La mayor contribución de La fuente es entreabrir una ventana para dejar entrar al cine chileno una bocanada de aire que ayudará a ventilarlo un poco. Se trata de una película que navega contra corriente y que intenta reivindicar el empuje del emprendimiento individual en los días en que medio Chile, con ocasión del llamado estallido social de octubre del 2019, perdió los estribos, se sometió a los dictados refundacionales de la izquierda radical y legitimó la violencia como remedio a las injusticias del sistema. Sabemos lo extendida que fue esta fuga de la sensatez política.
Tenemos claro que el episodio supuso por parte de la izquierda tradicional abdicaciones y renuncias tanto a sus principios como a sus legados. Aun recordamos con rubor el desempeño de periodistas y medios de comunicación en ese momento. Nos consta que el coraje no estuvo en esas jornadas a la orden del día. Conocemos, en fin, perfectamente a quienes alentaron el vandalismo y a quienes fueron sus comparsas.
Este es el trasfondo que recupera La fuente para contar la historia de un empresario a cargo de una de las sangucherías clásicas de Santiago que tuvo la mala suerte de quedar en medio de la fatídica zona cero de las manifestaciones y desórdenes. El tipo -aparte de resistir una abrupta caída de los clientes del local- trata de protegerse a toda costa de los daños asociados a los continuos choques de manifestantes con la policía, a la vandalización de los espacios públicos y al saqueo e incendio de tiendas, iglesias y locales aledaños.
Pero, con todo lo dramática que esta experiencia pueda ser, este es solo uno de los frentes donde la vida del protagonista se está hundiendo. También su matrimonio se está yendo al carajo. También la relación con su hija ha entrado en crisis. También las circunstancias lo están sobrepasando psicológicamente.
En esta zona es donde La fuente, escrita y dirigida por Daniel Vivanco, tiene más problemas como película, en especial porque faltó desarrollo en los personajes. De hecho, nunca el protagonista, no obstante el aplomo que le confiere Luis Gnecco a su papel, logra instalar en su desempeño la carga interior de obstinación y tozudez casi patológica con que vive su drama. Se lo ve en general poco compulsivo.
El resto de los caracteres -la mujer, la hija, la hermana, el padre, el oscuro y desagradable matón de barrio que pareciera tener el control de las protestas- quedan mucho más al debe y este déficit no se salda con las fugas oníricas ni con los sueños ni con las representaciones fantasmagóricas de violencia, fuego y horror que cada tanto se interponen a la narración.
Tampoco con los ejercicios de concentración y fuerza interior que implican las artes marciales, dado que el guion coloca, como si fuera lo más natural del mundo, al protagonista muy entregado a las plenitudes del laido, el viejo arte japonés asociado a la katana, la clásica espada de los samurai. Obviamente esta práctica requeriría algún tipo de explicación.
El mayor mérito de La fuente es poner en evidencia que no todo es tan monolítico en nuestro cine. El octubrismo, reflejado en documentales como Mi país imaginario, de Patricio Guzmán, como Oasis, de Felipe Morgado y Támara Uribe, como El que baila pasa, de Carlos Araya, e incluso en películas pre y posestallido que son de parecida sensibilidad (como Emma, de Pablo Larraín o La ola de Sebastián Lelio) seguramente puede explicar las pulsiones o los acomodos de la mayoría de nuestros cineastas. Pero no de todos. Por tardío que el dato sea, sin duda que sirve de consuelo.
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— Ex-Ante (@exantecl) December 24, 2025
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