La ministra Antonia Orellana está en general más enojada de lo que debería. Es cuestión de carácter, no todos nacen sonrientes. Incluso cuando da buenas noticias lo hace con una impaciencia que lucha por controlar. Pero esta vez sí que tiene toda la razón para estar indignada.
Forzada a dar explicaciones por actos en que no tuvo ninguna responsabilidad, y de los que se informaron muy someramente, tarde, mal o nunca, ha pagado por pura lealtad al presidente un costo inconmensurable por dar la cara en el peor momento de la peor crisis que ha vivido este gobierno.
Podría consolarse pensando que no está sola en este naufragio, pero ha visto con indignación cómo la superior directo del subsecretario dipsómano, no ha tenido ni la mitad de la exposición mediática que le tocó en suerte a ella.
Antonia Orellana tiene todo el derecho de sentirse lanzada sola en el espacio exterior, enfrentando no solo la crítica de la prensa, o de la calle, sino, lo que es peor, mucho peor, el desconcierto y la impotencia del mundo de las organizaciones feministas que estaba llamada a representar en el gobierno. Porque es su mundo, el de sus amigas, el de sus militancias, el lugar donde tendrá que volver cuando se acabe el mal sueño de gobernar. Un mundo que no perdona y no tendría, en esta caso, por qué perdonar.
“El estado opresor es un macho violador” cantaban “Las Tesis”, lo que podía parecer, viniendo de unas estudiantes de universidades estatales, un contrasentido. Un eslogan vacío, como todos los eslóganes, pero que en este caso ilustra, sin embargo, a la perfección como si se tratara de una profecía. Porque es el Estado, en manos de quien dirigía su aparato “represor” (es decir “opresor”), el que usó todas sus herramientas no solo para —a lo menos— abusar sexualmente sino para acallar o amenazar a la víctima de ese abuso. Es el estado, o para ser más preciso el gobierno, este gobierno “feminista”, el que prefirió dudar y esperar en el caso Monsalve, esas mismas dudas o esperas a las que no tuvo derecho, por ejemplo, Isabel Amor, quizás porque entre otras cosas, es mujer.
No sé si Antonia Orellana cree o no en Dios, pero sé que todo en ella es profundamente cristiano. Lo supongo quizás porque su padre poeta militaba en el mismo partido que yo (y toda mi familia), en la izquierda cristiana. La idea de pensar en qué lugar estaría de no estar en este, y darse cuenta de que estaría en el lado contrario del que está, debe costarle a cada instante. La culpa a algunos nos hace callar, a otros indignarse.
¿Convierte todo esto a la ministra de la Mujer en una víctima? El tener que dar la cara por el gobierno que esconde la suya, es por cierto una tarea ingrata pero solo es una tragedia cuando no se prepara con cuidado, qué se puede decir y qué no. La frase del “portero” sería una anécdota, o un ejemplo más de cómo el periodismo de matinal mastica lo que toca, si no fuera en la ministra parte de una larga serie de errores comunicacionales, todos ellos nacidos de un subconsciente que no quiere ser controlado.
El feminismo punitivo repitió hasta el cansancio que, a pesar de recibir toda suerte de premios, y medallas, rectorías y cuotas, el poder seguía siendo patriarcal, pero parece olvidar la base misma de la lógica de la venganza y que ésta sabe esperar.
Antonia Orellana es como el presidente, hija de una generación que fue alabada, querida y votada por sentir. Sentir mucho más que pensar. No necesitan alardear de la transparencia, como lo hizo el presidente en la famosa conferencia de prensa: Les guste o no, son transparentes. Es decir, les falta todo tipo de espesor.
Esta vez, es cierto, el error no lo cometieron ellos. Los adultos se portaron a la altura de lo que siempre fueron, de lo que somos los de mi generación: eternos adolescentes, irresponsables, miedosos, cínicos, machistas, misóginos, pequeños y frívolos, muy frívolos. “El galán rural” y sus chambonadas no fue una excepción en mis contemporáneos, sino una regla que nos mantiene lejos de cualquier posible gloria. Después de todo, por eso mismo, por torpes, por cobardes, por pusilánimes, la gente se saltó a la generación de Tohá, de Elizalde y Monsalve a la hora de elegir autoridades y eligió a los jóvenes que suponía puros y limpios, lo que no eran sus mayores.
En el caso Monsalve, entonces, el error lo cometieron los grandes, los supuestamente responsables, los que tenían que vigilar a los niños. Pero la manera en que los niños, que ya no son en ningún sentido menores de edad, intentaron explicar los hechos, vuelve a hacer patente la tragedia de la centro izquierda que es la tragedia de Chile. Los adultos dejaron de serlo, pero no por eso los llamados a reemplazarlo se hicieron adultos de golpe. La conferencia de prensa interminable del Presidente, la alusión al portero de la ministra, o los pataleos de pasillos que se filtran demasiado fácilmente, hacen de nuevo visible que la ingenuidad puede también ser un crimen. Más aun cuando ya se lleva tantos años en el poder.
Es así que toda una elite política es la que de distintos modos quiere explicarnos que, como Monsalve, ellos tampoco saben “qué paso esa noche” y que tampoco quieren hacer ningún esfuerzo para recordarlo. Menos, mucho menos, reparar lo hecho en medio de ese tan conveniente olvido.
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