia directa del renacer democrático fue la irrupción de Amarillos por Chile, que acaba de iniciar los trámites para convertirse en partido. Jugó un papel muy relevante en el cuestionamiento del proyecto de la Convención, reivindicó la necesidad de una Constitución que uniera al país y fue el cauce de participación de mucha gente que venía de los antiguos partidos de centroizquierda, como también de personas independientes y de otras sensibilidades.

Encabezado por el escritor Cristián Warnken, Amarillos partió en febrero con un pequeño grupo y creció aceleradamente en los meses siguientes. Llegó a sumar 70 mil adherentes a mediados de año, los que se volcaron con gran motivación a la campaña del Rechazo. Aspira a transformarse en una fuerza de centro reformista, y tiene reales posibilidades de ganarse un lugar bajo el sol.

En un sentido opuesto, resalta la profunda crisis de la Democracia Cristiana. Ha sido largo su proceso de decadencia, ilustrado por el éxodo de muchos militantes destacados en los años recientes. En la última etapa, se agudizó su deterioro bajo el control del aparato partidario por parte de Yasna Provoste y su grupo. ¿Qué viene ahora? No es claro. Algunos dirigentes históricos creen que aún es posible dar una batalla para rescatar al partido del ocaso definitivo, pero es una tarea difícil luego de su pérdida de identidad.

En los partidos de centroderecha, que nadie puede negar que contribuyeron decisivamente al triunfo del Rechazo, hay disposición de favorecer los cambios constitucionales bien pensados. En los días posteriores al plebiscito, estuvieron a punto de quedar atrapados en una maniobra de La Moneda para suscribir un acuerdo a la carrera, que estaba concebido para disimular la derrota oficialista, pero alcanzaron a darse cuenta. Cuentan con aproximadamente 30% del electorado, y parecen estar más conscientes de que no pueden repetir los errores de 2019.

Es valioso que el Congreso esté funcionando como la sede natural del diálogo de los partidos respecto de cómo encauzar la discusión constitucional. Nada les impide, por supuesto, ir al fondo del asunto, y preocuparse no solo de “los bordes”, sino de la estructura completa. ¿Qué sentido tiene quebrarse la cabeza con rebuscados diseños para una nueva convención, que en realidad el país no necesita? Bernardo Fontaine acaba de proponer (EM, 24/09) que sea el propio Congreso el que tome la iniciativa de elaborar una propuesta constitucional que luego sea sometida a plebiscito. Es como recordar que el camino más corto entre dos puntos es la línea recta.

¿Qué va a pasar con los dos bloques que están en el gobierno, y que no tienen una visión compartida sobre el futuro? ¿Y qué va a pasar con el propio Boric, cuyo viaje a la ONU reforzó la idea de que él hace discursos en función de cuál sea el auditorio? Cualesquiera que sean las circunstancias, será vital asegurar la gobernabilidad y reforzar las bases del régimen democrático.

Se han creado mejores condiciones para revitalizar la cultura de la libertad. Ha retrocedido el miedo, y también la extorsión basada en el miedo, cuya última expresión fue la campaña de intimidación respecto de lo que podía ocurrir al día siguiente del plebiscito. La amenaza autoritaria no ha desaparecido, pero los tiempos van cambiando. La mayoría del país rechazó explícitamente la posibilidad de ser rehén de los violentos y de los políticos que les dan coartada. Esa mayoría quiere estabilidad democrática y progreso real.

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