Las organizaciones saben cuánto invierten en tecnología, nosotros lo hemos podido identificar a través de distintos estudios que realizamos como Deloitte; sin embargo, son pocas las que saben cuánto talento desperdician por no saber usarla.
Recientemente dimos a conocer las Tech Trends 2026, y hay un dato que es claro: 93% del presupuesto de transformación digital se destina a tecnología y solo 7% a personas. El mismo documento debate sobre IA refleja una brecha similar: de acuerdo con el State of AI in the Enterprise 2026, solo el 42% de las organizaciones se considera estratégicamente preparada para adoptar IA de manera efectiva, pese a que la mayoría declara estar aumentando su inversión en esta tecnología.”
Se ha instalado la idea de que la IA es el motor del cambio – es un factor clavee sin duda – y las empresas están abordando la adopción tecnológica como si fuera una carrera por velocidad: más modelos, más pilotos, más presupuesto antes de definir el sistema que los sostendrá. Pero la tecnología solo escala cuando el sistema organizacional está preparado para absorberla. Cuando no lo está, automatiza la fricción. Ya no es resistencia al cambio, sino que a rediseñar. Y digitalizar sin esto es – lamentablemente – sofisticar la ineficiencia.
La tecnología amplifica lo que ya existe. Si los procesos están mal diseñados la automatización puede hacerlos más rápidos, pero no serán mejores. Si el criterio para este es débil, la IA no lo fortalecerá. Si la cultura premia el control por sobre la colaboración, ningún software colaborativo alterará ese equilibrio.
El mismo reporte muestra que 11% de las organizaciones tiene agentes de IA en producción, y eso no es por falta de herramientas, sino porque intentan automatizar procesos fragmentados en lugar de rediseñarlos de extremo a extremo. El problema es sistémico. Eso nos hace volver a las bases del sistema: El talento y el liderazgo.
Sostengo una visión optimista en cuanto a los beneficios de la tecnología, y una más acuciante en cuanto a la necesidad de reconvertir las capacidades y el trabajo ante el avance de la IA. Sin embargo, desde mi punto de vista, la IA no reemplaza al liderazgo. Esta tecnología lo expone.
Expone si existe claridad estratégica, si la organización sabe qué hacer con el tiempo que libera la automatización, y si la gobernanza está preparada para distribuir autonomía con responsabilidad. Y es por esto que se torna crítico empezar a modelar el talento como infraestructura base de una transformación tecnológica. Porque el talento de las empresas no se “gestiona”, se diseña.
Si bien la automatización libera tiempo, genera valor solo si el sistema es bien absorbido. Sin dirección, ese tiempo se convierte en reuniones. Sin confianza, en controles. Sin diseño, todo se diluye.
La infraestructura tecnológica es visible. La infraestructura humana no. Es esta última la que determina si la primera genera valor. Y es por esto que el verdadero costo de la transformación no está en las licencias de software, está en rediseñar cómo fluye la información, cómo se distribuye la autoridad y cómo se mide el desempeño; está en construir la capacidad colectiva de aprender más rápido que el entorno.
La ventaja competitiva no estará en quién implemente más IA, estará en quién rediseñe mejor su organización para usarla. Y eso no lo resuelve ninguna plataforma.
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