Septiembre 26, 2022

Daniel Mansuy: “El Presidente Boric todavía anda en busca de su propia identidad política”

Marcelo Soto

Profesor de la U. de los Andes e investigador asociado del Instituto de Estudios de la Sociedad, Daniel Mansuy cree que el mandatario “debe elaborar un diagnóstico que explique el resultado (del plebiscito), que vaya más allá de la infumable chapucería según la cual ‘fuimos demasiado rápido’, que es un modo de decir que en verdad los equivocados somos los chilenos”.


-La instalación del Gobierno no fue fácil, hubo tropiezos producto de la inexperiencia y un proceso constituyente que concentró las energías y finalizó con una derrota histórica. Transcurrido más de seis meses de mandato, ¿cómo evalúas la gestión y la actitud del Presidente Boric?

-La gestión del Presidente está inevitablemente marcada por la severa derrota del 4 de septiembre. Asumió un riesgo elevadísimo al comprometer la ejecución de su programa al resultado, y, bueno, perdió. Para peor, la figura presidencial quedó debilitada justo cuando más la necesitamos. Ahora bien, lo inexplicable es la indolencia del gobierno para asumir el resultado, como si hubiera sido ajeno a la contienda.

Habiendo pasado tres semanas, el Presidente sigue negando que haya habido derrota. Nombrar mal las cosas, decía Camus, agrega desgracia al mundo: hay que llamar las cosas por su nombre si queremos comprender y actuar. No digo nada nuevo, pero el gobierno no va a recuperar iniciativa política si no asume lo ocurrido. Además, debe elaborar un diagnóstico que explique el resultado, que vaya más allá de la infumable chapucería según la cual “fuimos demasiado rápido”, que es un modo de decir que en verdad los equivocados somos los chilenos.

En cualquier caso, mi impresión es que el Presidente Boric todavía anda en busca de su propia identidad política. Esto puede ser normal cuando eres un joven diputado, pero es imperdonable si eres Presidente. No hay tiempo para las dudas hamletianas cuando tienes ese nivel de responsabilidad.

-El tema de los “30 años” volvió a la palestra por una declaración del embajador chileno en Madrid quien dijo que la desigualdad había crecido. El expresidente Lagos respondió que no conocía los números. Tú escribiste un libro muy lúcido sobre la transición, “Nos fuimos quedando en silencio”. ¿El juicio a ese período genera una división en el oficialismo aun no resuelta y una fuente constante de conflictos?

-Sí, el juicio a ese período es fuente de divisiones, porque la cuestión doctrinaria se mezcla con la generacional. El grupo al que pertenece el Presidente fundó su identidad en una crítica radical a la Concertación. Por eso subrayan al máximo la antinomia cada vez que pueden: Jackson con la superioridad moral, el embajador Velasco con la desigualdad.

El problema es que si renuncian a esa crítica radical, su trayectoria adquiere una tonalidad insoportablemente frívola. ¿Tantas marchas, tantas consignas y tanta movilización social para terminar siendo un remedo de la Concertación? ¿Qué tan seria fue entonces la crítica a los 30 años? Son preguntas colosales para Gabriel Boric y su generación. A veces pienso que prefieren evitarlas, no mirarlas de frente, por temor a descubrir verdades desagradables, que obligan a cuestionar la propia biografía. De allí la necesidad de mantener la estridencia en el discurso.

-Hasta ahora el diálogo constituyente lo dominan el Congreso y los partidos. Según la encuesta Plaza Pública Cadem, la mayoría quiere una convención mixta, mitad expertos y mitad elegida. ¿Hay un riesgo de que el proceso se distancie del sentir popular? ¿Otro fracaso sería una tragedia política?

-Sí, ese es un riesgo que me preocupa mucho: que la ciudadanía perciba que sus prioridades no reciben la misma urgencia que las discusiones sobre mecanismos y principios abstractos. Yo no creo que esa sea una razón para enfriar ni postergar el debate constitucional, pero sí creo indispensable transmitir que esta no es la única ocupación de los políticos.

Eso implica que el gobierno debe alejarse de la discusión constitucional, asumiendo una agenda nítida en las materias que preocupan a los chilenos, y que esa agenda tenga traducción legislativa. De otro modo corremos el serio riesgo de un nuevo fracaso, que sería gravísimo para todo el sistema: tenemos que ser capaces de cerrar este tema en los años que vienen.

-Uno de los puntos que se ha tomado el diálogo constitucional son los famosos “bordes”. ¿Cuáles debieran ser los acuerdos mínimos del debate? ¿Qué rol debe jugar la derecha, para no repetir los errores del anterior proceso?

-La derecha está haciendo propuestas que se hacen cargo de un dato elemental: el nuevo proceso no puede ser idéntico al anterior. Tratar de acotarlo no me parece necesariamente una mala idea, sobre todo sabiendo que nadie quiere extender esta discusión más allá de 2024. Como al Presidente, no me molesta que haya bordes consensuados entre los distintos sectores políticos, en la medida en que eso reflejará un proceso mucho más mixto que el anterior: habrá participación del congreso, de expertos, y también de un órgano electo.

El Congreso, por lo demás, tiene plena legitimidad para fijar esos bordes: no es una cocina, sino una deliberación política entre partidos políticos con representación parlamentaria. Quienes desconfiamos de la idea misma de soberanía absoluta no deberíamos tener mayores dificultades con un sistema de pesos y contrapesos que evite darle a un puñado de personas la ilusión de que pueden reconstruir un país desde una asamblea. Dicho esto, es obvio que la propuesta de la derecha es un primer insumo para una negociación que será larga, y en la que todos tendrán que ceder.

-Tras el triunfo demoledor del Rechazo, hubo un cambio de gabinete que modificó el eje político. ¿Carolina Tohá y Ana Lya Uriarte navegan contra la corriente de un oficialismo que aún no asimila el golpe del 4 de septiembre?

-Como ha dicho ya varias veces Ascanio Cavallo, el cambio de gabinete fue importante, pero no respondió a la contundencia del resultado del 4 de septiembre. Una derrota de 24 puntos requiere de una cirugía mucho mayor. Sin embargo, el mundo de Apruebo Dignidad se resiste a admitir lo ocurrido ese día, y el Presidente no parece decidido a enfrentarse resueltamente a ellos. Quizás esta sea la gran decisión presidencial de los próximos meses: ¿estará Gabriel Boric dispuesto a liberarse de la presión ejercida por el PC y el mundo más duro del Frente Amplio? Tengo la mejor impresión de la ministra Tohá y de la ministra Uriarte, pero están condenadas a arar en el mar si su esfuerzo no cuenta con un respaldo presidencial mucho más robusto del que hemos visto.

-Luego del remezón electoral y político, ¿el Presidente Boric debiera alejarse del tema constitucional y enfocarse en las urgencias como la economía y las reformas tributaria y previsional?

-Sí, sin duda, el gobierno debiera acompañar la discusión constitucional, pero con distancia. El ancho de banda del sistema y de las comunicaciones políticas es limitado: todo lo que se gasta en constitución deja de usarse en otros temas. Y esos temas van a ser cada día más apremiantes para los chilenos. La ciudadanía no medirá al gobierno por el avance del tema constitucional, que además será lento, sino por su efectividad en economía y seguridad.

-Sin embargo el PC insiste en la fe en el programa, como si fuera intangible. Boric y Vallejo dicen que las transformaciones siguen adelante. ¿Son viables los cambios y promesas luego de la derrota del Apruebo?

-Acá hay un voluntarismo que yo confieso no entender. Ese programa requiere mayorías que hoy no están arriba de la mesa. El resto son cuentos. Ante eso, hay dos alternativas. Una es parapetarse en el “programa”, como si fuera la Biblia, acusar a la oposición de obstruccionista y, en definitiva, no hacer nada. El resultado será que el sistema político seguirá bloqueado, a sabiendas de que esa fue una de las causas del estallido del 2019.

La otra alternativa es sentarse a conversar, negociar, ceder y llegar a acuerdos. Sería algo así como el regreso de Boeninger. Más allá de la humillación implícita en la segunda solución, la primera me parece de una irresponsabilidad supina: es abrir las puertas a todos los populismos, pues aumentará la desconfianza en el sistema.

-Pese a que generalmente el tema internacional sirve para que brillen los cancilleres, este no ha sido el caso del gobierno. A lo de Israel, se suma el TPP11. ¿Estas polémicas sacan a relucir dos almas en el oficialismo?

-La cancillería presenta hoy problemas muy graves: los errores y desaciertos acumulados son demasiados, y en cuestiones sensibles. Es evidente que las relaciones internacionales no se están manejando profesionalmente, sino que al ritmo de estados de ánimo. Por los motivos que fueran, la canciller no ha logrado poner algo de orden en esta materias muy sensibles, aunque me temo que parte relevante de la responsabilidad recae sobre el Presidente. Al fin y al cabo, las principales decisiones han sido de él, que no parece muy compenetrado con su ministra.

Además, como bien dices, es un tema en el que se dejan ver con claridad las dos almas del gobierno: los socialdemócratas que asumen el mundo tal como es, y quienes andan en una búsqueda existencial de modelos alternativos, mientras gobiernan en su tiempo libre. A este respecto, la declaración de RD sobre el TPP11 es indigna de una colectividad oficialista con vocación de poder.

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