Mercado laboral y la pérdida gradual de dinamismo. Por Carolina Godoy

Managing Director CG Economics & Strategy Lead We are Mef

La discusión no debería centrarse en si el desempleo está unas décimas arriba o abajo, sino en cómo recuperar velocidad. Sin dinamismo laboral, el crecimiento se vuelve frágil y cuando la fragilidad se normaliza, la economía deja de expandirse por inercia y empieza a depender exclusivamente de impulsos extraordinarios.


El Imacec sorprendió a la baja y el desempleo persiste sobre 8%. No hay recesión ni deterioro laboral abrupto, pero sí es una señal coherente con algo más profundo: el mercado del trabajo dejó de ser un motor de dinamismo y entró en una fase de baja energía estructural.

La tasa de desempleo, vista de manera aislada, no sugiere una gran alarma, sin embargo, quedarse en esa cifra es mirar solo la superficie. Lo que hoy caracteriza al mercado laboral no es el colapso, sino la pérdida de velocidad y ese deterioro es más difícil de detectar porque no viene acompañado de titulares dramáticos.

Desde 2023 en adelante la economía opera en un entorno normalizado. No hay pandemia, no hay confinamientos, no enfrentamos un shock financiero relevante. En ese contexto, lo razonable habría sido observar una consolidación del empleo y una recuperación clara de su trayectoria histórica. Pero lo que muestran los datos es otra cosa: el ritmo de creación de puestos de trabajo se redujo prácticamente a la mitad respecto del período previo a la pandemia. No se trata de un bache puntual, sino de un patrón persistente en la capacidad de absorción del mercado laboral en los últimos dos años.

Ese es el primer síntoma de la “rana hervida”: nada explota, pero el sistema pierde impulso.

Más tensión de la que muestra el desempleo

El desempleo estable no es sinónimo de normalización. Para entender la verdadera tensión del mercado laboral, una de las variables a observar es la tasa de presión laboral, que incorpora no solo a los desempleados, sino también a quienes trabajan y buscan otro empleo, además de quienes desean trabajar. Hoy la presión laboral se ubica en 15.6%, nivel elevado para un período sin disrupciones mayores. Eso revela una realidad distinta: más personas quieren insertarse o mejorar su inserción de lo que la economía logra absorber con empleos de calidad y estabilidad.

En paralelo, el tiempo parcial involuntario -personas que trabajan menos horas de las que quisieran- vuelve a repuntar tras la fuerte corrección posterior a la pandemia. No se trata de un salto dramático, pero sí de una señal de que la mejora estructural ya encontró un techo. Más personas trabajan menos horas de las que quisieran, no por preferencia, sino por restricción del mercado.

Este conjunto de señales configura una tensión persistente. El ajuste no ocurre vía un salto abrupto del desempleo, sino mediante una acumulación lenta de presión interna.

Fuente: INE

El síntoma más profundo: intensidad y tracción

Para sintetizar estas dinámicas, construimos un índice simple de intensidad laboral (ILD), que combina tasa de ocupación y horas efectivas trabajadas, con el objetivo de aproximar el uso efectivo del trabajo en la economía. Este indicador permite mirar el mercado laboral no solo por cuántos están empleados, sino por cuánto trabajo efectivo está siendo utilizado por la economía.

Tras el rebote post pandemia, el ILD no logró retomar el nivel estructural previo. En los últimos años se estanca e incluso muestra señales recientes de debilitamiento. En términos simples, el empleo crece, pero no con la profundidad suficiente como para empujar el volumen efectivo de trabajo hacia una senda más robusta.

Fuente: Elaboración propia con datos del INE

La trayectoria importa más que el nivel

Cuando el ritmo de creación de empleo se reduce, la presión laboral se mantiene elevada y la intensidad no despega, la economía entra en una zona de baja energía. Y aquí está el punto central: una economía puede convivir durante años con desempleo estable y crecimiento moderado. Lo que no puede hacer es sostener expansión vigorosa si su mercado laboral pierde tracción estructural.

La relación entre crecimiento y empleo es bidireccional. Más crecimiento genera más empleo. Pero también es cierto que sin dinamismo laboral sostenido, el crecimiento potencial se estrecha. Si el mercado crea la mitad de los puestos que generaba antes y mantiene tensión interna en un entorno sin shocks extraordinarios, la capacidad de acelerar se reduce. Ya no es un problema de un trimestre, es una trayectoria.

La rana no siente el aumento gradual de la temperatura. El mercado laboral tampoco siempre refleja el deterioro en un titular del agregado. Pero cuando la pérdida de velocidad se consolida, el riesgo deja de ser un salto abrupto y pasa a ser algo más complejo: la instalación de un estándar más bajo de dinamismo.

La discusión entonces no debería centrarse en si el desempleo está unas décimas arriba o abajo, sino en cómo recuperar velocidad. Sin dinamismo laboral, el crecimiento se vuelve frágil y cuando la fragilidad se normaliza, la economía deja de expandirse por inercia y empieza a depender exclusivamente de impulsos extraordinarios.

El desafío es evitar que la baja energía se convierta en el estándar permanente. Porque el deterioro que no grita es el más difícil de revertir: se normaliza, se incorpora y termina redefiniendo el umbral de lo aceptable.

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