Metales, resistencias y palabras: el arduo oficio de escribir. Por Héctor Soto

Ex-Ante

No es de lo más habitual que un escritor salte de la novela al ensayo. Más raro aun es que lo haga un novelista como Simón Soto, libre de todo sesgo, trayectoria o pretensión academicista.


Cuando se publicó por primera vez en 2018, Matadero Franklin, la primera novela de Simón Soto, introdujo una bocanada de aire fresco que hacía tiempo la narrativa chilena, capturada por el ombliguismo y la literatura del yo, no conocía.

Este era una relato múltiple y dramático que hablaba ciertamente de un hampón, inspirado en la historia del Cabro Carrera, pero que tanto como eso hablaba también de todo un barrio, sus personajes, sus costumbres, su microclima, sus cocinerías, su música, para componer a fin de cuentas el fresco de un Chile definitivamente ido. Era una novela articulada y muy trabajada a nivel tanto de estructura como de prosa. Y recuperaba un mundo de fuerte raigambre literaria y popular.

Con la publicación de Fragua, un ensayo literario muy personal, queda claro que si alguien pudo creer que Matadero Franklin era una novela naif o escrita desde la ingenuidad, bueno, simplemente se equivocó medio a medio. Simón Soto, que había escrito cuentos y guiones para la televisión y el cine, sabía perfectamente lo que estaba haciendo y en su relato no dejó dilema literario ni moral por plantearse. Su escritura era perfectamente consciente de los desafíos que entraña la construcción de personajes, de los riesgos que plantea a la ficción el tema de la credibilidad y de qué tan neutral puede ser la mirada del narrador respecto del universo que está desplegando. En pocas palabras, era consciente de estar adentrándose en los terrenos de la literatura y de que eso era lo suyo. Después de leer este ensayo, ciertamente no cabe la menor duda.

Simón Soto es muy joven. Nació en 1981 y pertenece a esa generación cuyo imaginario inicialmente fue capturado por las historietas, los dibujos animados y los héroes invencibles (He-Man, Thundercats, los Transformers) y que creyó arañar las puertas del cielo viendo La Guerra de las Galaxias, que estrenó antes de que él naciera pero que el pudo ver un domingo inolvidable cuando la transmitió TVN.

A diferencia de muchos que se quedaron pegados ahí, y no salieron nunca más ni del infantilismo ni del animé, él se quedó con lo sustantivo de esa fascinación, con la magia de armar y cruzar historias, hasta el momento de darse cuenta que este era un trabajo, un oficio que consiste en dar sentido a las vidas, a las historias, para cuyo ejercicio hay insumos, hay materiales, hay instrumentos y recursos expresivos que el escritor debe llegar a dominar con disciplina y concentración. También con inspiración, desde luego, aunque esta por sí sola, sin saber manejar todo aquello, definitivamente no basta.

La idea más persistente que cruza las páginas de Fragua es que la novela es un constructo, un artefacto con estructuras, reglas, puntos de vista, tramas evidentes y tramas ocultas, que el escritor ha de llegar a articular de modo no muy distinto al de quien construye una casa desde los cimientos o dobla los fierros y mezcla los metales en un taller mecánico. De ahí viene el título del ensayo, de la vieja fragua que estaba en el taller del padre del autor.

Por lo mismo, la novela para Simón Soto es un trabajo a realizar, un quehacer, un oficio de concentración y necesariamente de aislamiento, una lucha con las palabras, con las herramientas expresivas, con la velocidad y el pulso del relato. De ahí su respeto por autores como Vargas Llosa, se comparta o se difiera de su posición política. No por nada el crítico mexicano Christopher Domínguez Michael llamó al autor de La ciudad y los perros “un geómetra de la novela”. Esa definición no necesariamente sería rechazada en estas páginas.

Dividido en dos partes, la primera de las cuales (Metales Candentes) reúne arriba de cien observaciones sobre el oficio literario, el autor invoca a diversos autores para identificar los riesgos que entraña escribir, rechazar tanto la instrumentalización política como el buenismo, reivindicar la soberanía de la ficción y establecer las diferencias que van de la verdad literaria a las verdades periodísticas o judiciales.

La segunda parte (Herramientas de Trabajo) reúne un conjunto de artículos o ensayos sobre las singularidades del relato breve, los supuestos psicológicos y ambientales que entraña la lectura, la literatura chilena de forajidos y bandidos (sería nuestro propio western), además de una reflexión sobre la violencia y unos apuntes admirables sobre la figura patriarcal en las series Los Sopranos y Battlestar Galactica.

Es estimulante este ensayo en lo que tiene de confianza en una literatura que cuente historias, que conecte con el público, que consiga convencer y emocionar, que refute los lugares comunes y que sirva para relacionarse y ayudar a relacionarnos con la vida. Son cosas que no siempre se logran, pero el primer deber del escritor es, al menos, intentarlo.

Fragua. Notas sobre literatura, el oficio de escribir y otras aficiones.

Ensayo. Ediciones UDP, 2025, 129 págs.

Matadero Franklin.

Novela. 2018, Planeta, 352 págs.

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