Hoy el debate de cara a las elecciones de noviembre está enfocado –de buena forma y junto a otras prioridades como la seguridad– en cómo Chile puede retomar el crecimiento económico que lo caracterizó en la década de los 90 y principios de siglo.
Dentro de los diversos paquetes de propuestas que ofrecen los candidatos está la rebaja del impuesto corporativo. Algunos ofrecen mantener la tasa en el nivel actual, otros han mencionado en bajarla hasta 18% en el mediano plazo. Esto, como mencionamos, es un elemento de un paquete de medidas que pretende impulsar la inversión y el crecimiento para que Chile vuelva a la senda del 5% que caracterizó a la economía chilena en las dos décadas pasadas.
En medio de todo esto, los debates despiertan la duda: ¿cuánto puede impactar una rebaja del impuesto de primera categoría en una potencial alza en la inversión? Los números quizá nos pueden ofrecer un ancla tentadora. Recientemente utilizamos un modelo econométrico con cifras desde 1996 para tratar de responder esta consulta.
La principal conclusión es que con reducir en un punto el impuesto a las empresas, se podría inyectar 750 millones de dólares en nueva inversión y añadir casi 800 millones de dólares al PIB en el corto plazo. Estas cifras, en medio de las propuestas antes mencionadas, suenan como una solución mágica al desempeño de la economía chilena.
Pero aquí es donde la realidad se aleja de la aritmética. Nuestro análisis estadístico, si bien robusto, es una foto bajo condiciones de “laboratorio”: asume que toda la compleja maquinaria del país permanece constante y, lamentablemente, la realidad nunca es tan ordenada y nos obliga a leer con lupa la letra chica de esta prometedora política. Los modelos son guías, no oráculos.
Para que ese crecimiento se materialice, no basta con bajar una tasa o eliminar permisos. Se necesita un bien – intangible fundamental: la confianza. Esta no se construye solo con tasas más bajas: se requiere sostenibilidad fiscal.
Una rebaja de impuestos sin financiamiento creíble es un espejismo ya que genera un hueco en las arcas fiscales que, tarde o temprano, deberá ser cubierto con futuras alzas de impuestos, recortes de gasto o más deuda. Cualquiera de estas rutas eleva la incertidumbre y afecta el clima de negocios que se pretendía despejar. Los inversionistas no apostarán su capital si presienten que Chile se puede convertir en un socio poco confiable.
Adicionalmente, se necesita certeza política y jurídica. La inversión productiva es una apuesta a largo plazo; nadie hace sus apuestas donde las reglas cambian a mitad de la partida.
Las reformas tributarias, por su impacto estructural, requieren amplios consensos políticos para asegurar su permanencia más allá del gobierno de turno. Un sistema tributario que se percibe como un péndulo al vaivén de las elecciones es el mayor disuasivo para el capital que busca estabilidad.
El desafío para el próximo gobierno trasciende la promesa. La pregunta clave no es cuánto debe bajar el impuesto corporativo, sino cómo construir un verdadero hábitat para la inversión; cuál es esa receta mágica, pero también cuál es la letra chica. Una rebaja que se acompaña de alzas en otros gravámenes o de regulaciones complejas puede tener un efecto nulo.
Tampoco habrá inversión, por más bajos que sean los impuestos, si la inestabilidad social amenaza las operaciones o si las tasas de interés hacen que el financiamiento sea prohibitivo.
En definitiva, el potencial de crecimiento está ahí, los números lo dicen. Pero la economía la mueven las decisiones humanas, y estas se basan en percepciones, expectativas y, sobre todo, confianza. El capital busca refugio en la previsibilidad y la coherencia. La verdadera tarea no es solo firmar una ley, sino construir ese refugio. Esa es la diferencia entre una promesa de campaña y una política de Estado exitosa.
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Redescubriendo el valor del trabajo. Por Gabriel Ugarte. https://t.co/Yd6stVU7aD
— Ex-Ante (@exantecl) August 11, 2025
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