En política, las palabras importan. Cada declaración, cada discurso y cada improvisación de una autoridad, especialmente de un presidente, puede tener un impacto real en la percepción pública, en la estabilidad política y, en algunos casos, en la economía. Sin embargo, en los últimos años, hemos sido testigos de una tendencia preocupante: la creciente incontinencia verbal de los mandatarios, un fenómeno potenciado por el uso excesivo de redes sociales y la falta de sensibilidad sobre el peso de sus palabras.
Uno de los ejemplos más recientes ha sido lo ocurrido en Argentina. El presidente Javier Milei ha sido objeto de polémica por sus comentarios sobre las criptomonedas, lo que ha generado incertidumbre y ha requerido posteriores aclaraciones. Sus declaraciones, muchas veces realizadas en redes sociales sin un filtro institucional, han demostrado cómo una afirmación apresurada puede tener consecuencias políticas y económicas significativas. Esto por supuesto que es funcional a su búsqueda de tensionar el debate, creando una división binaria, entre la “casta” y los “ciudadanos de bien”, alentando a sus huestes.
Para que nadie crea que mi sesgo es ideológico, nuestro presidente, Gabriel Boric, también ha tenido episodios en los que sus intervenciones se extienden innecesariamente o se tornan en enfrentamientos innecesarios. Un caso emblemático fue su conferencia de prensa de casi una hora, donde terminó reprendiendo a su periodista en lugar de centrarse en los temas de fondo. Estos momentos no solo desvían la atención de los asuntos relevantes, sino que también erosionan su imagen como jefe de Estado. Para qué hablar sobre los distintos episodios donde Boric se vuelve un comentarista de la política.
Otro caso emblemático, y nocivo es el de Gustavo Petro en Colombia, quien también ha demostrado una tendencia similar. Sus constantes intervenciones en X, muchas veces de manera reactiva y sin la mesura que requiere su investidura, han provocado debates innecesarios y han afectado su relación con otros sectores políticos. En lugar de construir consensos, su retórica digital ha contribuido a la polarización y al desgaste de su liderazgo. La última ocasión fue mucho más lejos, su idea de televisar una sesión del Consejo de Gabinete, lo llevó a exponer fisuras entre él y sus asesores, mostrando no sólo a los colombianos sino al planeta completo los problemas internos.
Estos casos no son aislados. Reflejan un cambio en la forma en que los líderes políticos se comunican con la ciudadanía. Las redes sociales, en lugar de ser utilizadas como herramientas estratégicas de comunicación, se han convertido en espacios de impulsividad y confrontación. Existe un excesivo deseo por querer hablar de todo en cualquier momento, arruinando no solo estrategias de asesores sino su propia imagen. Insisto en la idea que para algunos esto ayuda a sus objetivos de polarizar el debate.
Otro desean “acercar” el poder a las personas, pero hasta ahora no se ha inventado nada más adecuado que elegir a representantes populares cada cierto tiempo y una que otra vía de participación. Estas lógicas plebiscitarias instantáneas solo crean mayor división social, elitizan las discusiones, y en vez de generar lazos de cercanía solo aleja muchas veces a sus autoridades. La inmediatez que ofrecen plataformas como X (antes Twitter) o TikTok fomenta respuestas rápidas, muchas veces poco reflexivas, que pueden tener efectos adversos en la diplomacia, la economía y la gobernabilidad.
Este fenómeno también responde a una crisis de liderazgo en la que las emociones han reemplazado a la estrategia. Los mandatarios que optan por la espontaneidad sin medir las consecuencias olvidan que la confianza en sus gestiones se construye con responsabilidad y coherencia. Cada palabra pronunciada, ya sea en una conferencia de prensa, en un tuit o en una entrevista, tiene un impacto que trasciende lo inmediato. En tiempos de incertidumbre, lo que se necesita no es más ruido, sino mayor prudencia y claridad.
Los líderes deben entender que sus palabras no son inocuas. Tienen peso y consecuencias. La política no es un escenario para la improvisación constante, sino para la reflexión y la acción medida. La pregunta clave es: ¿seguirán los presidentes priorizando la inmediatez de sus palabras sobre la profundidad de sus ideas, o aprenderán finalmente que, en el ejercicio del poder, el silencio estratégico puede ser tan valioso como un buen discurso?
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