Las sucesivas elecciones realizadas este año han dejado lecciones importantes para quienes buscan atraer a los electores. Hay algunas claras, como atender la demanda por la renovación de rostros, pero hay otras menos evidentes, que no se pueden pasar por alto sin pagar un precio elevado en las urnas.
Quienes participan de la política formal – directivas, dirigentes y militantes – han debido acostumbrarse a vivir en un mundo de incertidumbres, donde las herramientas que antes les servían para interpretar la realidad hoy parecen obsoletas. Las encuestas ya no son confiables, los analistas políticos dan pronósticos errados y los medios no logran anticiparse a los hechos.
La industria de la política parece una barcaza navegando sin brújula en alta mar. Digo “parece” porque dentro de todo ese menjunje de vacilaciones, hay ciertos elementos que se repiten de forma constante, y a los que debemos prestar atención, puesto que emergen como patrones que permiten leer y comprender, en parte, el cambio de era que vive nuestra sociedad.
El primero y más palpable es que la ciudadanía demanda una renovación de rostros. Lo vimos en la elección a constituyentes y se confirmó en las primarias presidenciales. Por renovación, no me refiero únicamente a la fecha de nacimiento de los candidatos, sino también a las ideas que proponen y el estilo con que las comunican.
Es el caso de Daniel Jadue, quien, si bien se postula por primera vez, propone ideas que son del siglo pasado. ¿Quién votará por un candidato que representa lo antiguo? Algo similar ocurre con Joaquín Lavín. ¿Los jóvenes optaron por no votarlo debido a su edad o porque les parece inconcebible oponerse a que personas del mismo sexo puedan libre y voluntariamente contraer matrimonio?
Tanto la elección a constituyentes como la primaria han dejado en evidencia que la renovación no tiene que ver exclusivamente con las canas y con el talante de las ideas, sino también con el grado de vinculación que tienen los candidatos con el engranaje de los partidos políticos. Los partidos son percibidos como estructuras añejas, lejanas y burocráticas; por lo que todo aquello que sea ajeno a ellos resulta ser, por antonomasia, algo nuevo, cercano y ágil. Por eso ser independiente pasa a ser sinónimo de renovación. Bien lo saben la Lista del Pueblo y Sebastián Sichel.
Segundo, que el trabajo territorial debe ser entendido bajo un nuevo prisma, ya que, si lo vemos desde una óptica tradicional, quienes cuentan con maquinaria partidista (Lavín y Jadue) tendrían que haberse impuesto en las urnas. Hoy el territorio se trabaja presencialmente, es cierto y siempre lo será, pero también con un trabajo de distribución molecular de contenidos vía redes y whatsapp. La naturaleza de esta clase de difusión es altamente capilar, permitiendo conectar ideas con públicos específicos, pues estos grupos generalmente están estructurados a partir de parámetros geográficos (comunas, por ejemplo) o temáticos (pymes, por ejemplo). Competir con panfletos versus grupos de whatsapp es como ver competir a un caballo contra un tren de alta velocidad.
Tercero, un candidato que se atrinchera en sus convicciones más profundas y que opta por no ofrecer una propuesta alternativa y refrescante corre el riesgo de ser catalogado como “inmovilista”, es decir, como alguien que no promueve cambios. Al momento de votar, el driver fundamental del elector es el anhelo de cambiar su realidad. En la práctica, aquellos candidatos que rehúyen a los cambios están renunciando a conectar emocionalmente con el electorado. O sea, no logran movilizar votos.
La pregunta no debiese ser si se está a favor de los cambios, sino la forma de hacerlos (reformista vs refundacional). Negarse a este planteamiento le ha costado caro a la centro derecha. Temas que aparentemente les resultan incómodos, como el medio ambiente, podrían ser abordados con una narrativa alternativa que permitiera resaltar las bondades de su ideario. ¿O acaso la energía renovable no es fruto de la creatividad emprendedora que impulsa el libre mercado? ¿Los autos eléctricos surgieron en Corea del Norte o en Silicon Valley? En la elección a constituyentes, Ruggero Cozzi, quién compitió en el distrito 6 – localidad insigne de la escasez hídrica- abordó el tema del agua poniendo el acento en una oferta alternativa (desalinización). No fue defensivo, sino que propositivo. El resultado: fue el único de los nueve candidatos de Chile Vamos que resultó electo.
Si bien no son suficientes, estos tres síntomas que enumero dan pistas de las preferencias del electorado. Ahora les toca a los partidos, en un genuino gesto de humildad, prestar atención a las señales que la ciudadanía desde hace un tiempo, y de forma persistente, les está enviando. De hacerlo, esa reflexión debiese traducirse en aceptar que deben abrir espacios para que compitan la mayor cantidad de rostros nuevos en sus listas parlamentarias. Para ello, cuentan con un mes antes que se cierre el plazo de inscripción.
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