-El diputado Jaime Sáez, del FA, dijo que ellos eran los únicos actores que ofrecían un proyecto político para Chile. ¿Cómo interpretas estas palabras?
–Es la pulsión mesiánica de su generación: se sienten únicos, sienten que toda la historia patria sólo cobra sentido por y para ellos. Uno pensaba que el ejercicio del poder podría haber moderado esa pulsión, pero las palabras del diputado Sáez muestran que no es así. Al fin y al cabo, sentirse únicos parece ser la especificidad del Frente Amplio, dado que han perdido sus otras características propias.
Como fuere, lo grave es que todo esto tiene una consecuencia sobre el sistema político: si ellos se sienten únicos, entonces son los depositarios de una legitimidad especial. En esas condiciones, el diálogo se vuelve difícil, pues tienen que negociar con gente común y corriente, que no se siente única. Les cuesta mucho lidiar con la alteridad.
-Lo paradójico es que el FA ha debido llamar a la ex Concertación para sostener su gobierno. ¿Qué revela esto?
–Es un hecho decidor: para cubrir áreas fundamentales, el FA ha tenido que recurrir a la vieja Concertación. Al fin y al cabo, entre Mario Marcel, Luis Cordero y Carolina Tohá se han echado encima gran parte del peso que significa administrar el Estado.
Es un negocio raro, porque todo indica que ese mundo sólo paga costos. Su trabajo es, a no dudarlo, muy valioso, pero es muy extraño que tenga tan poca proyección política. Son bomberos (los ministros de la ex Concertación), pero si quieren pensar en algo más deberían aspirar a ser algo más que bomberos. La estructura del dispositivo les impide ir más allá. Si esto es plausible, entonces hay un problema bien profundo en esa alianza: un mundo se lleva todos los costos y todo el peso, pero queda políticamente esterilizado.
-Para diversos sectores, el presidente no ha resuelto una suerte de vacilación frente al tono de su gobierno. ¿Esto afecta su legado?
-Sin duda. Me parece que el Presidente vacila demasiado y, sobre todo, ejerce poco liderazgo sobre su mundo que lo sigue poco. No es extraño que se vuelva poco creíble, pues no logra transmitir que sus cambios sean auténticos y efectivos, ni que tengan consecuencias sobre su propio partido.
Su legado va a quedar marcado por esa ambigüedad, que él mismo no ha querido zanjar. Es cuando menos extraño que, después de casi tres años de gobierno, nos sigamos preguntando por la identidad política del mandatario. No creo que la presidencia sea el lugar para resolver ese tipo de dudas. Por lo demás, como bien ha apuntado Cristián Valdivieso, el legado de Gabriel Boric será más frágil de lo que parece. Es cierto que el 30% de apoyo es un buen piso, pero si no hay un legado robusto detrás tampoco servirá de mucho.
-¿Cuáles son las implicancias para el gobierno de no cumplir con sus promesas de campaña?
–El programa original del Frente Amplio es una monumental oda a la irresponsabilidad política. Es un buen ejercicio volver a leerlo: ¿por qué se sintieron con el derecho de prometerlo todo sin reflexión alguna sobre la viabilidad? ¿No es la política acaso la actividad que busca ajustar los medios a los fines?
Si el FA venía a resolver la crisis de desconfianza, terminó agravándola al multiplicar las promesas imposibles de cumplir. En verdad, ese programa revela bien que el FA no estaba haciendo política, sino otra cosa. El choque con la realidad ha sido violento; pero lo peor es que, quizás, aún no ha sido asumido del todo. De allí la pregunta por la maduración: ¿esta es real o meramente oportunista? Mientras no haya una explicación plausible, la interrogante no sólo es legítima. Es también imprescindible.
-El gobierno feminista, según varios analistas, no se comportó como tal ante la denuncia contra Monsalve. ¿Qué tan profunda es la herida que deja en la credibilidad de Boric este caso ?
–Es una herida muy profunda, que marcará a este gobierno tanto o más que los indultos. Han pasado semanas, y el gobierno no ha logrado dar una explicación plausible de lo que ocurrió entre que se enteró de la situación de Monsalve y su renuncia. A falta de una explicación mejor, todo permite suponer que fue la publicación de La Segunda la que precipitó la salida del subsecretario.
Si el gobierno se niega a reconocer, al menos, que cometió un error grave, se va a seguir desangrando inútilmente. Sin embargo, desde su fatídica conferencia de prensa, el presidente se ha negado sistemáticamente a admitir que pudo haber cometido más de un error.
-Una elección clave es la de Gobernador de Santiago. Para algunos es la élite representada por Claudio Orrego, frente a una clase media ascendente que encarna Francisco Orrego. ¿La izquierda se equivoca al descalificar a este último?
–Es un eje equivocado, creo, pues en ese eje no tiene mucho que ganar: es la cancha que le acomoda a Francisco Orrego. En cualquier caso, eso demuestra que el candidato opositor ya logró incomodar muchísimo al gobernador actual. Claudio quería lanzar su candidatura presidencial, mientras que Francisco —que no fue ni la primera ni la segunda opción de la derecha— buscaba construir una buena plataforma para la parlamentaria del próximo año: es claro quien ha ganado más en esta batalla, con independencia del resultado.
También me parece llamativo el esfuerzo de Claudio Orrego —un político de décadas, y no lo digo como crítica— por despolitizar la elección, como si una contienda de este tipo no fuera lo más propiamente político. Me sorprende mucho el esfuerzo que realiza por tratar de convencernos que esto no se trata de política. Si esto no es política, ¿qué lo sería? ¿A qué ha dedicado los últimos cuarenta años?
-Si el FA llega a ser oposición en un supuesto gobierno de Matthei, ¿crees que será tan dura como lo fue con Piñera?
–No lo sabemos, y es una de las principales interrogantes que pende sobre nuestro sistema político. Lo que yo echo en falta es una reflexión a la altura de los errores cometidos. Mientras no haya una explicación de las causas intelectuales que condujeron a la generación del FA a cometer errores tan graves, y a sus mayores a mirarlos con complacencia culpable, no podremos dar por cerrado el capítulo. Sería un deshonestidad intelectual y política no formular estas preguntas del modo más riguroso posible.
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