Julio 18, 2026

Desempleo juvenil: cuando la experiencia se convierte en una barrera. Por Sandra Bravo

Investigadora del Instituto de Políticas Públicas de la Universidad Andrés Bello

La pregunta, entonces, ya no es si los jóvenes están preparados para ingresar al mercado laboral. La evidencia sugiere que muchos sí lo están. La verdadera interrogante es si nuestro mercado laboral está preparado para ofrecerles la primera oportunidad que necesitan para demostrarlo.


Hay una paradoja inquietante en el mercado laboral actual: las organizaciones reportan dificultades para encontrar talento, mientras una generación entera de jóvenes no logra ingresar al mundo del trabajo.

Las cifras muestran que el problema es más complejo de lo que parece. Según datos del INE, la tasa de desocupación nacional alcanzó un 9,4%, su nivel más alto en cinco años. El desempleo entre los jóvenes, por su parte, bordea el 25%, convirtiéndolos en uno de los grupos más afectados. Las causas son múltiples y se entrelazan. El menor crecimiento económico ha reducido la creación de empleo y el mercado laboral se ha vuelto más exigente. A esto se suma que la automatización y la inteligencia artificial han disminuido la necesidad de realizar muchas tareas rutinarias de entrada, mientras las empresas continúan privilegiando candidatos con experiencia previa.

Los resultados del último reporte del Panel Laboral de la Universidad Andrés Bello, en el que participan 30 especialistas en reclutamiento y selección, permiten observar este fenómeno desde la perspectiva de quienes toman decisiones de contratación. La principal conclusión es que las empresas siguen demandando talento joven. Existe una necesidad importante de incorporar personas, especialmente en áreas como tecnologías de la información, análisis de datos, logística, operaciones y perfiles técnico-profesionales.

El problema, por tanto, no parece ser la falta de oportunidades en términos absolutos, sino que las condiciones para acceder a ellas han cambiado. Las empresas de hoy necesitan personas que puedan incorporarse rápidamente a procesos cada vez más complejos, donde la digitalización y la inteligencia artificial están transformando la forma de trabajar.

Al mismo tiempo, muchas de las tareas rutinarias que tradicionalmente servían para formar a los trabajadores jóvenes hoy están siendo automatizadas o exigen competencias que antes se adquirían precisamente durante esos primeros años de trabajo.

Se produce así una contradicción difícil de resolver. Mientras las empresas reconocen dificultades para encontrar el talento que necesitan, también admiten que la falta de experiencia limita la contratación de jóvenes. Las oportunidades existen, pero las exigencias para acceder a ellas son mayores.

Quienes participaron del panel coinciden en que la experiencia laboral temprana se ha convertido en el principal factor diferenciador. Por ello, consideran que las medidas con mayor potencial para reducir las barreras de acceso son aquellas que permiten acumular experiencia antes del egreso: prácticas profesionales de mayor duración, pasantías remuneradas, modelos de formación dual y una vinculación mucho más estrecha entre instituciones de educación y empresas.

Este diagnóstico también obliga a revisar la forma en que entendemos la empleabilidad. Durante años la discusión se concentró en qué carrera estudiar. Hoy esa pregunta resulta insuficiente. Competencias como la adaptabilidad, el pensamiento crítico, la resolución de problemas, la comunicación y el aprendizaje continuo adquieren un valor similar, e incluso superior, al conocimiento técnico específico.

No deja de ser significativo que, al proyectar las habilidades más relevantes para los próximos años, los propios especialistas sitúen el pensamiento crítico por sobre el dominio de herramientas de inteligencia artificial. En un entorno donde la tecnología cambia con rapidez, la capacidad de aprender y adaptarse será probablemente el activo más valioso.

Frente a este escenario, la discusión sobre políticas públicas tampoco puede limitarse a los subsidios a la contratación. Estos pueden facilitar nuevas incorporaciones, especialmente en pequeñas empresas, pero difícilmente resolverán un problema cuyo origen está en la transición entre la formación y el empleo.

El desafío consiste en construir trayectorias que permitan a los jóvenes acumular experiencia antes de ingresar plenamente al mercado laboral, fortalecer la educación técnico-profesional, ampliar las oportunidades de aprendizaje en contextos reales de trabajo y reducir la incertidumbre que enfrentan las empresas al contratar personas sin historial laboral.

La urgencia es evidente. Un período prolongado de desempleo al inicio de la vida laboral deja huellas persistentes sobre los ingresos futuros, la productividad y las trayectorias profesionales. Pero también representa un costo para el país, que desaprovecha el potencial de una generación precisamente cuando el capital humano, la innovación y la capacidad de adaptación son factores decisivos para el crecimiento económico.

La pregunta, entonces, ya no es si los jóvenes están preparados para ingresar al mercado laboral. La evidencia sugiere que muchos sí lo están. La verdadera interrogante es si nuestro mercado laboral está preparado para ofrecerles la primera oportunidad que necesitan para demostrarlo.

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