Borges, nuevamente. Por Héctor Soto

Ex-Ante

Pasarán los años y seguiremos hablando de Borges. Un escritor que nunca deja de sorprendernos y nunca llegaremos a conocer enteramente. Aquí comparecen dos libros que miran al personaje. Uno es un ensayo que se hace cargo Borges como fenómeno. El otro es una novela testimonial donde el viejo escritor argentino se convierte en un insólito compañero de viaje.


La figura de Borges no solamente es la de un gran escritor. Es también una catedral en relación a la cual trabajan, se plantean y operan, quiéranlo o no, todos los escritores argentinos. Cada cual decide si lo hace dentro o fuera del templo; si a su sombra o lo más lejos que se pueda; si en clave de continuidad o de ruptura.

Es más: Borges es una suerte de peaje que los escritores de mayor ambición literaria simplemente no pueden eludir. A este círculo, donde ya estaban Sylvia Molloy, Ricardo Piglia y Alan Pauls, entra ahora Martín Kohan, el autor de la novela Ciencias morales, que en otro tiempo leí con más respeto que emoción.

Kohan tiene los atributos necesarios para entrar al grupo: inteligencia y erudición. Ambos fundamentales para calificar en el ensayo, ambos un tanto riesgosos para navegar en las aguas de la novela. Su nuevo libro, Lo que entiendo por Borges, es una colección heterodoxa de artículos y ensayos críticos que, más que rescatar al escritor o su obra, se hacen cargo de lo que Borges llegó a representar, entre mitos y verdades, en el imaginario argentino: una vida desdichada y una literatura fuera de serie; un escritor al que se le adjudicó ese poema chanta titulado Instantes, que él nunca escribió; un hombre que se pasó de largo en las letras y se quedó corto en la vida.

También indaga en el Borges político, en el antiperonismo visceral que profesó (“El partido peronista no puede prescindir de ladrones, asesinos, analfabetos: son la trama de la que está hecho”). Y que tampoco pasa por alto las tensiones que sobrellevó: su culto a la espada más que a la pluma; su aversión al nacionalismo, no obstante haber escrito páginas admirables sobre gauchos, malevos y cuchilleros del viejo Bueno Aires; su declarada anglofilia, a pesar de manejarse como nadie en las fronteras de la identidad argentina. Tiene algo de inconmensurable Borges. Como decía un escritor amigo, tenía una pata en la comuna y otra en el infinito. Era grave, era divertido, era irónico y demoledor. También podía ser frágil. Frágil pero jamás sensiblero.

El libro tiene observaciones brillantes sobre ideas de Borges relativas al heroísmo o al coraje (“la única experiencia que cuenta como medida de coraje es salir a matar un hombre o la de hacerse matar por él”), sobre su inspiración conectada al mito, a historias arcaicas y la especulación laberíntica y también sobre algunos de sus relatos fundamentales: “El hombre de la esquina rosada”, “Emma Zunz, “El Aleph”. Por todo eso, aun no siendo un libro muy articulado -lo cual a su vez es parte de su ventaja- es bien iluminador.

Una mirada mucho menos cerebral es la que aparece en Borges y yo, una novelita del 2021 escrita por Jay Parini, académico, biógrafo y novelista estadounidense. Novelista, en este caso, a partir de su propia experiencia con Borges. Porque fue muy novelesca. Encontré el libro en un local de saldos, pero no es difícil conseguirlo por internet. “Borges y yo” es en verdad el título de uno de los mejores relatos de Borges. Es muy corto y está en el libro El hacedor. En pocas líneas, el escritor dice que él es un sujeto sencillo al que le gusta caminar por Buenos Aires, pero que hay otro Borges, el que escribe libros, que fabula con la filosofía y el infinito, que lo ha cooptado o capturado y por el cual no siempre se siente muy interpretado.

Esta novela no va por ahí. Va por lo que al autor se le ocurrió. Para eludir la conscripción militar en los días de Vietnam, Parini se fue a estudiar a Escocia en 1971. Por carambolas de la vida, que siempre son misteriosas, terminó trabando amistad con un poeta que era traductor de Borges. Parini no tenía la menor idea y jamás había leído una línea de Borges, pero llegó a conocerlo cuando cayó de visita en esa casa. No solo eso. Algún problema tuvo el anfitrión que debió endosarle la visita a su joven amigo. No por una tarde, no por un día: ¡fue por una semana! Borges en ese momento estaba de paso en Escocia, antes de ir a Oxford a recibir un doctorado honoris causa, donde lo esperaría María Kodama, que iba a ser su pareja.

Y durante esa semana Borges, bastante ciego ya, le pidió a Parini que lo llevara de paseo a las Tierras Altas. La novela es una crónica portentosa de esa aventura insólita. Un chico sensible pero completamente ignorante de la estatura literaria de su compañero de viajes. Y un escritor formidable, ciego, narciso, autorreferente, ensimismado en la épica de los viejos poemas sajones, escandinavos o celtas, que siente el mundo exterior como fantasía, que nunca pierde su apetito, que no perdona los huevos y el bacon al desayuno, que lleva el mismo traje durante toda la semana y que es un hombre gentil y un consejero sentimental oportuno cuando debe. Vaya que es una figura admirable la suya; y vaya que es también un personaje lastimado.

La de Parini, siendo muy terrenal y aventurera, también es una aproximación muy reveladora al ilustre escritor argentino. Tenía razón él: había dos Borges. Cuando menos.

 

Lo que entiendo por Borges. Martin Kohan. Ediciones Godot. 2026. 165 pp.

 

Borges y yo. Jay Parini. Emecé. 2021. 333 pp.

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