Por muchas razones, es un placer leer a Roberto Merino. De partida, por el tono y la melodía de su prosa. Por la cantidad de variables personales, históricas, geográficas, literarias, sociológicas, que es capaz de cruzar, ya no en un solo artículo, sino incluso en un solo párrafo. También por la información que entregan sus crónicas, proveniente tanto de sus lecturas como de su experiencia como ciudadano de a pie, graduado en largas caminatas urbanas y doctorado en varias de las disciplinas de la noche.
Leyendo este libro, Todo Santiago, es fácil inferir que nadie maneja con tanta autoridad la triple historia de toda ciudad, por usar las categorías que García Márquez estableció respecto de la vida de las personas. Porque también pueden ser válidas respecto de Santiago: la historia pública, la historia privada y la historia secreta. Merino se peina con las tres y es un maestro en darle, quitarle, ponerle y sacarle lo justo a una y a las otras.
En principio, en atención a un conflicto de interés, yo no debería comentar este libro, dado que lo prologué en su primera edición, aparecida en 2012 a cargo de Andrés Braithwaite y bajo el sello de Hueders. Me da lo mismo, primero porque el libro es demasiado bueno para pasarlo por alto y, segundo, porque la nueva edición, a cargo de Marcela Fuentealba, incorpora arriba de cien páginas de nuevas crónicas que redondean incluso mejor -si es que cabe- lo que ya era notable en la edición anterior. Había mucho en la primera, es cierto; pero todavía faltaba. No era “todo”, como afirma el título. Esta segunda edición salda mejor la promesa original.
Bueno, Merino bien podría ser un bicho raro. En pocos escritores nacionales conviven con tanto provecho el poeta y el cronista, el presente y el pasado, el rockero y ratón de bibliotecas, el periodista de escritorio y el observador todo terreno. Por otra parte, ni con detectores atómicos se encontrará a alguien que tenga con Santiago una conexión tan potente como la suya.
Merino se convirtió en experto en esta ciudad porque la ha recorrido como nadie, cuadra a cuadra, metro a metro, día y noche. Se convirtió en autoridad de territorios mucho antes que esta palabra fuera expropiada del léxico de la buena fe por el octubrismo y los profesionales de la insurgencia.
Porque ha visto muchos cambios urbanos, frecuentado muchas escenas, conocido a cientos de personajes y escuchado miles de historias, estas crónicas trasuntan autoridad y al mismo tiempo sencillez. Lo mejor de ellas es que no solo dan cuenta de transformaciones urbanas gigantescas y de referencias arquitectónicas indispensables sino también de formas de pensar y de sentir, de estados anímicos, de opulencias y miserias y de todo aquello que terminó colorearon el desarrollo de esta ciudad por muy distintas épocas, desde la siesta y el peladero del Santiago colonial hasta el Santiago sobrecargado, crispado, supuestamente modernizado y esquizofrénico de la actualidad.
Roberto Merino prolonga una gran, grandísima tradición literaria chilena, la de los grandes cronistas, que va, por decir algo, de Jotabeche a Edwards Bello, de Díaz Garcés a Filebo, de Daniel de la Vega a Jenaro Prieto, de Homero Bascunán a Jorge Edwards, de Carlos León a Lafourcade.
Tengo en la memoria, y creo haberlo escrito en alguna parte, que una vez que me junté con él en el centro y me llevó -por iniciativa suya, porque yo no tenía la menor idea- a conocer el archivo Edwards Bello que entonces se conservaba en la Biblioteca Nacional, en la sección Referencias Críticas, en cajas de zapato o un poco más grandes, sin mediación alguna, con los recortes, las curiosidades, las fichas temáticas digamos, con anotaciones a pulso del propio escritor. Debe haber sido en los años 90. Es de no creer que un patrimonio histórico colosal como ése estaba al alcance de cualquiera, que podía consultarlo, sobajearlo, olerlo y -mejor ni pensarlo- rayarlo o robárselo.
Recuerdo la emoción que tuve al tocar esos recortes pegoteados con engrudo como en trabajos manuales del colegio. Recuerdo la unción con que Roberto me explicaba esto y lo otro. ¿Cómo iba imaginarme entonces que, más que enseñarme los insumos con que Edwards Bello escribía sus crónicas, Roberto me estaba hablando inconscientemente de su proyecto de vida? Lo pienso y aún hoy me sobrecoge.
Por supuesto la notable variedad de registros que Merino es capaz de tocar en sus crónicas es lo que le permite conectar con tanta fluidez con el Santiago libresco y el callejero, con la ciudad ilustrada de comienzos del siglo XX y el Santiago a guata pelá de las poblaciones de los años 80, con el Chile de estatura republicana que se observa en las inmediaciones del Museo de Bellas Artes o del Parque Forestal y con el Santiago silvestre o violento de los suburbios, de los sitios eriazos, de las casas de huifa, del causeo de patas y la chicha cocida, cocida vaya uno a saber dónde, que puede ser una amenaza tanto para la digestión como para la convivencia.
¿Hay humor en Merino? Mucho. De hecho, hay crónicas donde mejor es cerrar el libro para carcajearnos a gusto y no atragantarnos. ¿Hay nostalgia? Yo antes pensaba que nada, pero algo hay; los tiempos de la ciudad y los suyos no pasan en vano y lo concreto es que uno y otro son irrecuperables. ¿Hay cariño? Sí, aunque no incondicional ni programático. Pero claro que lo hay; cuando Merino se indigna por nuestro culto al feísmo, por nuestro desprecio al pasado, por la facilidad con que nos compramos modas que envejecen muy mal, no es por epatar o porque sea un conservador inmovilista. Cuando se enoja es porque hay sentimientos, valores, vivencias y emociones comprometidas.
Las páginas de este libro pasean al lector por calles, personajes, plazas, barrios, recuerdos, experiencias personales, lecturas, bares, árboles, cafés, enredaderas, emociones y por ahí siempre encuentran un eje narrativo robusto, Algunas crónicas, sin embargo, las que el autor llama “sobre nada”, casi siempre a raíz del calor, del tedio, del vacío o el aburrimiento, alcanzan un rigor entre poético, humorístico o metafísico que no se explica si detrás de esta sensibilidad no estuviera derechamente un poeta. Gran poeta, qué duda cabe.
Todo Santiago. Roberto Merino. Edición aumentada, Fondo de Cultura Económica. 2026, 462 pp.
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Albert Speer, el arquitecto de Hitler que se salvó en Nuremberg y fue absuelto por la Historia. Por Héctor Soto. https://t.co/6aI54OEeBI
— Ex-Ante (@exantecl) May 29, 2026
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