Noviembre 27, 2021

Violencia política, la atracción fatal de la izquierda. Por Max Colodro

Ex-ante
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En el segundo capítulo de la serie especial La izquierda inconclusa, Max Colodro argumenta que si hoy resulta factible que José Antonio Kast gane la elección presidencial, es consecuencia directa del cansancio, la angustia, el miedo y la inseguridad provocada por la violencia de los últimos años. Una violencia que, al menos desde el estallido social, fue avalada, justificada e incluso idealizada por vastos sectores de la izquierda y la centroizquierda chilena; que vio en ella la posibilidad no sólo de derribar a un gobierno democráticamente electo, sino también de imponer una agenda de cambios refundacionales, entre los que destacaba el actual proceso constituyente.

El deterioro del orden público y del Estado de Derecho, junto al debilitamiento de las instituciones, han sido la base del ciclo de polarización que desde hace más de una década horada a nuestro sistema político; un objetivo buscado explícita y conscientemente por diversos actores, a partir del momento en que la derecha chilena accedió al gobierno a través del expediente de las urnas.

Puede decirse que la alternancia en el poder a partir de 2010 es el hito que marca el termino definitivo de los pactos y las lógicas de la transición, ese conjunto de acuerdos que se inicia con la reforma constitucional de 1989, y que fueron el pivote de la gobernabilidad sostenida durante los veinte años de la Concertación en el poder.

En breve, el triunfo de Sebastián Piñera en 2010 pone fin a un espíritu de entendimiento que, luego de cuatro gobiernos sucesivos de centroizquierda, ya estaba fuertemente deteriorado. A partir de esa circunstancia, se produce un quiebre que va a tener entre sus vectores la demoledora autocrítica que la ex Concertación inicia al calor de la nueva agenda de cambios impuesta por el movimiento estudiantil a partir de 2011.

Una ofensiva que rápidamente adquiere una dimensión político-institucional, y cuyo imaginario pasa a ser el desmantelamiento de la herencia de la dictadura militar por la vía de un proceso constituyente y de cambios profundos al modelo económico. De algún modo, ya fuera del gobierno, la centroizquierda inicia una veloz convergencia con el diagnóstico y la crítica que el PC venía realizado desde el inicio a la transición, crítica que se extiende poco más tarde con el nacimiento del Frente Amplio, expresión política de una generación que tiene en el movimiento estudiantil y en sus demandas transformadoras el acta de nacimiento.

Así, la radicalidad de los fines instalados en dicho periodo, es decir, una agenda que entre otras cosas desconocía buena parte de los avances generados durante los gobiernos de la Concertación, vino a ponerle un piso de validez ética a la radicalidad de los medios.

Las manifestaciones estudiantiles de 2011 tuvieron gran masividad, pero también brotes constantes de aguda violencia, que fue sistemáticamente normalizada por la mayoría de los sectores de oposición. Ese es el precedente en que se gestan buena parte de los objetivos políticos que la izquierda logrará hacer hegemónicos a partir del estallido social, cuando finalmente de manera explícita se intenta destituir a un presidente de derecha, forzar un proceso constituyente, debilitar el Estado de Derecho y el orden público.

La violencia se consolida entonces como uno de los principales vectores de cambio político y buena parte de la oposición la valida como expresión legítima de los malestares de la sociedad.

La izquierda tuvo sin duda una notable capacidad política y comunicacional, para construir, en primer término, un engranaje ideológico y cultural que hizo de la violencia un instrumento válido y eficaz de cambio político. Luego, el imaginario de la continuidad de la dictadura a través de su herencia institucional (la Constitución) y económico social (modelo neoliberal), hizo posible que un sector mayoritario del país viera en el estallido social una promesa y una esperanza de cambios relevantes en sus condiciones de vida.

Una expectativa que la pandemia vino a poner en el congelador, aunque la violencia ha mantenido durante todo este período algunas de sus expresiones más simbólicas, como las manifestaciones en la Plaza Italia los viernes por la tarde.

Pero el deterioro del orden público, la sensación colectiva de temor e inseguridad derivada del estallido social, terminó siendo una constante a la que se agregaron las tensiones propias de la pandemia. En síntesis, un cuadro de estrés colectivo que al cabo de dos años ha venido a cristalizar en un importante anhelo de orden, confianza y seguridad. Y esa es precisamente la tecla que la candidatura de José Antonio Kast parece haber venido a digitar: el cansancio y el hastío con la violencia, con la destrucción de espacios públicos y bienes privados.

La complicidad con la violencia, al final, le pasa una importante cuenta a la izquierda y, sobre todo, a la centroizquierda; sectores que en la reciente elección presidencial y parlamentaria observan perplejos como el candidato del Partido Republicano obtiene la primera mayoría relativa y la derecha reestablece los equilibrios en el Congreso.

Con efectos similares a los vividos desde mediados de la década del ’60 y hasta fines de los ’80, la violencia se convierte otra vez en una verdadera atracción fatal, que en sus primeras manifestaciones parece contener una promesa de victorias políticas, pero a la larga se transforma en un factor coadyuvante de grandes derrotas, como lo fueron en su momento la caída de la UP y la imposibilidad de derrocar al régimen de Pinochet. Fracasos donde el uso y abuso de la violencia por parte de sectores de izquierda fue sin duda determinante.

Ahora, la complicidad con la espiral de violencia desatada a partir del estallido social vuelve a dejar a la izquierda en un limbo, ante la paradójica posibilidad de que este ciclo de transformaciones lleve al triunfo de un candidato que se ubica a la derecha del bloque que ha gobernado en dos oportunidades con Sebastián Piñera. O, en el mejor de los casos, a la victoria de un Gabriel Boric debilitado por su magro resultado en primera vuelta, y por una arriesgada lista de concesiones electorales de última hora.

 

 

 

 


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