“El orientalista”: la Historia como tragedia personal y baile de máscaras. Por Héctor Soto

Ex-Ante

Esta es una crónica notable. La historia de un sujeto que, tal como Zelig, adoptó diversas identidades en la turbulenta historia del Cáucaso y de la Europa de los años 20 y 30. Para pasar inadvertido, para ser aceptado, para sobrevivir. El periodista Tom Reiss ha dado con un personaje de excepción y con un libro fuera de serie. Muy recomendable.


El orientalista no es una novela, aunque pocos libros puedan considerarse más novelescos que éste. El orientalista es una crónica en torno a un sujeto de identidad un tanto incierta —judío, musulmán, supuestamente príncipe de ascendencia turca o persa— que llegó a ser un novelista de gran éxito editorial (su obra maestra, Ali y Nino, una novela romántica, es poco menos que el libro nacional azari o azarbaijano) y un ensayista que podía codearse sin menoscabo al lado de Walter Benjamin o de Karl Krauss.

El personaje, que nació en Bakú, Azerbaiyán, en 1905 en el seno de una familia de magnates que controlaba parte de la próspera industria petrolera local, vivió algunos de los momentos más cruciales de la historia del siglo XX, aunque tal vez de los menos conocidos. O que siendo conocidos, él vivió desde el lado B.

Todo fue raro en él. Fue raro ser hijo de un magnate y de una joven bolchevique que se suicida siendo muy joven, en los inicios de la revolución rusa. Fue raro que su país haya sido en un momento el crisol del encuentro entre Oriente y Occidente, cuando el capitalismo mundial, desde los Rothschild hasta Nobel y Edison, acudiera a Bakú a participar de la euforia de un país donde había que tener cuidado de pisar fuerte si no querías quedar bañado por un chorro de crudo de diez metros de altura. Fue raro del mismo modo que haya tenido tres nombres (Lev Nussimbaum, Essad Bey, Kurban Said), que usó en distintas épocas y distintos escenarios, y que, así como lo tuvo todo, del mismo modo lo haya perdido todo.

También fue una curiosidad que haya querido ser, antes que Thomas Edward Lawrence, el inglés que se erigió en representante y defensor del mundo árabe, solo que él no era antiotomano como lo fue Lawrence. Y más que raro o curioso, fue simplemente trágico que su destino haya quedado sellado cuando la revolución bolchevique terminó capturando a Azerbaiyán (Stalin, antes de ser Stalin, cuando era solo un asesino y chantajista de los bajos fondos, se instala como comisario bolchevique en Bakú y lo hace instalándose en su propia casa).

  • No solo eso: era todavía un adolescente cuando debe sobrevivir a fuerza de astucia en las peligrosas llanuras y montañas del Cáucaso de entonces, hasta que logra llegar a Constantinopla, donde se sentirá a salvo y resguardado por la tolerancia y el refinamiento del Imperio Otomano.
  • Tiene un problema, eso sí: que el imperio en esos mismos instantes se está viniendo abajo y advierte que lo que pueda salir de ahí puede ser incluso peor que la revolución rusa. Con su padre, entonces, decide emigrar a París, que es hacia donde estaba huyendo toda la Rusia blanca.
  • Claro que vendrán más dificultades: porque con el correr de los días la riqueza familia se va transformando en puro recuerdo y la ciudad es muy cara. Alemania, en cambio, por esos días está barata para seguir estudios superiores. Barata pero no tranquila, puesto que en los años 20 estuvo a un tris de quedar cubierta también por las banderas rojas. Tan serio fue ese riesgo que aterrorizó tanto a la elite como a la clase media alemana. Fue el factor que desfondó a la República de Weimar y alimentaría el ascenso a comienzos de la década siguiente del régimen nazi.

Los mejores años de Nussimbaun estuvieron asociados a los grandes imperios —el del kaiser, el del zar, el de la monarquía austro-húngara— y al período de Weimar, cuando se cruzó con figuras Nakokov, Buber, Einstein, Benjamin o Joseph Roth. Fue cuando comenzó a publicar ficción y no ficción con gran éxito.

A esas alturas, el antisemitismo germano era una amenaza pero aún no un pasaje sin vuelta a Auschwitz. Por eso años contrajo matrimonio con una judía estadounidense heredera de un magnate de la industria del calzado, enlace que fracasó en circunstancias dolorosas.

Es en Weimar también cuando el horizonte se le va cerrando y cuando le detectan una extraña enfermedad a la sangre que lo llevará a la tumba antes de los 40 años. Para entonces ya había logrado salir de Alemania con destino a la Italia fascista, todavía no doblegada al antisemitismo nazi, que terminó por imponerse tras el pacto de acero Mussolini-Hitler de mayo del 39.

La de Nussimbaum fue una vida tan fascinante como triste. Triste por muchos conceptos.

  • De partida, porque su Orientalismo terminó siendo una vertiente perdedora del mapa geopolítico de la Europa central.
  • En segundo lugar, porque la suya fue una historia de sobrevivencia en medio de la brutalidad y barbarie de la historia europea a partir de la Primera Guerra Mundial.
  • En tercer lugar, porque las sucesivas identidades del personaje no hablan de otra cosa que de una ansiedad compulsiva por encontrar un lugar en un mundo que una y otra vez, de modo recurrente, le va cerrando puerta por nobles que sean sus intenciones, por buena que sea su prosa o por bien ocultos que haya mantenido sus ancestros.

Hay algo patético, doloroso y a la vez respetable en todo eso. No es el primer sujeto arrollado y destruido por los crueles engranajes de la Historia. Tampoco fue el último.

El libro del periodista Tom Reiss es notable. El hombre tiene buena escuela: el New Yorker, el New York Times, el Wall Street Journal. Investigarlo y escribirlo le tomó más de cinco años. El libro es largo, pero arriba de cien páginas están dedicadas a fuentes y referencias. Es muy impresionante.

No fue solo un notable trabajo periodístico. Aquí aparece también la sensibilidad de un historiador. Fue un trabajo descomunal de rastreo de testigos, documentos y bibliotecas. También de cruce de datos, de culturas, de idiomas. De dramas privados y de catástrofes públicas. De absurdos y brutalidades. Qué tiempos. Qué desastres.

 El orientalista

  • Tom Reiss

  • Ed. Anagrama, 2018

  • 608 pág.

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