Sofía Correa Sutil: “Con un Congreso así de debilitado, cualquier giro autoritario es posible y puede venir desde cualquier parte”

Marcelo Soto

Historiadora, doctorada en Oxford, académica de la Facultad de Derecho de la U. de Chile, Sofía Correa Sutil ha estudiado los procesos constituyentes chilenos del pasado. Aunque evita hacer comparaciones con el proceso actual, dice que revisarlos permite “reflexionar teniendo conocimiento de lo que alguna vez sucedió”. Afirma que si la Convención insiste en una propuesta radical, “lo más cuerdo es que la ciudadanía la rechace. Y eso no es ningún drama. No se crea ningún vacío”.


-No es muy conocida, pero en 1925 hubo una Asamblea Constituyente de Asalariados e Intelectuales, auto convocada por sectores de izquierda, anarquistas, feministas, con la idea de influir en la discusión constitucional, aunque no lo logró. ¿Cómo se gestó y qué impacto tuvo?

 -Lo cierto es que no hay relación entre el proceso constituyente que culmina en la promulgación de la Constitución de 1925 y la Asamblea de Asalariados e Intelectuales. Esta última se trata de una reunión autoconvocada de sectores medios y partidos populares, específicamente el Partido Comunista que la dirigió desde sus inicios. De hecho Manuel Hidalgo, importante dirigente comunista, la presidió. La integraron además profesores, abogados, empleados públicos, dirigentes de la Foch, estudiantes de la Fech, y lo que sí es muy novedoso es la participación de mujeres, pues ellas estaban entonces marginadas de los procesos políticos y electorales. Dentro de quienes asistieron a dicha Asamblea estuvieron Amanda Labarca, experta en educación, y Ernestina Pérez, primera mujer médico en Chile (junto a Eloísa Díaz). Eso es lo más llamativo de aquella Asamblea, que se reunió en el Teatro Municipal de Santiago en febrero de 1925. Ahora bien, como dice su nombre, se autoconvocó como Asamblea Constituyente.

-¿Cuáles fueron sus conclusiones?

-Uno de sus integrantes, el profesor y abogado Carlos Vicuña Fuentes, por entonces miembro del Partido Radical, presentó un borrador de constitución, que fue desechado por la Asamblea, la cual decidió, en cambio, concentrarse sólo en las bases fundamentales que la nueva Carta debería contener y que serían discutidas una vez que se eligiera una Asamblea Constituyente. Entre éstas estuvo el anhelo que siempre ha persistido en sectores puntuales de la sociedad chilena por un régimen federal. Recogió además tendencias corporativistas y socialistas entonces en boga en Europa, como por ejemplo, representación funcional en un Congreso que sería unicameral elegido por los gremios y de mandato revocable; la creación de un Tribunal Supremo elegido por los gremios; la supresión del Ejército. Pero sobre todo, esta Asamblea Constituyente recogió anhelos sociales que no son parte de un texto constitucional, como terminar con el alcoholismo, la prostitución y los juegos de azar, o que la nueva Constitución asegurara la estabilidad monetaria ¡fin a la inflación como derecho constitucional!

-¿Cómo fue su desenlace?

-La Asamblea Constituyentes de Asalariados e Intelectuales de 1925 terminó mal: los desacuerdos llevaron a que en la última sesión los asambleístas se enfrentaran a puñetes, siendo disuelta por la policía. Posteriormente, algunos de sus integrantes, como el comunista Manuel Hidalgo y el radical Carlos Vicuña Fuentes, fueron incorporados a la Convención Constituyente convocada por Arturo Alessandri, meses más tarde, en abril de 1925.

 -¿Es una constante en el asambleísmo la dificultad del consenso y la proposición de medidas que podrían ser calificadas de irreales?

-En la democracia representativa, los partidos políticos son fundamentales como canales de representación, de articulación de una diversidad de demandas y de negociación entre grupos con diferentes visiones de sociedad y distintos anhelos de futuro compartido. Serios problemas políticos surgen cuando los partidos se debilitan tanto en su capacidad de representación como en la renovación de sus adherentes, militantes y dirigentes. Cuando ello ocurre, aparecen los “movimientos”, las “asambleas” y los distintos conglomerados que no aspiran a aportar una mirada integradora de la sociedad sino a imponer sus parciales y limitados puntos de vista. Al final, termina por imponerse una figura autoritaria, populista, que pretende encarnar mágicamente la voluntad del pueblo, que prescinde de la representación, de la negociación y del acuerdo como fórmula para integrar las distintas visiones que conviven en una sociedad. O bien, un sector político se impone sobre el resto en forma totalitaria.

-La Asamblea de Asalariados quedó en el olvido. Y luego Alessandri inicia un proceso con dos comisiones.  Acá también hubo muchas desavenencias, en especial en el tema del sistema político.

– Cuando los militares dieron su segundo golpe en enero de 1925 llamaron a Arturo Alessandri, exiliado en Italia, de vuelta a Chile, con el compromiso de convocar una Asamblea Constituyente. Alessandri aceptó sin titubear y vio allí la posibilidad de imponer el régimen presidencial. El Congreso Nacional había sido disuelto tras el primer golpe militar, el de 1924. Cuando Alessandri llegó a Chile, los partidos le pidieron que convocara al Congreso Nacional, o que llamase a nuevas elecciones. Pero no lo hace. En vez de reabrir el Congreso, gobernó en base a decretos-leyes y acogió la idea de organizar una Asamblea Constituyente, aunque no hubiese claridad en qué consistiría ésta, si iba a ser elegida por votación o la integrarían lo que se llamaba entonces las “fuerzas vivas”. Los militares propiciaban esta última alternativa, teniendo en cuenta que ellos mismos eran parte sustantiva de tales “fuerzas vivas”. Alessandri convocó a una Comisión Consultiva, de 53 integrantes, que incluía a los principales dirigentes políticos del país de todo el arco partidista desde comunistas a conservadores, además de algunas figuras de las llamadas “fuerzas vivas”.

Conservadores, radicales y comunistas querían mantener el parlamentarismo, pero el presidente y los militares impusieron su opción por un sistema presidencial.

En la primera sesión, a mediados de abril, quedó claro que no había apoyo a la propuesta de Alessandri de establecer un régimen presidencial. Además, algunos insistían en convocar a una Asamblea Constituyente. Entonces las figuras más cercanas a Alessandri propusieron dividir la Comisión en dos. Y así fue como una Subcomisión de reformas constitucionales de 15 integrantes presidida por Alessandri discutió cada artículo constitucional, y la Subcomisión organizadora de la Asamblea Constituyente casi no se reunió. En la Subcomisión de reforma, Alessandri recibió una fuerte oposición a su propuesta de establecer un régimen presidencial. Pero se impuso contra el parecer de los demás, y logró llevar su propuesta a la Comisión Consultiva en pleno.

-¿Qué papel jugaron los militares? 

-Esta vez le agregó 51 nuevos miembros a la Comisión, entre los cuales incluyó al Inspector General del Ejército, es decir el Comandante en Jefe. Alessandri se dio cuenta que necesitaría del apoyo militar. En la Comisión en pleno, su propuesta de régimen presidencial fue nuevamente rechazada. Entonces intervino el General y, amenazando con el uso de la fuerza militar, impuso el presidencialismo. Como broche de oro, el plebiscito que ratificó la Constitución de 1925 fue fruto de una fuerte intervención electoral por parte de Alessandri, y la abstención a la que llamaron conservadores y radicales superó el 50% del electorado.

¿Qué lecciones pueden sacarse?

-La historia no da lecciones, permite, eso sí, reflexionar teniendo conocimiento de lo que alguna vez sucedió.

-Es curioso cómo Alessandri interviene en el proceso, incluso diluye la “comisión ampliada” y en términos prácticos la Constitución de 1925 la escribe junto a un reducido grupo de fieles. ¿Esto le quita legitimidad?

– La Constitución de 1925 se legitimó diez años más tarde. En ese lapso tuvimos la dictadura del general Ibáñez, su caída, el intento de insurrección de la marinería, un golpe militar que dio origen a la República Socialista y que clausuró el Congreso Nacional, otro golpe al interior de la misma República Socialista que dejó a su principal figura recluida en Isla de Pascua y que estableció una durísima dictadura, un movimiento civilista dentro del Ejército, y la vuelta de Alessandri a la presidencia de la República. A mediados de la década de 1930 todavía circulaban propuestas para crear una nueva Constitución. Es posible pensar que la Constitución de 1925 se legitimó porque con ella gobernaron todos los partidos políticos de entonces, en el Congreso y en la Presidencia, y porque el sistema electoral se fue ampliando, por de pronto con el voto de las mujeres, a la vez que fue perfeccionándose de modo de llegar a eliminar toda posibilidad de fraude electoral. No obstante, en los años 70, Salvador Allende manifestó su anhelo de que se redactara una nueva Constitución y dejar atrás la Constitución de 1925.

-En tu ensayo “Desnaturalizar el mítico presidencialismo”, dice que “la execración del régimen parlamentario corresponde a una construcción discursiva”. ¿Hasta hoy persiste esta mala imagen del parlamentarismo? ¿Puede cambiar con la Convención de hoy?

-En mi investigación sobre el proceso constituyente de 1925, que dio origen a ese artículo, me encontré con los fulminantes discursos de Arturo Alessandri que buscaban deslegitimar el régimen parlamentario para poder hacer valer su opción por el presidencialismo. No logró convencer a los dirigentes de los partidos políticos de entonces, y cabe reflexionar por qué todos ellos (conservadores, liberales, radicales, comunistas) insistían en que el camino era la reforma del régimen parlamentario imperante. Por de pronto, temían el autoritarismo y a la concentración del poder que traería consigo el régimen presidencial. Con el tiempo, prevaleció una pésima imagen del período parlamentario chileno, en gran parte por la obra de historiadores como Alberto Edwards, Francisco Antonio Encina, Mario Góngora, Gonzalo Vial, y la historiografía de izquierdas centrada en los males de la cuestión social. Una excepción al respecto es la obra de Julio Heise que considera que el régimen parlamentario se extiende desde la década de 1860, y lo evalúa muy positivamente. Se trata, por tanto, de una discusión académica a estas alturas, de profundas repercusiones políticas. No me parece que la Convención actual tenga alguna relevancia en dilucidar este problema historiográfico.

-La Convención actual ha causado polémica por algunas de sus propuestas. ¿Crees que esto es natural a esta altura del proceso o puede afectar gravemente su credibilidad?

– Lo inédito de la Convención actual es que surge de la renuncia que el Congreso Nacional hace de su potestad constituyente. Nunca antes en la historia de Chile había sucedido algo semejante. La Constitución de 1833 es redactada por una comisión creada por el Congreso Nacional y compuesta en su mayor parte por parlamentarios. Es cierto que dicho Congreso estaba compuesto por los vencedores de Lircay, pero el punto es que no renuncia a su potestad constituyente. En 1925, el Congreso Nacional había sido clausurado tras un golpe militar. En 1980 no funcionaba el Congreso, el poder estaba concentrado en las fuerzas armadas. Por tanto, por primera vez en la historia política chilena el Congreso Nacional renunció a su potestad constituyente. El problema es que con un Congreso así de debilitado, inseguro respecto a su condición de representante de la ciudadanía, a su propia legitimidad, cualquier giro autoritario es posible y puede venir desde cualquier parte.

-La derecha ha jugado un papel de espectadora. ¿Es peligrosa esta irrelevancia del sector en la discusión constitucional?

– En las votaciones de las Comisiones de la Convención ha prevalecido una radicalidad extrema. Si la Constitución que redacten y sometan a plebiscito incluyera: limitaciones a la libertad de expresión, la supresión de la libertad de enseñanza, una Asamblea unicameral como poder Legislativo, el control político de los jueces, la estatización de todas las fuentes productivas, e incluso el fin de Chile como Estado-Nación, o como República, entonces lo más cuerdo es que la ciudadanía la rechace. Y eso no es ningún drama. No se crea ningún vacío. Sigue rigiendo la misma Carta que hoy. Tendrá entonces el Congreso Nacional que asumir su obligación, tendrá que asumir su potestad constituyente y producir la nueva Constitución que las mayorías quisieron al aprobar la conformación de una Convención Constituyente.

-No es sólo en la Convención donde se aprecia una ausencia de la derecha, sino en la agenda política general. ¿Hay un vacío de liderazgo?

– Yo visualizo una transformación de todo el sistema de partidos. No sólo habrá probablemente nuevos referentes en las derechas. La alianza de la Democracia Cristiana con el Partido Socialista se terminó. Posiblemente se reconfigure el campo de partidos del Frente Amplio, y establezcan una alianza estable con el Partido Socialista. No está claro qué partidos configurarán el centro político, y si el Partido Comunista se integrará establemente a la alianza del Frente Amplio con los socialistas o buscará un camino propio junto a los anarquistas. En ese contexto, cabe imaginar diversas posibilidades de reorganización del campo político de las derechas, cuyo electorado en las recientes elecciones parlamentarias y presidenciales no fue poco, lo que hay que considerar para especular sobre su futuro en el escenario político chileno.

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