Europa al parecer va en camino a enfrenta un punto de inflexión, quien sabe sin retorno. El lugar que alguna vez fue modelo de una democracia liberal, la creación de una institución como la Unión Europea, de un Estado de Bienestar, hace un tiempo se encuentra en un estado de crisis estructural. Europa, lejos de representar un modelo de integración y prosperidad, es vista cada vez más como un continente lleno de burocracia incapaz de responder a los desafíos. Mientras tanto, los países que la componen se debaten entre mantener los valores del pasado o ceder ante nuevas dinámicas populistas, nacionalistas y autoritarias.
Los síntomas de esta decadencia están a la vista. La economía europea, ha perdido dinamismo, y su papel en la economía global se ha reducido significativamente. En lo político, la situación es aún más alarmante. Los partidos tradicionales de centroderecha y centroizquierda, que construyeron el orden liberal de posguerra, están en crisis o en plena transformación.
Antes de ir a los fenómenos, debemos hacer un análisis previo.
Uno de los grandes pilares de la democracia liberal ha sido la confianza en las instituciones. Sin embargo, esa confianza se ha ido erosionando a medida que los ciudadanos ven a sus gobiernos como ineficaces para resolver problemas como la crisis migratoria, el estancamiento económico y la inseguridad. La percepción de que las élites políticas están desconectadas de la realidad ha alimentado la idea que son un grupo de burócratas sin respuestas claras a sus demandas, y protegen el status quo que les beneficia.
El giro que vive el continente no es solo una respuesta coyuntural; es parte de una tendencia que continuará fortaleciéndose. La guerra en Ucrania ha acelerado ese proceso, ya que las personas no logran comprender el por qué sus gobiernos se inclinan por acudir en ayudas millonarias a un conflicto que no les pertenece. Adicionalmente, el cierre de las llaves del gas proveniente de Rusia ha aumentado significativamente los costos de la energía.
Por último, aunque parezca alejado y reiterativo, Donald Trump ha servido como un factor que acelera más en este proceso. Él comprobó empíricamente que los discursos e ideas fuera de los contextos tradicionales logran tener éxito. Gracias al auge de estos liderazgos radical, populistas y nativistas en Europa hoy tiene aliados que en 2017 no.
Ahora vamos a los fenómenos que retratan la crisis que comienza a cristalizarse.
Los partidos políticos que en algún momento pensamos serían permanentes actores fuera del sistema, han logrado meterse en la conformación de gobiernos e incluso encabezarlos. Se trata de partidos políticos de corte radical populista, los cuales buscan interpretar el malestar ciudadano incentivando la creación de amenazas como los migrantes.
Asimismo, culpan a Bruselas y la integración multilateral de todos los padecimientos que antes no tenían. Aunque al inicio los veíamos como figuras marginales y pintorescos, han logrado éxitos impensados. Viktor Orban, Marine Le Pen, Geert Wilders, Georgia Meloni, Herbert Kickl, o partidos como el AfD, Ley y Justicia, Reform UK, están completamente instalados en el establishment. Lo han logrado con promesas de restauración del orden y protección de la identidad nacional.
Esta dinámica no solo ha fortalecido a los partidos populistas, sino que ha obligado a las fuerzas tradicionales a moverse en la misma dirección para no quedar obsoletas, porque entendieron que los electores ya no buscan gestores tecnocráticos, sino figuras que encarnen sus frustraciones y ofrezcan respuestas simples a problemas complejos. Es entonces cuando la situación comienza a complicarse, cuando los partidos tradicionales comienzan a despojarse de su esencia y se inclinan hacia posturas más duras y extremas para lograr interpretar a las personas y no perder popularidad.
El caso de Alemania es paradigmático. Durante décadas, el país fue la brújula política y económica de Europa, pero desde la salida de Angela Merkel, Berlín ha perdido influencia y se ha sumido en un proceso de redefinición interna. La CDU, que bajo Merkel representó el faro y liderazgo global desde Europa, hoy se encuentra en una encrucijada bajo el liderazgo de Friedrich Merz.
En su intento por recuperar y ampliar la base de apoyo del partido, Merz ha optado por discursos más duros en materia de migración y soberanía nacional, distanciándose del legado moderado de su predecesora. Sus intentos de acercamiento al AfD, aunque sutiles, reflejan una tendencia que se repite en toda Europa: la normalización de posturas radicales dentro de los partidos tradicionales como estrategia de supervivencia electoral.
El “cordón sanitario” que alguna vez impidió la normalización de estos movimientos se ha disuelto, y las viejas coaliciones ahora incluyen actores que hace dos décadas habrían sido relegados a la periferia del sistema político.
La Europa que conocimos ya no existe y es improbable que regrese. La combinación de crisis económicas, fragmentación política, desafección ciudadana y el cambio en el liderazgo global ha creado un escenario en el que las dinámicas actuales no solo persistirán, sino que se fortalecerán.
Si la tendencia se mantiene, la Unión Europea se enfrentará a uno de estos tres escenarios: Mayor fragmentación y retorno a los Estados-nación; Radicalización del espectro político, con partidos tradicionales cediendo cada vez más terreno a las fuerzas extremas; aunque tal vez el impacto más relevante será el perderse en la irrelevancia, debido a la falta de acuerdos mínimos de gobernanza. El populismo y el repliegue nacionalista al parecer serán la norma, no la excepción. La democracia liberal, como la entendíamos en Europa, está mutando hacia algo diferente. El problema no es que las cosas hayan cambiado, sino que lo han hecho de manera irreversible.
Por qué Trump suspendió la ley que prohíbe el soborno de empresas de EE.UU. en el extranjero.https://t.co/U5WXdMmHMB
— Ex-Ante (@exantecl) February 11, 2025
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