Cartman, Fondecyt y el rol de los medios en democracia. Por Cristóbal Bellolio

Ex-Ante

El problema es que las realidades a gusto del consumidor generan sociedades fragmentadas y afectivamente polarizadas. Mientras más se balcaniza nuestra comprensión del mundo, más se debilita la cohesión social de la cual depende la estabilidad democrática.


En un episodio de South Park, una de las mejores sátiras de nuestra época, el truculento pero genial Eric Cartman es el encargado de leer las noticias matutinas en su escuela. De la nada, mientras repasa el menú del almuerzo y comenta las reparaciones en el gimnasio, empieza a acusar a la presidenta del centro de alumnos, la matea Wendy Testaburger, de una serie de actos de corrupción, hasta finalmente responsabilizarla del exterminio de los Pitufos.

Sin embargo, no son acusaciones directas, sino escondidas en forma de preguntas: ¿Se robó Wendy la plata de los compañeros? ¿Tendrá alguna relación con la desaparición de la aldea pitufa? Cuando la dirección del colegio lo llama al orden, Cartman se defiende invocando la libertad de expresión, agregando que él no está afirmando nada, tan solo está “haciendo preguntas”. Esas inocentes “preguntas” logran su objetivo: los estudiantes liderados por el ingenuo y crédulo Butters Stotch se indignan -son amantes de los Pitufos- y comienzan a hostigar a Wendy. La convivencia escolar se vuelve tóxica.

Así se vio el episodio en que un par de reputados medios de comunicación presentaron a los ganadores de los fondos que anualmente la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID) entrega a los académicos chilenos que postulan con los mejores proyectos. A pesar de no haber ninguna presunción fundada para sospechar de la corrección del proceso, se encontraron con tres nombres que trabajaron para el gobierno o son cercanos al oficialismo. Tres, de un total de 693 proyectos adjudicados con los mismos criterios. Pusieron sus fotos y sus nombres en el titular.

El resto es historia. El “comentarista de Emol”, ese auténtico personaje anónimo de las redes sociales que emponzoña el paisaje con su socarrona sospecha y resentimiento estructural -y bajísima comprensión lectora- hizo lo que se esperaba que hiciera: puso el grito en el cielo y acusó corrupción, amiguismo, pitutocracia, #queseacabechile #cierrenporfuera #fueramerluzo, y un largo etcétera. ¿Quién lo habría pensado?

Como Cartman, los medios en cuestión no estaban acusando a nadie de nada. Solo estaban contándole a los Butters de este mundo que -vaya coincidencia- tres cercanos al gobierno se ganaron fondos estatales. Como la gente no lee más allá del titular, y los medios lo saben, pocos le prestaron atención al texto de la noticia que explicitaba los exigentes requisitos del concurso y su tradicional rigurosidad. El golpe noticioso estaba en la foto y el click. Su corolario, la indignación. Con candidez, estos mismos medios luego reportearon la “polémica” del Fondecyt.

Este es un episodio menor, pero invita a la reflexión sobre el rol de los medios de comunicación en democracia. El ecosistema digital ha posibilitado la entrada de múltiples medios no tradicionales que están más preocupados de impactar, generar clicks, y llevar agua a su molino ideológico, antes que informar los hechos con veracidad. Hay realidades a gusto del consumidor. Y los nuevos medios satisfacen esa necesidad: “¿quieres indignarte? Toma, aquí va tu dosis diaria”. “¿Odias al presidente? Mira lo que dijo en esta descontextualizada cuña”. “¿Crees que la derecha es miserable? No te pierdas como votaron este proyecto de ley”.

El problema es que las realidades a gusto del consumidor generan sociedades fragmentadas y afectivamente polarizadas. Mientras más se balcaniza nuestra comprensión del mundo, más se debilita la cohesión social de la cual depende la estabilidad democrática.

Con el paso de la comunicación “uno-a-muchos” a “muchos-a-muchos” que se inauguró con las redes sociales y el ascenso de medios emergentes de nicho, varios destacaron el papel de gatekeepers que jugarían los medios tradicionales, auténticos guardianes de la información veraz, intermediarios confiables que velan por preservar los estándares éticos y epistémicos de una democracia funcional. Sin embargo, la crisis de intermediación que se observa a todo nivel también los alcanza a ellos. Nadie se resiste a entrar en el negocio de la conspiración, a veces por pura supervivencia.

Todo esto sería inocuo, material para un curso de teoría de la comunicación, si la polémica artificial y deliberadamente inventada por estos medios para pegarle al gobierno se hubiera quedado ahí, en el pantanal de bilis de las redes sociales. De hecho, ningún intelectual o académico de la derecha le dio cuerda a la tontera. Pero no se quedó ahí. La necesidad imperiosa de algunos políticos de reaccionar con rapidez y ocurrencia a la controversia del día -exactamente lo opuesto a la reflexión crítica y el espíritu deliberativo- motivó a un grupo de diputados de RN a presentar un proyecto insólito para que exautoridades no puedan accedan a fondos otorgados en forma autónoma en su calidad de investigadores universitarios.

Esta es la única “polémica”: que siendo Fondecyt una de las cosas que funciona bien en Chile, y entre tanto escándalo real de malversación de lado y lado, se construya un escenario que acentúa el clima de sospecha y enfrentamiento tribal. Pero los medios siempre pueden, como Cartman, decir que solo estaban “haciendo preguntas”.

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