El reflejo de la productividad. Por Carolina Godoy

Managing Director CG Economics & Strategy Leader We are Mef

En Chile la productividad se mide, se proyecta y se compara. Aparece en discusiones técnicas, en estimaciones de crecimiento y diagnósticos de largo plazo. Sin embargo, no siempre se la lee como una síntesis del funcionamiento del sistema económico. Más que una variable aislada -o un residuo contable-, la productividad refleja, por ejemplo, cómo se organiza el trabajo, cómo se ajusta el mercado laboral y cómo el Estado gestiona su propio empleo.


Productividad más allá del dato

Desde el punto de vista técnico, la productividad en Chile no está ausente. Se calcula, se reporta y se incorpora en las proyecciones de crecimiento de largo plazo. La Productividad Total de Factores ha mostrado un desempeño bajo o prácticamente nulo en los últimos años y solo proyecciones marginalmente positivas hacia adelante (en torno a 0,5%). Nada de esto es nuevo ni controversial.

Sin embargo, la forma en que interpretamos ese resultado importa. La productividad suele leerse como una variable técnica, asociada a capital, tecnología o innovación, y en esa lectura, se ve como algo que “falta” o que “no despega”. Lo que allí se pierde es que la productividad también es un resultado organizacional.  Sin cuestionar la utilidad de los modelos tradicionales, un cálculo correcto puede no ofrecer un diagnóstico suficiente ya que medir bien no implica necesariamente comprender el fenómeno, y cuando la productividad se aborda solo como resultado técnico, se pierde información clave sobre las estructuras que la generan.

Lo que la baja productividad muestra: trabajo y Estado

Vista desde ese ángulo, la baja productividad revela dos rasgos persistentes del sistema chileno: un mercado laboral de baja calidad y un Estado que opera de manera crecientemente defensiva.

Por el lado del mercado laboral, el desempleo se mantiene elevado, pero contenido en torno a 8-9%, sin señales de mayor colapso. Sin embargo, esa estabilidad cuantitativa convive con un deterioro cualitativo. La informalidad laboral aumentó en los últimos meses y alcanza aproximadamente el 27% del empleo total -equivalente a 2.5 millones de personas- donde una parte relevante del empleo creado se caracteriza por alta rotación y bajos ingresos.

Este tipo de ajuste no es extraño en contextos de bajo crecimiento: la informalidad, el subempleo y la rotación cumplen así una función de absorción, permitiendo que el empleo exista, pero sin consolidarse. No es un problema coyuntural, sino una forma de adaptación de baja calidad.

Por el lado del Estado, la lógica es distinta, pero con un resultado similar. El sector público no enfrenta una crisis operativa, los servicios siguen funcionando y el empleo estatal ofrece estabilidad en un entorno incierto. Sin embargo, esa estabilidad se apoya en una estructura de baja movilidad y evaluación de desempeño débil.

En contextos de mayor incertidumbre -como los que acompañan transiciones políticas o discusiones presupuestarias relevantes- esta lógica se vuelve más visible. En ausencia de métricas claras sobre desempeño, impacto y eficiencia, la organización del empleo estatal tiende a rigidizarse. La ley pasa a cumplir un rol de resguardo frente a la incertidumbre y, ante la falta de otros mecanismos, la protección del puesto se consolida como respuesta predominante, sustituyendo a la productividad.

Ambas dinámicas -empleo de baja calidad y Estado defensivo- no explican por sí solas la baja productividad, pero sí ayudan a entender por qué, aun con inversión, capital y horas trabajadas, la productividad efectiva del trabajo es baja y podría seguir siéndolo. En ese sentido, la productividad no es la causa del problema: es su reflejo.

Crecimiento estable, pero estructuralmente bajo

El efecto agregado de esta estructura es un crecimiento de largo plazo persistentemente bajo. No hay crisis, pero tampoco un repunte. El PIB tendencial crecería a tasas moderadas, en torno a 2%, consistentes con una productividad que no logra despegar y con un mercado laboral que absorbe sin transformar.

Esta combinación explica por qué la economía chilena muestra una gran capacidad de resistencia frente a shocks, pero una débil capacidad de progreso. El sistema funciona, pero funciona en un modo defensivo: el empleo resiste, pero no mejora y el Estado opera, pero se adapta poco. La productividad confirma ese “equilibrio”.

El riesgo de este tipo de estructura no es el colapso, sino la normalización de un desempeño mediocre. Cuando la productividad se lee solo como cifra y no como reflejo, el debate público tiende a fragmentarse. El resultado es un diagnóstico parcial, que identifica síntomas sin encontrar las causas estructurales.

La productividad no necesita ser redefinida ni reemplazada por otras ecuaciones, simplemente podríamos leerla de otra forma. No como un residuo técnico, sino como una señal agregada de la calidad del trabajo y de cómo gestionamos el Estado.  Ese ángulo más interpretativo permite entender por qué el crecimiento ha sido estable, pero bajo, y por qué la economía se adapta, pero no mejora. Hoy, ese reflejo abre una conversación que Chile ha postergado.

 

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