En los meses previos al inicio de la guerra, el gran tema en el mundo de las inversiones consistía en analizar los efectos del auge de la inteligencia artificial en múltiples industrias, incluso en la macroeconomía global. Parte del alza en el precio de numerosas materias primas se leía desde el prisma de la gigantesca demanda eléctrica que generaría la expansión de los data centers, centros neurálgicos de la IA y voraces consumidores de energía, agua y semiconductores.
En las semanas previas a la guerra se produjo el llamado Saasgedón: numerosas empresas de SaaS (software as a service) se desplomaron en bolsa (Adobe, DocuSign, Salesforce, etc.) por el relato de que las nuevas versiones de Claude harían obsoletos sus modelos de negocios. Ello había contaminado incluso a los fondos de deuda privada con sobreexposición a software.El avance de esta tecnología no se detendrá con la guerra de Medio Oriente, que terminará antes de lo esperado, y entonces volveremos a lo estructural.
Dario Amodei es el CEO y fundador de Anthropic, creadora de Claude, el LLM que hoy disputa la frontera con OpenAI. Anthropic estaría valorizándose en cerca de US$ 900 mil millones, con ventas que crecen US$ 10 mil millones al mes. Físico de Stanford y doctor en biofísica computacional en Princeton, llegó a la IA por la puerta de la neurociencia, fue vicepresidente de Investigación en OpenAI -donde co-lideró GPT-2 y GPT-3- y en 2021 fundó Anthropic con su hermana Daniela.
Esa mezcla físico-biólogo se cuela en su mirada: leyes de escala estimadas como constantes de la naturaleza y obsesión por “abrir” el modelo como un sistema vivo. Sus dos ensayos recientes son empíricos, probabilísticos y alérgicos al apocalipsis.
En Machines of Loving Grace (octubre 2024) describe la cara amable de la “IA poderosa”: un sistema más capaz que un Premio Nobel en cualquier disciplina, corriendo en millones de instancias en paralelo a entre 10x-100x la velocidad humana. Lo llama un “país de genios en un datacenter”.
En 5 a 10 años post-llegada de esa IA, dice, podríamos comprimir décadas de avances en biología y salud, neurociencia, desarrollo económico (con tasas de crecimiento real de 10%-20% anual en países pobres), gobernanza democrática y sentido del trabajo. Reconoce, eso sí, fricciones que limitan los retornos a la inteligencia: velocidad del mundo físico, escasez de datos, complejidad intrínseca, restricciones humanas y leyes físicas.
En The Adolescence of Technology (enero 2026) describe el reverso. Identifica cinco riesgos:
La adaptación histórica del mercado laboral a bruscos cambios tecnológicos, advierte, no aplicaría esta vez: la IA es veloz, cubre el espectro cognitivo completo, avanza desde abajo de la escala de habilidad y “rellena sus huecos” con cada nuevo release.
Sus defensas son sobrias: medir en tiempo real qué tareas y empleos absorbe la IA por industria -Anthropic publica un índice propio-, filantropía de quienes capturen las rentas extraordinarias y una fiscalidad progresiva quirúrgica, esto es, impuestos generales o focalizados en empresas de IA, diseñados con precisión para redistribuir parte de las ganancias sin asfixiar la innovación.
Para los chilenos la IA es a la vez oferta y demanda, y conviene separarlas.
Por el lado de la oferta física, la IA refuerza la tesis que defendí en mi columna anterior: no es momento de hablar del fin del extractivismo, sino de potenciarlo. Los datacenters, los autos eléctricos y las redes que los soportan consumen cobre como ningún otro insumo. Bajo los escenarios de la AIE, la demanda de cobre por usos eléctricos pasa de 25% a más de 40% del total al 2030, mientras los usos tradicionales apenas crecen 4%.
Chile es el productor marginal del mundo y dueño, junto a Argentina y Bolivia, de buena parte del litio del salar. Si a eso se suman una dotación renovable envidiable, el respaldo del gas de Vaca Muerta y una malla de proveedores mineros de clase mundial, Chile puede ser proveedor estratégico de la era de la electricidad. La condición es destrabar permisología, viabilizar transmisión y financiar a los proveedores. No hace falta inventar narrativas; hace falta ejecutar.
Por el lado de la demanda de talento, conviene bajar el entusiasmo. El empleo cognitivo de cuello blanco -banca, seguros, contabilidad, legal, atención al cliente, parte del buy-side- es exactamente lo que Amodei describe como vulnerable. En Chile representa una fracción no menor del empleo formal urbano.
Si desaparece la mitad de esos puestos en cinco años, las primeras víctimas serán los jóvenes que financian su título con la promesa de un sueldo de oficina. La adaptación, en países pequeños y con sistemas educativos rígidos, es lenta. La productividad por trabajador sube; el ingreso laboral mediano puede no seguirle el paso.
Por el lado del crecimiento potencial, la noticia es ambigua pero más buena que mala. Chile envejece antes de hacerse rico: la fuerza laboral se contrae y la productividad multifactor lleva una década estancada. Una IA que sustituya tareas cognitivas commodity, acelere inversión y mejore diagnóstico en salud puede ser el shock que necesitamos para volver a crecer 3,5%-4,5% sostenidamente.
La condición es absorberla: redes que aguanten, datos públicos abiertos, formación técnica reorientada y un Estado capaz de comprar tecnología sin morir en su propia regulación.
La IA es estructuralmente alcista para cobre, litio, energía renovable, transmisión, datacenters regionales y proveedores mineros; bajista para servicios cognitivos commodity, banca tradicional y retail no diferenciado; y profundamente disruptiva para los sistemas fiscal, previsional y educativo, conversación que en Chile aún no comienza en serio.
Una revolución de esta velocidad exige flexibilidad regulatoria y una modernización profunda del anquilosado entramado del Estado chileno -permisología, compras públicas, datos, justicia, educación, salud-. Si no la abordamos, el shock lo capturarán otros y a nosotros nos quedará la cuenta social. Un Estado preso de intereses de corto plazo y rigidizado por el estatuto administrativo no sobrevivirá a la era de la IA.
Amodei termina su segundo ensayo con la pregunta de Carl Sagan a los aliens: “¿cómo sobrevivieron a su adolescencia tecnológica?”. A nosotros, además de sobrevivir, nos toca decidir si cruzamos esta década como proveedores estratégicos o como espectadores. La materia prima la tenemos. Falta el resto.
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