-Este libro representa la cúspide de un estilo y de una mirada. ¿Cómo lo escribiste?
-Varios de los textos fueron escritos para los libros de autoría colectiva, y de tema santiaguino, que produce Soledad Rodríguez-Cano. Uno de los textos -el del barrio Yungay- iba a ser un libro en sí mismo. El ensayo titulado “Promesas de San Isidro” lo escribí especialmente para esta ocasión. En fin, cada texto tiene su origen distinto e involucra dinámicas distintas.
-Santiago ha sido tu obsesión. ¿Por qué? ¿Cómo nació esa vocación de escribir de la ciudad?
-Por facilidad quizás. Es lo que conozco mejor y Santiago proyecta una especie de misterio permanente. No estoy seguro de entender a nuestra ciudad. Sus olores filtrados en la noche, sus atardeceres a veces dramáticos y a veces rococó, las influencias anímicas que provoca en sus habitantes, la lluvia, son hechos que se manifiestan siempre como algo nuevo en algunos de sus aspectos.
-Quizás de manera injusta Santiago tiende a ser vista como una ciudad sin grandes atractivos, como los que tiene Buenos Aires, por ejemplo. ¿Qué te gusta de la capital y qué no?
-No sé, hay gente joven muy informada que siempre tiene algo que hacer en Santiago o sus inmediaciones. Van de un lado para otro, conocen las rutas, saben las fechas de los conciertos, no rumian su aburrimiento como sí hacía mi generación. Los jóvenes de hoy no conocen el tedio de ver Sábados Gigantes por falta de otra cosa.
Lo que me gusta de Santiago es lo de siempre. Volver a algo que no termina de irse, esos espacios en que se superponen la memoria y el presente.
-Hablas en tu libro del cerro Santa Lucía, la creación de Benjamín Vicuña Mackenna en 1872, uno de los puntos neurálgicos de la ciudad. De la curiosidad que despertó en ti siendo niño. ¿Cómo fue tu proceso de descubrimiento de Santiago?
-Leer, salir, mirar, ésas son las acciones de la aproximación inicial a la ciudad. A los trece años descubrí la alegría de reconocer en la realidad las imágenes provenientes de la memoria de otros. Pude entender que uno podía vivir en dos tiempos o más, que los contemporáneos de entonces (mediados de los años 70) no teníamos la hegemonía de la experiencia, que es una creencia muy ingenua pero corriente.
-Conociste a la generación del 50, fuiste cercano al poeta Enrique Lihn. ¿Cómo impactó en tu formación?
-Ahora que lo pienso conocí a varios: a Lihn, por supuesto, a Giaconi, a Lafourcade, a Jorge Edwards. A Donoso lo vi un par de veces en la universidad. La generación del 50 era, en los años 70, un fenómeno medio reciente, del que se hablaba mucho. Es posible que los problemas invocados por esos escritores persistan en nuestro tejido social. A la generación del 50 la tomamos como espejo u oráculo. Mucha gente explica su vida familiar a través de los mundos proyectados por José Donoso.
-¿Se perdió la densidad intelectual de Santiago o se mantiene?
-Ignoro si se perdió la densidad intelectual en Santiago. Tiendo a creer que hay personas escribiendo cosas valiosas en el anonimato al fondo de sus casas. Capaz que un día se conozcan y se coordinen.
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