Ambición literaria, perspectiva histórica y filo político: Las novelas de Juan Gabriel Vásquez. Por Héctor Soto

Ex-Ante

El novelista colombiano pertenece a la generación de los hijos o nietos del boom. Pero mantiene, tal como Vargas Llosa y/o Carlos Fuentes en una época, una resuelta confianza en la novela realista de cuño social.  Suyos son algunos de los mejores libros publicados en América Latina durante los últimos años.


Decirlo a estas alturas no envuelve ningún riesgo ni tiene tampoco mayor novedad. A sus 52 años, Juan Gabriel Vásquez es posiblemente el último escritor latinoamericano heredero de la gran novela social, ambiciosa y totalizadora, que cultivó en otro tiempo Vargas Llosa, desde la ribera del realismo. Querámoslo o no, todo indica que ese modelo literario va a la extinción.

Los escritores de hoy optan por proyectos menos ambiciosos, más minimalistas, menos comprometedores, que conversan mejor con el yo que con su época. Vásquez, en cambio, sigue obsesionado por entender mejor a su país, Colombia, y al parecer su última novela, Los nombres de Feliza, que acaba de llegar a librerías, da un paso más en la misma dirección, al rescatar la memoria de una escultora colombiana que murió de tristeza en París, como dijo García Márquez, cuando a comienzos de los 80 tenía 48 años y había sido en Cali un emblema de vanguardismo cultural.

Hay que leer a Juan Gabriel Vásquez. Sus libros son incombustibles, responden a tramas que se devoran al lector, hablan de realidades sociales de hoy y son, por decirlo así, novelas redondas, novelas con comienzo, desarrollo y desenlace que entregan algo así como un intento de explicación a los tiempos que corren.

El ruido de las cosas al caer se publicó el año 2011 y remite a una sociedad que habiéndose sacudido hace ya un buen tiempo del realismo mágico todavía no entra el período dominado por el, narco. En esos años, en Colombia todavía quedaba candor.

Las reputaciones es una novela más corta, 140 páginas solamente. La historia está protagonizada por un vehemente caricaturista político y el relato se hace cargo de los dilemas éticos y políticos del periodismo.

Las formas de la ruina se enfrenta al tema de la violencia política, del cual Colombia jamás ha podido zafar realmente. La operación narrativa de Vásquez en este caso es volver sobre el asesinato del líder populista Jorge Eliecer Gaitan, ocurrido el año 1948 y que diera lugar al llamado “bogotazo”, el cual terminó convirtiéndose, junto con la revolución cubana, en el mito articulador de la izquierda colombiana a partir de los años 60.

El relato entronca ese asesinato con otro que también dividió las aguas en su época, en 1914, el del senador liberal Rafael Uribe Uribe, general de la República, que dio lugar a la interminable guerra civil que aparece en las ficciones de García Márquez, con liberales por un lado y conservadores por el otro. El relato finalmente conecta con todas las expresiones de la violencia política del siglo XX, materia respecto de la cual Colombia ha sido tanto un laboratorio, una sala de fiestas y también una tumba impensada.

Volver la vista atrás, la novela que publicó hace cuatro años, es una operación literaria de mayor riesgo. Aparentemente no es otra cosa que una biografía del cineasta colombiano Santiago Cabrera, realizador apenas discreto y autor de una película abiertamente sobrevalorada, La estrategia del caracol (1993).

Sin embargo, la novela es mucho más que eso: en realidad, es un viaje a los orígenes del mesianismo político radical que alimentó desde siempre el fenómeno de la guerrilla en Colombia. Cabrera fue hijo de un exiliado republicano que llegó a ser una figura importante en la escena cultural colombina en los 60. Fue actor, tuvo gran reputación en el radioteatro y fue una figura importante de la incipiente televisión colombiana.

El problema es que se fue radicalizando no solo hasta abrazar el maoísmo sino también hasta radicarse con su familia en Pekín, en vísperas de los más delirantes episodios de la revolución cultural de Mao. Cabrera nunca se rebeló contra el padre. De hecho, se educó en el fanatismo, en el vasallaje, en los privilegios y en las paranoias del poder.

El libro recupera la insensatez de esa experiencia, que fue también la de su hermana, y trata de explicar por qué el padre la decide y por qué el hijo la acata sin discusión, cuando ya era evidente que la fraseología maoísta y la guerrilla eran causas sórdidas, miserables y abiertamente perdedoras.

Cuando vuelve a Colombia, el hijo ni siquiera se pregunta si hay otro futuro para él que irse a la guerrilla. Junto con levantar las preguntas de rigor, la novela deja entrar al relato los grandes dilemas políticos que han cruzado el desarrollo de las sociedades latinoamericanas en las últimas décadas: la vía electoral o la vía armada; la revolución o el gradualismo; la página en blanco de la ruptura o la continuidad con el pasado; el vértigo de la quimera fulminante o el tedio del realismo político institucional, con sus grises derivadas a la práctica de la negociación, puesto que no todo es posible, y a la ética del esfuerzo individual, puesto que sin eso no hay sociedad que pueda progresar.

Como todo militante de la novela de cuño realista y social, Juan Gabriel Vásquez tiene especial predilección por los personajes obsesivos y de contornos un tanto oscuros. Eso es lo que es, en El ruido de las cosas al caer, Ricardo Laverde, incluso después de haber cumplido una sentencia de años de cárcel, en vísperas de reencontrarse con la mujer que siempre amó. Eso es lo que es Carlos Carballo, que va por la vida recolectando evidencias del atentado a Gaitán.

Y eso también es lo que define al papá de Santiago Cabrera, quien a partir de sus propios demonios le impone a su familia un destino que ellos no eligen; en esa medida son, al mismo tiempo que víctimas, patéticos borregos de las circunstancias, sin la más mínima noción de autonomía o de libertad.

En tiempos en que la novela pierde peso porque se vuelve estrictamente generacional (Zambra), juguetona (Aira), paradójica (Gumucio), candorosa (Rimski) o venenosa (Bayly), el testimonio literario de Vásquez no solo es una singularidad.

También tiene algo de anacronismo, por la voracidad de sus aproximaciones históricas, por la amplitud de sus perspectivas, por la complejidad de sus verdades, también por la envergadura de sus preguntas. Para bien o para mal, ahora estamos en otra. Como ya nadie se toma muy en serio estas dimensiones, la novela, como género literario, al menos en América Latina, pareciera haberse achicado.

El ruido de las cosas al caer, Alfaguara, 2011, 259 págs.

Las reputaciones, Alfaguara, 2013, 148 págs.

Las formas de la ruina, Alfaguara, 2015, 560 págs.

Volver la vista atrás, 2020, Alfaguara, 475 págs.

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