El libro que ganó el último Premio Herralde de Novela, El contrabando ejemplar, del escritor, académico y ensayista argentino Pablo Maurette (1978), tiene bastante cuento. Suceden muchas cosas y alterna muchas hebras. De partida, está el protagonista, encarnado en la consabida figura del escritor medio frustrado que anda en busca de una obra con la cual pegarle al gato: ese escritor es un joven no muy bien comportado, proclive a la práctica de robos de poca monta y a las pulsiones iracundas de la tribu noventera a la que pertenece.
Está el personaje, menos consabido, por suerte, de Eduardo, una especie de mentor del anterior, que es el escritor cincuentón o sesentón, peronista hasta los tuétanos, que intentó escribir “la gran novela argentina” y arrugó en el intento, luego de sobrevivir a un infarto, de mudarse a Madrid y de salir allá del clóset, etapa en la cual desertó definitivamente de la literatura. Está por cierto la biografía que el primero está componiendo del segundo, a partir de los cuentos y experiencias que le transmitió. Está la novela inconclusa que el finado Eduardo no llegó a concluir y menos a publicar, y de la cual Pablo intenta apropiarse en Madrid para rematarla y publicarla como propia en un acto de resuelto vampirismo.
Y está la historia del Bueno Aires remoto, el de la primera mitad del siglo XVII, que emerge de los textos de Eduardo, cuando la ciudad era apenas una aldea pobre y más bien insalubre, cruzada anomalías, monstruos, mitos y delincuencias que estarían en la base del eterno discurso sobre la decadencia argentina. Ah, esto no es relleno: la novela a su modo también quiere responder, respecto de la Argentina, la legendaria pregunta de Vargas Llosa en Conversación en La Catedral acerca de cuándo se jodió Perú.
Como se ve, temas, épocas y planos narrativos no faltan. Hay mucho, mucho paño que cortar. Esta es la típica novela donde pasan montones de cosas. Y también el típico fracaso donde al final pasa –o queda, mejor dicho- muy poco. Mucho pedalear para quedar donde mismo.
Este proyecto literario suponía una voracidad narrativa que Maurette simplemente no tiene. Podrá tener inteligencia, oficio y prosa, pero le falta pulso de narrador. Su relato es siempre anecdótico. No construye, no jerarquiza. Ni siquiera acumula. Tampoco profundiza. Simplemente desparrama. ¿Algo que recatar? Si, pero solo en los márgenes y fragmentariamente.
Un acierto tal vez en el retrato de Eduardo, en la captura de su descomunal proyecto literario y de su mundo. Alguna observación generacional atendible en la vida del personaje central, aunque nada muy nuevo ni convincente. Cierta delicadeza y colorido en personajes laterales, como la Tía Chiquita, vivaracha y entrañable. Alguna agudeza en el constante conflicto entre nacionalistas y gorilas, entre peronistas y antiperonistas, que pareciera cruzar buena parte de la historia argentina.
Consígnese desde luego la obligada referencia a Borges que ha de tener en algún momento toda novela argentina de ambiciones y que se precie de una y otra cosa. Y vaya reservándole espacio en el relato a la tesis ensayística de que el origen de la enfermedad, de la decadencia, del fracaso de Argentina viene de muy antiguo -nada menos que de los negociados y el contrabando anteriores a la instalación del Virreinato de Buenos Aires-, cosa que entronca directamente con el mito y la teratología (¡salta p’al lado Pablo!, no eres José Donoso) y con un cuantuay de curiosidades ornamentales, que a lo mejor no le hacen mal a nadie: que hay una estación del metro bonaerense que cerró para siempre, que la pintura de Zurbarán está sombreada por el legado de san Francisco; que la historia silenció para siempre las infamias del tráfico de esclavos en el período colonial; que Joseph Smith y la iglesia mormona en algún momento tuvieron lo suyo en Argentina, que da lo mismo si Empédocles, la Difunta Correa o Kill Bill, porque todo vale igual, también califican; que los ecos renacentistas de ciudades como Padua, Genova o Mantua (aunque todos hablen con acento argentino, lo que está bien) resonaron en el rio La Plata y, bueno, lo más intragable de todo, porque es simplemente un ladrillazo, que en los genes de nación están inscritos los negociados realizados, a comienzos del siglo XVII, por el trío formado por el primer italiano que llegó a esas tierras, por un judío converso, médico y adicto a los libros, que también coincidió por esos pagos, y por su fiel esclavo y sirviente, que pasó a ser un engranaje fundamental de la industria que inventaron. Estos pasajes bien podrían calificar como lata químicamente pura.
Compleja en su estructura en tanto combina distintas voces, múltiples escenarios y diferentes planos temporales, El contrabando ejemplar es de esas novelas que exigen ingeniería literaria, cálculo y programación. Harta cabeza, como suele haberla en la literatura argentina. Debe ser eso lo que deslumbró al jurado que la premió.
Cuesta unir esa decisión con el prestigio de un galardón que en otros tiempos obtuvieron autores de la talla de Javier Marias o Roberto Bolaño. Esto está muy por debajo de eso. Y lo está porque el resultado es pobre tanto en términos de desasosiego como de emoción, dos planos que ninguna novela debería descuidar.
El contrabando ejemplar. Pablo Maurette. Anagrama, 2025. 339 pp.
¿Busca contenido similar? Clic aquí.
Una novela excepcional. Por Héctor Soto. https://t.co/xp76wIC3mM
— Ex-Ante (@exantecl) December 26, 2025
Publicaciones relacionadas
El rastro que antes se evaporaba hoy distingue al directorio que ejerció criterio del que solo lo aparentó. Los buenos directorios nunca temieron ser leídos. Ahora, simplemente, lo serán.
Si los retornos económicos del título universitario no son como antes (era imposible que se mantuvieran tan altos), debemos preguntarnos por qué la demanda por educación superior no ha cedido en la misma proporción. ¿Por qué las familias siguen considerando la universidad como un objetivo prioritario?
La apertura hacia modelos internos bien diseñados es una herramienta necesaria para que el capital de la banca refleje con precisión sus riesgos subyacentes. Optimizar el uso del capital bancario no debe ser sinónimo de ahorro de capital, sino de un capital bien gestionado.
Una política genuinamente progresista debe anteponer el interés nacional a las servidumbres del partidismo. Es lo que se jugará en los próximos meses, cuando el país procure salir del estancamiento y estimular el crecimiento económico en un contexto difícil, agravado por los enormes daños causados por los temporales.
Se puede negociar una reforma tributaria, una condonación, casi cualquier cosa, siempre que quien se sienta a la mesa sepa con claridad qué línea no está dispuesto a cruzar y qué está dispuesto a ceder para sostenerla. Eso no es ideología abstracta: es la diferencia entre incidir en el resultado final de una ley y […]