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Julio 27, 2026

La farsa de la “batalla cultural”. Por Álvaro Vergara

Abogado y académico

El guerrero cultural piensa, implícitamente, que el ciudadano es menos inteligente que él. Esa presunción lo lleva a convencerse de que posee la capacidad para transformar el pensamiento de los demás. A los ojos de estos sujetos, la ciudadanía sería una especie de rebaño influenciable, presa fácil de quienes buscan persuadirlos sobre cómo hay que vivir y qué hay que pensar.


Siguen las ondas expansivas que generó la entrevista de Mara Sedini sobre su salida del Gobierno. Las justificaciones dejaron en evidencia algo sabido: es distinto vivir en campaña permanente que dirigir un ministerio. La conversación marcó rating y en ella apareció un concepto tan actual como manoseado: según Sedini, proviene de la “batalla cultural” y ahora volverá a ella.

La pregunta que surge es en qué consiste la batalla cultural desde la derecha. Esa interrogante, sin embargo, encierra una dificultad: tal vez ni quienes la protagonizan saben de qué se trata; simplemente la practican. Ofrecer una respuesta es complejo, ya que requiere manejar algunas concepciones de cultura trabajadas en sociología y antropología.

La paradoja se produce en que las propias dinámicas de esta disputa dificultan ese ejercicio: la lógica de la inmediatez y el ritmo impuesto por las cámaras quitan el tiempo necesario para estudiar y reflexionar. En consecuencia, a estos “guerreros” les queda solo una alternativa: reproducir un libreto de ideas elaborado por otros, titulémoslo “ideas de la libertad”.

En estos términos, la batalla cultural puede ser presentada de la siguiente manera: existen grupos organizados que controlan y modifican la opinión de las personas. Las ideas de izquierda, a través de un largo proceso elaborado que se atribuye a la Escuela de Frankfurt, se habrían convertido en el statu quo gracias a su difusión constante en radios, universidades u organizaciones intermedias.

Por lo tanto, la única manera de revertir ese avance sería enfrentarlo de igual a igual. Las teorías atribuidas a Horkheimer, Adorno y Marcuse, propagadas por sus discípulos durante décadas, son hoy “combatidas” por figuras como Mara Sedini, Francisco Orrego o Johannes Kaiser.

Lo curioso es que, como notó Pablo Stefanoni, esta derecha nueva se inspira, en parte, en un pensador marxista: Antonio Gramsci. Y para peor, son gramscianos de oídas. Esa aproximación superficial les impide percatarse de la farsa. El error aparece en el Cuaderno 20 del italiano: confundir la explosión de pasiones políticas con el verdadero cambio cultural. Dicho en simple, estos combatientes creen que la repetición de discursos, amplificada en las redes sociales, está produciendo un cambio interno verdadero en las personas.

En ese camino, su principal aliada es la tecnología, que les permite convertir sus consignas en tendencia con el menor esfuerzo del oyente. En su visión, el consumidor de información es visto como una criatura alienada y de poca capacidad crítica. De ahí que rara vez se le invite a realizar el esfuerzo de leer o estudiar por cuenta propia. La tarea es simplemente cambiar la fuente de alienación para reemplazarla por una de signo distinto.

Toda su actividad parece descansar en este trato: confíe en nosotros y recibirá información compleja en un formato simple y cool. Esa actitud partisana los lleva a descalificar de antemano cualquier elemento de verdad que pueda haber en la postura contraria.

Al final, la cruzada cultural chilena funciona como una fábrica de salchichas. Consiste en un modelo de reproducción automática que se amplifica en todos los espacios disponibles. Aparece en TikTok, Instagram y espacios radiales. Incluso en sus momentos de ocio, el ciudadano es politizado, pero de forma “entretenida”, apelando al morbo de la discusión.

De esa manera, usted puede lavar los platos en su casa mientras otros le intentan lavar el cerebro. En ellos se refleja parte del triunfo de lo que denunció Aldous Huxley: la producción de desecho cultural que es devorado por la glotonería de masas aburridas.

Lo cierto es que el guerrero cultural piensa, implícitamente, que el ciudadano es menos inteligente que él. Esa presunción lo lleva a convencerse de que posee la capacidad para transformar el pensamiento de los demás. A los ojos de estos sujetos, la ciudadanía sería una especie de rebaño influenciable, presa fácil de quienes buscan persuadirlos sobre cómo hay que vivir y qué hay que pensar.

En ese panorama, existen buenos y malos. Y, por supuesto, ellos son los buenos. Lo dijo Mara Sedini en su entrevista: “estoy en el lado correcto de la historia”. Claro, ¿la historia tiene lados?

En ocasiones, las actitudes de estos guerreros tienen efectos sobre los consumidores de información. Sus argumentos son atractivos y pueden producir efectos impensados. Pero ¿qué tan profunda es esa influencia? ¿No ha sido el cambio de opinión en las personas generado por las circunstancias, los acontecimientos de los últimos años y el reemplazo generacional? Los promotores de la batalla cultural parecieran atribuirse mucho. Pero, señores, cuidado con confundir el cambio cultural con plegarse al negocio de la atención.

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