El nuevo libro de Julian Barnes, que en principio se plantea como el último que escribirá, es una novela discreta y una larga reflexión sobre la memoria, la escritura, el deseo, el amor, el duelo, la enfermedad y la muerte. ¿Mucho para una sola novela? Probablemente sí, aunque Barnes tiene una cocina literaria vigorosa y tan experta que le permite surfear sobre estos y otros temas con ligereza, con simpatía, con una buena cantidad de citas y un nutrido repertorio de anécdotas.
Es un tipo de escritura que ciertamente aligera la lectura. Pero el problema es que también se evapora con facilidad. A la semana de cerrar la lectura del libro, la verdad es que es poco lo que subsiste.
El relato parte con una divagación sobre la fragilidad de la memoria y el misterio neurológicos tanto de las conexiones cerebrales como de los recuerdos involuntarios. Es interesante, al menos hasta el momento que entra en acción el ingenio de Barnes para cruzar la sigla IAM (recuerdo autobiográfico involuntario, en inglés) con el I AM y con la IA. Sí, todo muy ocurrente, quizás, pero a fin de cuentas bien básico y no muy revelador. Puro juego de palabras.
Tampoco agrega mucho el caso “del hombre que recordaba todas las tartas que se había comido en su vida”. Si es por eso, en este plano, el cuento “Funes el memorioso” de Borges le da cancha, tiro y lado. En fin, no está demás señalar, como corresponde en el caso del más afrancesado de los novelistas británicos, que en esta parte van y vienen las referencias a Proust, en función de su experiencia con el sabor de las magdalenas remojadas en té, la cual lo devolvió indeliberadamente a sus días de infancia en casa de la tía Leoncia. También están presentes Virginia Woolf, Flaubert, Baudelaire, entre otros escritores
Luego el libro se abre a lo que con más propiedad podría ser un encuentro entre experiencia y ficción. El episodio se relaciona con sus tiempos de estudiante en la universidad cuando le presentó a su amigo Stephan una chica llamada Jean, y juntos por un tiempo formaron un trío de amigos inseparables. Stephan siempre fue hombre de pocas palabras y Jean, en cambio, una jovencita inquieta y de opiniones concluyentes.
Los dos protagonizan un idilio que dejó afuera al narrador, pero al cabo de corto tiempo se dejaron de ver, a pesar del magnetismo que parecía unirlos. Transcurren cuatro décadas, cada cual carga con vidas muy distintas, y Barnes vuelve a conectarlos para para que cursen la asignatura que ambos dejaron pendiente en el pasado. Todavía se quieren y esta será la segunda oportunidad. La verdad es que no es una historia muy interesante y lo más probable es que ni siquiera está muy bien contada. Ni siquiera convence mucho por qué se amaron o dejaron de amarse.
La última parte de Despedidas tiene más sustancia porque Barnes se plantea ante las miserias de la enfermedad y la inminencia de la muerte. Tiene un cáncer a la sangre, que quizás no lo mate pero que lo aguijoneará hasta el fin de sus días. Barnes reflexiona sobre la finitud en un tono amistoso y sin gravedad.
Lo hace con cierto humor y, más que con inteligencia, con indudable astucia. Simplemente c’est fini. Incluso el título original del libro es Departure(s), Partida(s). Despedidas no es lo mismo que partidas. Esta, por lo demás, es una partida diferente porque, ateo como él es, aquí alguien se está yendo a ninguna parte, sin meta de llegada.
El libro tiene mucho de memorias, si bien en casi todas sus obras hay algo de eso. Aquí sin embargo la autobiografía es central. Barnes siempre imagina y ficciona a partir de su propia experiencia y qué duda cabe que es un gran escritor. Ocupa un puesto destacado en el dream team de las letras inglesas, junto a Ishiguro, McEwan y el fallecido Martin Amis.
Jamás, eso sí, escribió algo tan de peso como Expiación o Checil Beach, aunque en promedio podría ser que su obra, muy abundante, sea mejor que los libros menos logrados de MCEwan (Solar. Sábado, Máquinas como yo). Aun así, sin embargo, es difícil no conceder que novelas de Barnes como El loro de Flaubert, El sentido de un final o Nada que temer, permanecerán. Dudo que pueda decirse lo mismo de este libro,
Despedidas. Julian Barnes. Anagrama, 2026. 216 pp.
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Borges, nuevamente. Por Héctor Soto. https://t.co/ggQ6AFxEkc
— Ex-Ante (@exantecl) April 17, 2026
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