Tras el fracaso en generar una Constitución progresista capaz de convocar a las mayorías, el necesario alineamiento del progresismo chileno en el “En contra” expresa una actitud defensiva sintomática de la crisis global por la que atravesamos. Nuestras narrativas están agotadas, nuestras promesas han perdido credibilidad y nuestras prácticas reproducen los errores que nos trajeron aquí. El progresismo no está siendo capaz de visualizar y proponer cómo y hacia dónde progresar.
¿Qué es lo que más preocupa y congrega hoy al progresismo a nivel global? Aunque parezca una contradicción, en buena medida es evitar el colapso, conservar lo conquistado, no retroceder. La realidad obliga a actuar con urgencia para evitar la catástrofe climática, a proteger la democracia de amenazas autoritarias, extremistas y populistas, a impedir retrocesos civilizatorios en derechos sociales, económicos y políticos, a protegernos de un futuro distópico gobernado por la inteligencia artificial.
Por buenas razones, nuestras fuerzas están enfocadas en evitar un futuro peor, pero no estamos siendo capaces de imaginar, ni menos ofrecer, uno mejor.
¿Se puede pensar en el progreso cuando se está evitando el retroceso? ¿Cómo salir de esa contradicción y actualizar el progresismo? Desde nuestro país, hay al menos tres caminos:
En tiempos donde los riesgos parecen mayores a las oportunidades, el progresismo no se puede conformar con evitarlos. Lo nuestro es encontrar nuevas soluciones, es dibujar mejores horizontes, es identificar las formas de alcanzarlos, es conservar lo que merece ser conservado, superar lo que está obsoleto, canalizar lo que emerge. Es aprender del pasado, proyectar lo que viene y transformar el presente. No hay espacio ni futuro para progresismo conservador. Para actuar desde el miedo hay mejores intérpretes.
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