Estamos a pocas semanas de la elección presidencial y la noticia parece ser que ésta ha terminado moldeada más por la polarización creciente de la política y su discurso que por los resultados (y el clima) de las primarias que le precedieron. De ser ciertas las cifras que muestras las encuestas, la primera vuelta dejará como legado un enfrentamiento ente proyectos mutuamente excluyentes y cuya principal oferta política será su carácter antagónico entre sí.
Pero este resultado, aunque desalentador, no debiera causar extrañeza por cuanto la constante de la última década ha sido la instalación en política de un lenguaje político adversarial -muchas veces altisonante- que precedió la inflación en su oferta, reemplazando la narrativa programática por la revolucionaria. Y dado que, como le gusta citar a consultores y coaches, el lenguaje genera realidad, la de hoy no es más que la realidad que hemos forjado a punta de lenguajazos.
Curioso resulta en este devenir que hayan sido dos gobernantes más bien moderados los que inauguraron el ciclo de ofertones y ultras. Las reformas planteadas sobre la retórica de despojar a los poderosos de siempre, así como la de instalar el gobierno de los mejores que logrará en 30 días hacer más que otros en 30 años, sin embargo, son hoy pálidas muestras de una retórica que ya alcanza niveles equivalentes a los de los años 70 del pasado siglo, al punto que, en pocas semanas, José Antonio Kast logró desplazar al candidato de todas las fuerzas de la derecha y reinstalar con ello la narrativa de la lucha cultural.
Lo de hoy es más altisonante, qué duda cabe. La dictadura de Piñera, dicen algunos, como si esta frase les confiriera razones para combatirla por aire, mar y tierra. Sin duda que ellos lo creen, pero no se hacen cargo que el trasfondo de la afirmación justifica a los grupos armados que le declaran la guerra al estado oligarca y que los despoja a ellos, en tanto “izquierda amarilla”, de legitimidad y credibilidad para luchar contra la “derecha golpista”. Lo que es aún más grave, sin embargo, es que la comparación banaliza también la dictadura de Pinochet.
Para alguien que no conoció los horrores de la dictadura, que su referente de una sea el actual gobierno hace bastante menos gravosa la revisión de su legado parcializado. Más aún si su entorno suele reivindicar todo o parte de éste. No es extraño, por lo tanto, que en esa carrera por homologar a Piñera con Pinochet surja un contrapeso que busca equiparar a Boric con la UP y que elija construir una oferta política en base a mensajes del tipo “el único capaz de frenar el comunismo” o el ungido para” frenar a la izquierda atea”. De ahí a la “extirpación del cáncer marxista” hay muy pocos escalones.
La política y su lenguaje se encuentran sumidos en una autorreferencia infantil. Cada elección que pasa se afianza la tendencia a definir el propio proyecto en oposición a la generación, la clase o la religión del otro. Y tal como sucede con las frases altisonantes antes citadas, el problema de fondo va más allá del aumento carnavalesco en la temperatura de los antagonismos, el mensaje que entrega una clase política dedicada a tiempo completo a destruir a su adversario a cualquier costo es que ése es el único sentido de la actividad para la que concursan y piden el voto.
Así las cosas, en el carro en el que viajan los anti-ultraderechistas y los anti-ultraizquierdistas, se suben de colado los del partido de la gente; los soldados de Dios y los combatientes ancestrales. Nadie sabe para quién trabaja. O tal vez lo sabe, pero no le importa.
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