Octubre 21, 2021

Carlos Peña: “Muchos académicos o guardan silencio frente a la violencia o la apoyan”

Marcelo Soto

Carlos Peña, rector de la UDP, columnista de El Mercurio, autor de Pensar el malestar (Taurus, 2020) y El desafío constitucional (Taurus, 2020), critica a muchos académicos y políticos que buscan excusas para la violencia y perdonar a quienes la ejercen. “Hoy todo parece posible a condición de que lo apoye la mayoría; todo parece políticamente adecuado si resulta útil a los propios intereses; y -lo más preocupante- todo resulta moralmente correcto a condición de contar con una buena excusa para disfrazarlo”, dice.

-El tema de la violencia se ha tomado la agenda, luego de los destrozos que dejó el segundo aniversario del 18-O. ¿Crees que los saqueos y otros actos vandálicos son la esencia de esa efeméride? ¿No hay nada que celebrar?

-Establecer si acaso los actos vandálicos son o no “de la esencia” de esta efeméride, supone antes precisar cuál sería esta última. Lo que hubo el 18 de octubre fue una revuelta extremadamente violenta y no cabe confundirla, me parece, con la marcha posterior o el acuerdo constitucional. Es verdad que todos esos hechos están causalmente vinculados; pero de la circunstancia que dos hechos estén causalmente vinculados no se sigue que ambos merezcan la misma valoración. Del hecho que usted se enferme y quede postrado por meses y que gracias a la postración haya tenido una experiencia intelectual como leer el Ulyses de Joyce, no se sigue que enfermarse por semanas y caer en cama sea bueno, deseable o digno de celebración o un acontecimiento intelectual. ¿No le parece?  Pues bien. El hecho que la violencia del 18 esté causalmente vinculada con la Convención, no permite sostener que la violencia de ese día deba ser condonada o sea digna de aplausos o de celebración moral o política.

-Para algunos la violencia en Plaza Italia es ya un ritual. ¿Hay un desprecio por la dignidad de quienes viven allí? ¿Las autoridades han permitido que se transforme en una zona de sacrificio?

-Las autoridades -no vale la pena ocultarlo- han mostrado impericia para controlar la violencia en esa zona. No es posible que la violencia se transforme en un asunto con horario y convocatoria conocida, que se repite casi neuróticamente, por más de un año, y que la autoridad encargada del orden público no sea capaz de controlarlo ¿Es eso un desprecio de la dignidad de quienes viven allí? Es posible; pero de lo que no cabe duda es que se trata de un increíble maltrato tanto de parte de quienes ejercen la violencia como de parte de quienes, en cuyas manos se ha puesto la fuerza legítima, son incapaces de controlarlo.

-Según Lucy Oporto se trata de un acto hedonista, una exaltación del consumo neoliberal. Ella habla de “tener, poseer y destruir” como pulsiones del lumpen. ¿Estás de acuerdo? ¿Qué rasgos observas en quienes protestan?

-Puede ser un exceso atribuir todos los males de la época al consumo neoliberal. Es probable que incluso donde el neoliberalismo se ha mantenido a raya (y no siempre con resultados deseables, dicho sea de paso) haya también violencia. Lo que en cambio sugiero considerar es lo siguiente. Como saben los psicoanalistas, la violencia está lejos de ser una expresión de potencia, es más bien lo contrario: una expresión de impotencia. Y es probable que algo de eso haya en una porción de quienes han participado en estos actos de destrucción, una impotencia de ciertos sectores marginados frente a una clase dirigente inepta, incapaz de corregir aspectos obvios de la vida social. Esos sectores que viven la impotencia padecen la vida social como si fuera naturaleza y es probable que reaccionen en base a puras pulsiones.  Pero -es obvio- eso es solo una parte. También ejercen esa violencia otros grupos por razones ideológicas, otros sectores ilustrados y jóvenes porque ven en ellos la forma de sumarse a un momento orgiástico, otros por compromiso delictual. En esto lo peor es atribuir todo a un solo factor. Los fenómenos sociales suelen ser el fruto de múltiples factores. Entre todos esos factores destaca uno: la subjetividad y las pulsiones descontroladas al no existir instituciones. Sin instituciones -es lo que suele olvidarse- nunca se llega a constituir un sujeto o un ciudadano.

-Se ha criticado que políticos e intelectuales habrían justificado la violencia o al menos comprendido. Fernando Atria dice que los hechos del 18 de octubre permitieron el 15 de noviembre. Que sin ellos no hubiera sucedido el proceso constituyente. ¿Fue así?

-Bueno, como ya le dije, es en mi opinión una falacia -he sugerido llamarla la falacia del 18 de octubre- derivar del vínculo causal entre dos hechos la misma valoración moral. No porque dos hechos estén causalmente vinculados deben ser evaluados de la misma forma. Ese es un obvio error lógico esgrimir el vínculo causal entre dos hechos para transferir el valor de uno de ellos (el efecto) al otro (su causa). Desde el punto de vista causal, enseñaba Kant, todo estaba vinculado con todo; pero eso no ha de impedirnos enjuiciar moralmente los hechos.

-¿Ves cierto rasgo acomodaticio de intelectuales de izquierda frente al estallido? Cristián Warnken dice que es fácil mirar la violencia con un whisky en la mano, si estás protegido en tu casa, lejos de la zona cero.

-Warnken tiene toda la razón. Los intelectuales (pero no solo los de izquierda, es cosa de recordar las justificaciones del golpe del 73 y de la dictadura que oímos durante décadas) suelen dejarse seducir por la idea que de pronto un acontecimiento hará brotar una sociedad mejor, más limpia, exonerada de los males del presente. En sus recuerdos de la revolución de 1848, Tocqueville observó un rasgo que los actuales acontecimientos parecen confirmar. En momentos de revuelta, cuando todo parece que va a cambiar, dice Aron, los intelectuales tienden a aplaudir el gesto grandioso, la conducta exagerada, el alarde y las llamas, la fuerza ejercida sobre el prójimo (a condición que puedan observarla de lejos, por supuesto), a subrayar las ilusiones  y a emplear un tono cuidadosamente delicado para referirse a la conducta de la muchedumbre, como si temieran enemistarse con  ella. Esto lo vemos hoy, especialmente eso del tono delicado y cuidadoso para referirse a la conducta de las masas que es siempre insensata, la suma de pulsiones incontrolables.

-Jorge Millas escribió: “Muchas ideas que sobre la violencia propone la filosofía, parecen destinadas no a comprenderla, sino a promoverla, y ello, enmascarándola”. ¿Piensas que ese diagnóstico tiene vigencia? ¿El mundo académico ha sido permisivo?

-Jorge Millas en eso -y no solo en eso- acertó, sin ninguna duda.  Muchos académicos o guardan silencio frente a la violencia o la apoyan o imaginan pretextos para que se siga ejerciendo o excusas para perdonar a aquellos que la ejercen. Olvidan así que la exclusión de la violencia es el imperativo categórico de la democracia y de la vida cívica. Desgraciadamente oyendo a políticos e intelectuales uno llega a la conclusión que en estos días a muchos de ellos no les preocupa tanto la violencia como los pretextos o las excusas para ejercerla y luego condonarla. Es el sino de los tiempos: hoy todo parece posible a condición de que lo apoye la mayoría; todo parece políticamente adecuado si resulta útil a los propios intereses; y -lo más preocupante- todo resulta moralmente correcto a condición de contar con una buena excusa para disfrazarlo.

-Dices que no debe ser condonada la violencia. ¿Qué te parece la propuesta de amnistía para detenidos durante el estallido de 2019?

-La propuesta de indulto o amnistía descansa en la falacia a la que acabo de aludir y constituye un gigantesco error intelectual y político ¿En qué sentido incendiar, saquear, robar y agredir podrían ser actos dignos de condonación por parte del poder legislativo? Se dirá -así se ha dicho-que el actual proceso político constitucional tiene una deuda con los hechos del 18 de octubre; pero ¿no se advierte acaso que con esa excusa se está justificando la violencia como mecanismo para alcanzar objetivos políticos? ¿No salta a la vista que identificar  las causas de un cierto estado de cosas es una cosa, y justificarlas otra muy distinta? Si los hechos de este lunes, imaginemos, estimularan a los convencionales para ponerse de acuerdo pronto en una constitución, entonces  ¿debiéramos celebrarlos y los saqueadores de ayer serían los héroes del mañana? Pero ¿adónde llegaríamos con esa forma de concebir los problemas cívicos? ¿No hay en todo esto una cierta corrupción en la forma de encarar los problemas públicos? ¿tenían entonces razón los partidarios de la dictadura cuando justificaron la violencia del golpe por sus resultados en la modernización económica?

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