Recientemente, la Comisión Chilena del Cobre (Cochilco) presentó la Cartera de Proyectos de Inversión Minera para el período 2025-2034, que alcanzó un monto de US$104.549 millones. Esta cifra no pasa desapercibida, pues es la más alta desde principios de la década de los 2010, cuando el superciclo del cobre llevó el precio a niveles históricos. En particular, el año 2013 se estimaba una cartera de US$ 113 mil millones. El portafolio recientemente dado a conocer significa un aumento del 25,7% respecto al catastro anterior, el que además había aumentado un 26,6% en un año.
A primera vista, la cifra invita a pensar que la minería chilena finalmente estaría retomando la senda del crecimiento, luego de más de una década sufriendo por la incertidumbre regulatoria, la conflictividad social y los distintos problemas que retrasaron la materialización de proyectos. Sin embargo, si se profundiza en las cifras y en la historia reciente, la señal es más bien de cautela, pues más inversión proyectada no ha logrado, hasta ahora, traducirse en mayor producción de cobre.
Dadas las altas carteras de inversión, que desde el año 2011 se mantienen sobre los US$ 65 mil millones (a excepción del año 2016), en el año 2012 Cochilco proyectaba una producción superior a las ocho millones de toneladas de cobre fino hacia el año 2020. La realidad ha sido bien distinta, pues la producción se ha estancado en torno a las 5,5 millones de toneladas durante los últimos 20 años, con fluctuaciones entre 5,2 y 5,9 millones, pero sin un aumento sustantivo.
Las proyecciones actuales son menos ambiciosas que en esos años, ajustando las expectativas a los distintos problemas que ha enfrentado la minería chilena. Así, la estimación de producción para 2034 es de solo 5,54 millones de toneladas, con un peak de 6,07 millones en 2027, según el último informe de Cochilco. Un crecimiento modesto del 5,6% en una década, lejos de las aspiraciones de hace algunos años.
Algunos de los obstáculos que los proyectos de los años 2010 enfrentaron han sido leyes de mineral cada vez menores en yacimientos maduros, complejidades en la permisología ambiental y social, oposición comunitaria, alzas en costos operacionales, escasez hídrica y una regulación que, aunque necesaria para la sostenibilidad, muchas veces se traduce en demoras interminables. El resultado es una industria que ha invertido fuerte, pero sin traducirlo en mayor producción. Aunque han existido mejoras en algunos marcos normativos, todavía persisten rezagos que afectan la competitividad del país frente a otras jurisdicciones mineras.
Cabe destacar que la cartera se compone en un 47% de proyectos de reposición, esto es, solo reemplazan capacidad productiva y un 34% corresponde a proyectos de expansión. Así, un 81% de los proyectos son brownfield, es decir, extienden la vida de operaciones ya existentes, y solo un 19% son proyectos nuevos o greenfield. Asimismo, un 35% de la cartera se concentra entre los años 2030 a 2034, lo que implica que requiere condiciones regulatorias y ambientales estables para asegurar su materialización.
Con todas las dificultades observadas, hoy las condiciones positivas parecen alinearse. Por una parte, el precio del cobre ha repuntado con fuerza en los últimos meses, cerrando diciembre de 2025 cerca de US$5,6 por libra, un promedio anual de US$ 4,5 y con proyecciones que apuntan a rangos altos en 2026. Por otro lado, la demanda global se mantiene robusta, vinculada a la transición energética y, finalmente, el gobierno recientemente elegido tiene foco en fomentar la inversión y el crecimiento económico, lo que, necesariamente, pasa por dar un impulso al sector minero.
Es de esperar que los astros también se alineen para aminorar las dificultades operativas que han impedido aumentar la producción, a pesar de los esfuerzos y costos. De esta manera, Chile podrá aprovechar la oportunidad única que enfrenta para retomar la senda del crecimiento, que perdió hace más de una década.
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[Gráfico] Cómo ha evolucionado el precio del cobre en los últimos 175 años.
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