Desde la llegada de Trump a la Casa Blanca el mundo ha sido testigo de un estilo de gobierno marcado por la estridencia, las intervenciones en los escenarios bélicos y la extensión de las facultades presidenciales. Las órdenes ejecutivas, las proclamaciones y memorándums presidenciales, así como las órdenes de seguridad nacional, siguen la línea voluntarista del mandatario que está convencido que el electorado lo eligió para tener el máximo control federal y purgar el gobierno de elementos considerados contrarios a los intereses del país estadounidense.
Así, por ejemplo, la estricta política migratoria de Estados Unidos se relaciona con lo anterior, en cuanto el gobernante pretendía cerrar el acceso de extranjeros a la universidad de Harvard – referente en la lucha contra la administración de Trump – logrando que una jueza federal bloqueara indefinidamente que se prive a la universidad de traer a miles de estudiantes internacionales a su campus. El argumento esgrimido por la jueza Allison Burroughs es que se trata de “…derechos constitucionales fundamentales que deben salvaguardarse como la libertad de pensamiento, la libertad de expresión y la libertad de palabra, pilares de una democracia funcional y una protección contra el autoritarismo”.
Con este fallo Harvard podrá continuar – por ahora – acogiendo a estudiantes y académicos internacionales, comunicando que seguirá defendiendo los derechos de la universidad, sus estudiantes y académicos, ya que la misma jueza deberá resolver sobre la demanda de la universidad que busca descongelar alrededor de 2.500 millones de dólares en fondos federales.
¿Qué hay detrás de esta arremetida de Trump?
Además de las críticas a los programas DEI, los argumentos del Presidente Trump se entrelazan con la preocupación por la seguridad nacional vinculada a protestas pro-Palestina y supuestos vínculos con el Partido Comunista Chino – aproximadamente 280.000 estudiantes chinos se registraban matriculados en universidades de Estados Unidos en 2023-24 según el reporte “Open Doors on International Educational Exchange” (2024), publicado por el Institute of International Education (IIE, por sus siglas en inglés) – país al cual Trump le ha declarado una guerra comercial sin precedentes.
Pero la lista del uso extendido de las facultades presidenciales es larga y en opinión de los analistas políticos está poniendo en jaque a la democracia, como el impacto de las políticas proteccionistas en la economía y en el empleo, las políticas migratorias estrictas – incluyendo la separación de las familias – los problemas y controversias relacionados con el muro en la frontera con México, el retiro del Acuerdo de Paris y la reducción de las regulaciones ambientales, por nombrar algunas.
¿Es legítimo preguntarse si Trump – con su forma de gobernar y sus agresivas políticas externas – podría desmantelar una de las democracias hasta ayer más admiradas en el mundo?
Sabemos que el presidente Trump asumió este segundo mandato con un control gubernamental fuerte, con mayoría en la Cámara de Representantes y en el Senado – al igual que Joe Biden, Barack Obama, Bill Clinton y el mismo Trump en su primer mandato. Sin embargo, tiene una ventaja que no tuvieron sus predecesores: seis de los nueve miembros de la Corte Suprema son afines a sus posturas valóricas. Aunque como afirma Galston, titular de la cátedra Ezra K Zilkha de estudios sobre gobernanza en el Brookings Institution, “En el pasado, muchos presidentes han cometido el error de asumir que la Corte Suprema está de su lado” (The Guardian, 2025).
Si repasamos la historia política de Estados Unidos, nos encontramos con que el sistema de controles y equilibrios funcionó en el siglo XX porque se afirmaba en normas robustas de tolerancia mutua y de contención – aunque no sin excepciones que llegaron a tensionar la sociedad – finalmente, las instituciones democráticas y sus barreras de contención cumplieron su objetivo, tal como lo hicieron los políticos de ambos partidos quienes se alzaron contra infracciones que podrían haber amenazado la democracia.
Los profesores Levinsky y Ziblat en su libro “Cómo mueren las democracias” (2018), manifestaron preocupación por la vulnerabilidad de la democracia en Estados Unidos, explicando que los pilares que apuntalaban las instituciones democráticas estadounidenses se estaban desmantelando. Sin embargo, para los autores, las transgresiones a las normas no habrían comenzado con el primer mandato de Trump, sino que el proceso de erosión venía ocurriendo hace décadas, cuando las concesiones y la tolerancia mutua entre el partido republicano y el partido demócrata disminuyeron con el transcurso del tiempo hasta llegar al siglo XXI.
El mandatario estadounidense ha comentado que podría postularse a un tercer mandato – aunque la Constitución de Estados Unidos lo prohíbe – porque las elecciones del 2020 que dieron por ganador al expresidente Biden serían, en su concepto, ilegítimas por haber existido intervención electoral. Esta es una señal de alarma entre los críticos que lo acusan de dirigir al país hacia un sistema autoritario. En efecto, las máximas que sigue el gobierno hasta ahora provienen de las tres amenazas mortales indicadas en el Proyecto 2025 de la Fundación Heritage de Kevin Roberts:
Aunque Trump antes de asumir se distanció del Proyecto 2025, en los hechos, en cuanto comenzó a ejercer la presidencia parece seguir el libreto al pie de la letra.
De otra manera, no se entiende su obsesión por reforzar las facultades presidenciales frente al poder legislativo y judicial, la reforma y reducción de la administración pública – infiltrada por el marxismo cultural – los estrictos controles fronterizos, la defensa de la familia tradicional y de los valores cristianos.
En fin, la lista es larga – dejando de lado el lenguaje inadecuado para referirse a sus adversarios dentro del país y fuera de él – que tampoco tiene precedentes en la historia de los presidentes de Estados Unidos.
Como lo advirtieron los profesores Levinsky y Ziblat, las democracias ya no se desmantelan con golpes de Estado, sino con candidatos populistas que, aprovechando el hastío que provocan los políticos en la ciudadanía, llegan al poder sometiéndose a las reglas democráticas y, en el camino las van torciendo para instaurar regímenes autoritarios, corruptos y perpetuarse de esta forma en el poder, lo que genera más polarización y fraccionamiento en la sociedad.
Entonces, ¿se están desmoronando las democracias?
La respuesta lamentablemente parece ser afirmativa. El fenómeno se denomina “autocratización” o “retroceso democrático”, extendido a nivel global como Putin en Rusia, Erdogan en Turquía, Orbán en Hungría, Chávez y Maduro en Venezuela, Duterte en Filipinas, etc. Este virus permea las fronteras y se disemina por el mundo hasta sin antídoto.
¿Nos contagiáremos en Chile?
Lo sabremos en las próximas elecciones presidenciales, aunque, a juzgar como se comportan los extremos –de derechas y de izquierdas– después de la desaparición del centro, el panorama no se ve auspicioso pues estamos siguiendo los mismos patrones internacionales: una política disociada de la ciudadanía con candidatos de los sectores extremos que ofertan solucionar los graves problemas que nos aquejan en el primer año de su mandato.
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Presidenciales y debate económico: ¿quiénes pasarán agosto? Por Felipe Jaque. https://t.co/OBdaM2b6xb
— Ex-Ante (@exantecl) July 2, 2025
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