Violencia, tragedia y terrorismo: los años del IRA. Por Héctor Soto

Ex-Ante

Como miniserie de TV, “No digas nada” tiene atributos atendibles. Pero es sobre todo un libro periodístico, una larga crónica del horror, la desmesura y la violencia que generó “el problema” de Irlanda -de Irlanda del Norte- durante el largo período en que se enfrentaron nacionalistas católicos con unionistas protestantes. Fue un conflicto cruzado tanto por las buenas intenciones como por métodos brutales.


El 5 de mayo de 1981 murió, tras haber observado una huelga de hambre durante 66 días, el joven Bobby Sand, miembro del IRA, elegido diputado del parlamento de Irlanda del Norte mientras estaba en preso y líder indiscutido de la rebelión carcelaria que libró contra el gobierno de Margaret Thatcher. Sand cumplía una condena de varios años por desórdenes y almacenamiento de armas y su caso obligó al gobierno británico a dictar una ley para impedir que otros condenados pudieran presentarse a elecciones. Sand fue la primera víctima de esa terrible huelga de hambre. La Thatcher no dio su brazo a torcer y los tribunales habían declarado antiéticos los procedimientos de alimentación forzada.

La primera ministro dirigió al reino un discurso memorable que (cosa rara) no está en este libro: “Nos dan -dijo refiriéndose a los terroristas- donde más nos duele: en nuestro sentido de la compasión”. Luego murieron otros siete huelguistas. Lo terrible es que el gobierno de la Thatcher se allanó a varias de las demandas de ellos cuando iban tres muertos, pero Gerry Adams, el líder del IRA, rechazó el ofrecimiento. Lo triste es que después terminó aceptándolo, lo cual entraña que hubo seis muertos que murieron en vano.

Todo esto figura en un libro apasionante: No Digas nada del estadounidense Patrick Radden Keefe. Es una pluma habitual del New Yorker y el New York Times. Dicen que, según John Banville, el suyo es el mejor libro sobre el conflicto irlandés de comienzos de los años 70. Fue una guerra terrible que cubrió de sangre un país durante casi tres décadas y que culminó con el acuerdo de paz del Viernes Santo de 1998, a través del cual se corrigieron evidentes asimetrías de poder entre la mayoría protestante y la minoría católica en Irlanda de Norte.

El conflicto era antiguo y de hecho el IRA era un movimiento político clandestino que ya venía a la baja. Lo que lo repuso en el primer plano fue un artero ataque protestante a una marcha en principio pacífica, de varios días, organizada por líderes nacionalistas para denunciar la opresión contra ellos por parte de las fuerzas unionistas y británicas. Faltó poco para que esa emboscada terminara en masacre. De ahí en adelante, todo cambió. Los nacionalistas se armaron y pasaron a la clandestinidad. Inglaterra envió tropas que, lejos de separar a los bandos en pugnas, se alinearon contra los católicos, lo cual terminó por echar más leños al fuego.

El IRA pasó a ser infiltrado por ideologías radicalizadas donde se mezclaban fotos del Ché Guevara, utopías socialistas, prácticas totalitarias, ataques terroristas en Londres y -lo que es fundamental para que una guerrilla tenga éxito- una alarmante complicidad de parte de las capas medias del Úlster con la violencia.

No hubo errores que se dejaron de cometer. Londres reaccionó mal y tarde. El IRA se dejó ganar por el extremismo y la irracionalidad. La mayoría unionista, que buscaba preservar la unidad con el Reino Unido, pecó de intransigencia, ceguera y sangrienta represión. Entre medio, varias generaciones quemaron sus ideales, su juventud y sus vidas en el altar de un heroísmo fatuo y extraviado.

El libro de Radden cuenta esta historia básicamente a través de cuatro o cinco personajes. El primero es una mujer católica, viuda, madre de diez hijos, sospechosa de complicidad con los británicos. Luego vienen dos chicas de la familia Price, guapas e implacables, que abrazan las armas antes de cumplir los 20 y que se encargaron de varias misiones asesinas.

Otro es Brendan Hughes, casi un matón de barrio, generoso, agresivo, bueno para los puñetes, que se eleva a altas responsabilidades en el movimiento subversivo. Y está también Gerry Adams, líder terrorista primero y renegado después, cuando funge con calculado pragmatismo de líder político de un partido nuevo, el Sinn Féin, que se convertiría en uno de los grandes incumbentes de los acuerdos de paz. Era lo que había que hacer, posiblemente. Pero eso no significa que hacerlo no se hayan pisoteado lealtades y blanqueado crímenes.

¿Qué fue de toda esta gente? Salvo Adams, que se jubiló hace algunos años como el político respetable que llegó a ser y contra el cual jamás se presentaron cargos criminales serios, no obstante su responsabilidad en diversos atentados y asesinatos, todo el resto terminó lastimado. A la viuda la mataron. Las chicas terminaron mal: cárceles, drogas, delincuencia, enfermedades, vidas quebradas. El entrañable matón se sintió traicionado por Adams y por el rumbo que siguió la causa republicana y murió decepcionado el 2008. Nada muy edificante, en general, salió de estos lados.

Tras la crónica de Redden hay un reporteo obsesivo y minucioso que le tomó años. No dejó episodio por dilucidar y testigo por entrevistar. Pero quizás le sobra periodismo y le falta perspectiva histórica. Son muchas las preguntas a las cuales estas páginas no responden. ¿Qué significó el problema de Irlanda de Norte para el liderazgo de la Thatcher? ¿En qué se pareció el IRA a organizaciones como la ETA o a los movimientos guerrilleros latinoamericanos? ¿Cuál es la lógica que hizo posible que movimientos como el IRA en un momento florecieran y en otro tuvieran que sucumbir? ¿Por qué Henry Kissinger pudo decir una frase como la siguiente, que un buen amigo que me compartió días atrás: “Cuando un ejército no gana un aguerra, en realidad la pierde; cuando una guerrilla no la pierde, en realidad la gana”? Este es el tipo de reflexión que el libro no tiene.

De No digas nada se hizo una serie de solo nueve episodios y que está en Disney+. Es como todas estas series: bien hecha, golpeadora, seguramente bien intencionadas, con regla de cálculo para dejar contentos a uno y otro bando. Como sea, en el libro hay algo más de verdad.

No digas nada. Patrick Radden Keefe. Ed. Reservoir Books. 2021. 644 págs.

 

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