Alfredo Joignant y crisis por indultos: “La vocería de la ministra Vallejo fue entre mala, muy mala y fatal”

Marcelo Soto

El sociólogo y cientista política Alfredo Joignant dice que “la función de asesoría presidencial es compleja, y para que sea exitosa supone contarle al presidente no solo buenas noticias, sino también y sobre todo malas noticias, sugiriéndole cursos de acción. No se trata de llevarle al presidente problemas: junto a los problemas hay que traerle soluciones. Me parece que es en este aspecto en el que hay serias deficiencias”. “Solo constato que, en las propias filas del oficialismo, se rompió el sentimiento de auto-contención: del mismo modo que en Apolo XIII: “We have a problem”, concluye.


-La ministra Ana Lya Uriarte, afirmó que la situación que atraviesa el gobierno es un momento político “complejo”. ¿Esta es la peor crisis que ha enfrentado el Presidente Boric?

-Estoy de acuerdo con la compañera ministra en que este es un momento extraordinariamente complejo, el más complejo de todos, ya que pone en tensión las convicciones presidenciales con el sentido común de los chilenos a propósito de los indultos. Es más. El problema está en el origen del problema (una decisión presidencial) y sus efectos: remoción de la ministra de Justicia y del jefe de gabinete del presidente: dos modos de ejercer la responsabilidad política sin afectar al presidente. Si viviésemos bajo un régimen semi-presidencial o parlamentario, esto le cuesta el cargo al Primer Ministro: así de grave.

 -El exministro de Justicia Isidro Solís dijo: “uno tiene que calcular hasta cuándo quiere pagar el costo y si no mejor asumirlo todo de una sola vez y cortar el hilo de esto”. ¿El gobierno se arriesga a una crisis sin fin si no toma una decisión clara? ¿Qué lineamientos debería tener una estrategia para superar el embrollo?

-Para ser completamente franco, puedo constatar el embrollo en el que se encuentra el gobierno, pero no tengo claridad de cómo se sale de él. De buenas a primeras, me inclino por una estrategia de ganar tiempo (el tiempo estival y del nuevo proceso constituyente que se inicia, que modificarán la agenda política y mental) para generar no las condiciones de amnesia del tema indultos, sino para actuar en una coyuntura en la que no solo estará presente el tema indultos.

Claro, suena cínico, tengo conciencia de eso: pero no veo otra cosa posible, salvo si lo que la política (y no solo opositora) pretende es que el presidente se haga un harakiri en público, algo así como “lo lamento, pido perdón” para decir algo tan simple que “me equivoqué”. Hay algo profundamente performativo involucrado: de esas cosas en las que la palabra presidencial hace la diferencia y modifica la realidad.

No me parece razonable: no veo manera en que la palabra presidencial pueda “reparar” una situación que el propio presidente provocó, sin debilitar tanto al presidente como a la institución presidencial. El presidente se equivocó estrepitosamente, pero no me parece correcto pedir más de lo que el presidente ya sacrificó: una ministra y su propio jefe de gabinete. No estoy negando la gravedad de lo sucedido, pero insistir en responsabilidades presidenciales es pedir algo más que un reconocimiento de culpas.

-Aún no están claras las responsabilidades en la serie de errores que se cometieron. En la mira están los asesores, el segundo piso: ¿no está funcionando esa línea de defensa que debe tener siempre un presidente? ¿Quizá hay muchos amigos y pocos expertos capaces de decirle No al mandatario?

-No tengo un conocimiento profundo de quien es quien en el segundo piso. Todo lo que puedo afirmar, a ciencia cierta porque me consta, es que el nuevo jefe de gabinete del presidente Boric (Carlos Durán) es una persona seria, un excelente historiador a quien conozco como colega y que coloca algo de canas en la gestión del gobierno, entendiendo por “canas” un sentido de prudencia.

Ese segundo piso es además dirigido por Miguel Crispi, quien es brillante políticamente (pero también académicamente, lo tuve de alumno en el MPP de la Chile hace ya varios años). Estamos hablando de gente culta y seria, cuyos currículos impecables tendrán que armonizarse con el sentido común de la política real (el que por lo demás no es sinónimo de sentido común con chilenas y chilenos).

La función de asesoría presidencial es compleja, y para que sea exitosa supone contarle al presidente no solo buenas noticias, sino también y sobre todo malas noticias, sugiriéndole cursos de acción. No se trata de llevarle al presidente problemas: junto a los problemas hay que traerle soluciones. Me parece que es en este aspecto en el que hay serias deficiencias.

-Hay dos libelos contra la exministra de Justicia Marcela Ríos y contra el titular de Desarrollo Social, Giorgio Jackson. Ríos ya salió, pero Jackson no. ¿Se ha transformado en una dolor de cabeza para La Moneda el amigo del Presidente?

-Sin conocer los fundamentos jurídicos de ambas acusaciones, me resulta evidente que lo que se encuentra en juego no son “verdades jurídicas”, sino legítimos juicios políticos en pugna sobre el desempeño de ambos ministros. El gran problema para defenderse, políticamente, es que el actual oficialismo abusó de las acusaciones constitucionales bajo el gobierno del presidente Piñera: cuando escucho a la ministra Vallejo rebatir el fundamento de estas acusaciones, me retrotraigo al tiempo en que el ministro Blumel y la ministra Pérez decían ¡exactamente! lo mismo.

Tengo conciencia perfecta que se trata de tiempos históricos distintos (el de Piñera 2 ahogado por el estallido social y las violaciones a los derechos humanos a las que dio lugar, mientras que el periodo del presidente Boric es un tiempo de política normal ahogado por sus propias chapucerías, hasta grotescas): pero, ¿debemos someternos a la tiranía del sentimiento de iracundia que lleva a acusar a ministros y presidentes por razones más políticas y de guata, que por argumentos jurídicos? ¿Cómo sostener que las acusaciones constitucionales son, en última instancia, recursos de justicia política que descansan en argumentos jurídicos que no son dirimentes (precisamente porque la acusación es política)?

Es por esta razón que mi convicción se encamina hacia la naturaleza parlamentaria de las mociones de censura, un mecanismo (propio de los regímenes parlamentarios y semi-presidenciales) que sincera el fundamento político de censuras que buscan derribar a los gobiernos. Si esta convicción tiene fundamento, pues bien, no nos encontramos en el régimen correcto: el presidencialismo no es el régimen apropiado. Si me apuras en sincerar mi convicción, esa se identifica con el parlamentarismo, que tengo conciencia que no tiene espacio psicológico ni político en este nuevo proceso constituyente que se inaugura.

 -Camilo Vallejo dijo: “Si el Presidente hubiera tenido todos los antecedentes a la vista, la situación hubiese sido distinta”. ¿Esto abre espacio a que el nuevo ministro de Justicia deba hacer un sumario? ¿Qué consecuencias tendría?

-La vocería que ejerció en ese momento la ministra Vallejo fue entre mala, muy mala y fatal. Todavía no salimos de los efectos que ella produjo. Ni idea de lo que hará el ministro Cordero al respecto, de quien tengo la mejor opinión: es alguien brillante. Temo que la brillantez del ministro Cordero en este incordio opaque, una vez más, la vocería de la ministra Vallejo, quien se convenció que lo estaba haciendo extraordinario cuando sus pares del gabinete político eran Giorgio Jackson e Izkhia Siches: una vez que ellos salen del equipo político e ingresan Carolina Tohá y Ana Lya Uriarte, era predecible el declive de la relevancia de la ministra portavoz. No veo manera que esa relevancia se recupere, ya que es tributaria de coyunturas y nombramientos que no se repetirán.

-Se aprobó el nuevo proceso constituyente. Kenneth Bunker dijo que era demasiado “tutelado”, debido a los bordes y los expertos. ¿Cuáles son tus expectativas sobre una próxima constitución? ¿Será conservadora, parecida a la de los 80?

-No hay manera de no reconocer el carácter tutelado, y encapsulado del proceso constituyente que se abre. Lo que se logró, a punta de traumas y de un resultado catastrófico en el plebiscito de septiembre, es un proceso que se mueve entre un bajo y nulo riesgo de desmadre. Ahora bien, sostener que el nuevo texto constitucional será tan conservador como la Constitución de 1980 es expresar sin tapujos, en público que uno tiene fiebre y dejó de discernir la realidad.

El proceso que se abre es el resultado, directo, del desmadre de lo que fue la Convención Constitucional, en forma, proceso y contenido. Sostener que el resultado del plebiscito de septiembre fue el triunfo de los patricios sobre los plebeyos es decir que los patricios son un 62% de la población, o que los plebeyos fueron capturados masivamente por los patricios. Un delirio.

En el anterior proceso, ¿la izquierda perdió una oportunidad histórica para hacer un texto progresista? Muchos piensan que nunca habrá una chance parecida. ¿Estás de acuerdo? ¿Quiénes son los grandes responsables?

-Hubo una farra de proporciones no solo históricas, sino bíblicas. Lo que allí ocurrió es que las izquierdas no partidarias y anti-partidarias se impusieron, las que provenían del mundo (decepcionante) de los movimientos sociales, de los independientes y de lo que fue la Lista del Pueblo. He vuelto a mirar sesiones de la Convención Constitucional y lo que asombra, retrospectivamente, es el complejo de los partidos de izquierdas ante fuerzas relevantes, originadas en el sufragio universal voluntario, cuyo sentido fue sobre-interpretado.

Se pensó, creyó y actuó como que podía haber vida sin partidos en una nueva Constitución, que se podía lograr una organización razonable sin dialogar con la derecha, que el mundo avanzaba en un estado anti-político del mismo: “el pueblo unido avanza sin partidos”. Exceptuando el colectivo socialista, del que me siento sumamente orgulloso, no hubo izquierda que no claudicara ante un simulacro de Zeitgeist, o espíritu de época, que no solo no fue tal, sino que fue repudiado.

-Para la elección de mayo de consejeros, ¿la izquierda y la centro izquierda deben ir unidas? ¿Socialismo democrático corre el riesgo de perder su identidad si no se diferencia de Apruebo Dignidad? ¿Es el momento de tomar un camino propio?

-Es una gran pregunta. Por lógica del sistema electoral, el oficialismo debiese ir en una sola lista. Pero al mismo tiempo, no se puede desconocer que el actual oficialismo en sus dos coaliciones es demasiado “grande” en cantidad de actores: dado el sistema electoral de naturaleza senatorial, temo que no habrá espacio para tantas “fuerzas”. Sin contar a la DC, hay 8 partidos que habría que satisfacer y acomodar para competir por 50 puestos de consejeros constitucionales en 16 circunscripciones (con magnitudes distritales de pequeñas a medianas, y en ningún caso grandes), me parece que es algo cercano a lo improbable.

Dadas las disputas muy de fondo que han tenido lugar últimamente entre Apruebo Dignidad y Socialismo Democrático, en donde la controversia por los indultos es esencial, temo (no estoy emitiendo preferencia, solo una sensación) que se transite hacia una esquema de dos listas. Veo en el Socialismo Democrático ganas de medir fuerzas, y en Apruebo Dignidad un deseo de no hacerlo: ese es el equilibrio precario en el que nos encontramos.

-Boric está con un 70% de rechazo. ¿Qué puede hacer para empezar a remontar? ¿Es necesario otro cambio de gabinete?

-No voy a opinar al respecto. Sigo siendo respetuoso de las atribuciones presidenciales y del no pauteo. Solo constato que, en las propias filas del oficialismo (especialmente del socialismo democrático y de los compañeros socialistas), se rompió el sentimiento de auto-contención: del mismo modo que en Apolo XIII, “we have a problem”.

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