Elecciones en Francia: mismos votos, distintos resultados. Por Pepe Auth

Ex-Ante

El escenario más probable es el de un gobierno periclitando, paralizado, preso del bloqueo desde la izquierda y la derecha a sus iniciativas. El presidente Macron podría renunciar y habría elecciones presidenciales inmediatas, pero le quedan casi tres años y ya confirmó que gobernará —o al menos lo intentará— hasta el fin de su mandato a comienzos de 2027. También podría designar un jefe de gobierno que se sitúe por encima de la disputa política para dirigir un gobierno tecnocrático centrado en administrar y en empujar grandes acuerdos.


Aunque los votos para cada bloque político se mantuvieron en la segunda vuelta muy cerca de los obtenidos el domingo pasado en la primera vuelta de las elecciones de la Asamblea Nacional, el resultado fue sorpresivo, pues tanto la unión de la izquierda como la coalición centrista de gobierno superaron en escaños al partido de derecha Rassemblement National (Agrupación Nacional) liderado por Marine Le Pen y Jordan Bardella, que habían obtenido un triunfo resonante hace sólo una semana.

El sistema electoral explica una parte de lo ocurrido, la otra se debe a que el sistema político se tensionó en referencia a RN, es decir, tanto el centro como la izquierda, e incluso parte de la derecha, se convocaron para impedir que los vencedores de la primera vuelta consiguieran la mayoría absoluta de la Cámara de Diputados, forzando al presidente Macron a cohabitar con Bardella de Primer Ministro y el gabinete que convocara su partido.

El país está electoralmente estructurado en 577 distritos uninominales que eligen igual número de diputados. Se eligen en primera vuelta sólo si su votación supera el 50%, de lo contrario, las dos primeras mayorías permanecen en carrera para una segunda vuelta, a la que, además, tienen derecho a concurrir quienes tienen una votación que represente al menos 12,5% del padrón distrital. Cuando el país estaba básicamente estructurado en dos bloques dominantes -izquierda y derecha-, bastaba que uno de ellos superara al otro para que en segunda vuelta consiguiera mayoría absoluta para su gobierno, en una elección que además se realiza habitualmente dos meses después de elegido el presidente de la República.

Esta vez se trató de una elección obligada por la decisión presidencial de disolver la Asamblea Nacional luego del desastroso resultado de la coalición de gobierno que respalda al presidente Macron en las elecciones de diputados para el Parlamento Europeo.

La primera vuelta legislativa la ganó el partido de Le Pen-Bardella, cuya lista sumó 33,35% de los votos en alianza con parte de la derecha tradicional agrupada en Los Republicanos, que se dividió en dos cuando su presidente decidió aliarse con RN luego del éxito rutilante conseguido por éste en las elecciones europeas de comienzos de junio pasado.

Le siguió el Nuevo Frente Popular con 28,28% de los votos, agrupación de casi toda la izquierda -La France Insoumise de Melenchon, los socialdemócratas del PS, el Partido Comunista y los Verdes- motivada por el avance vertiginoso de la extrema derecha y posibilitada por la recuperación política y electoral del Partido Socialista francés en las Europeas, que hasta entonces merodeaba la desaparición electoral. La alianza centrista de gobierno (Republique en Marche, MoDem y Horizons) arribó tercera con 21,79% de la votación y los Republicanos que no siguieron a su presidente en su alianza con RN, obtuvieron 7,25% de los votos.

Como la participación en primera vuelta superó el 66% -a pesar de la voluntariedad del voto-, tenían derecho a persistir terceros candidatos en más de 300 de los 501 distritos que debían elegir su diputado en segunda vuelta. Sin embargo, desistieron de hacerlo más de 200, plegándose disciplinadamente a los llamados desde el gobierno y desde las dirigencias de los partidos de izquierda, de manera que la regla general de la competencia fue todos contra el partido de Le Pen, incluidos 39 candidatos de la derecha republicana, que recibieron apoyo tanto del centro como de la izquierda.

La prestigiosa empresa de encuestas IPSOS-Francia estudió el comportamiento de los electorados luego del desistimiento de sus candidatos, al verse obligados a elegir entre un representante de RN y otro, sea de izquierda, centro o derecha. El electorado de la coalición de gobierno (Ensemble) apoyó 79% vs 4% al Republicano cuando enfrentaba una candidatura del partido de Le Pen, 54/15 cuando el rival de ésta era un socialista, comunista o verde, 43/19 si era un miembro de La France Insoumise.

El electorado de la lista de izquierda unida optó 70/2 por los Republicanos y 72/3 por las candidaturas de la coalición de gobierno cuando enfrentaban a RN. Incluso el electorado de la derecha tradicional de primera vuelta prefirió las candidaturas de Centro contra la extrema derecha en una relación de 53/26, fue levemente favorable a la derecha cuando enfrentó un socialista (29/34) y algo más si se trataba de un izquierdista de La France Insoumise, pero igual 26% optó por él y 38% por la candidatura del partido de Bardella.

Aunque se restaron de votar válidamente 4,77 millones de quienes lo habían hecho el domingo pasado resistiéndose a tomar una opción entre lo que pueden haber considerado alternativas extremas, la gran mayoría sí lo hizo. Y más bien mayoritariamente en contra de la posibilidad de que gobernara Jordan Bardella y su partido. El sistema político tuvo éxito en establecer un cordón sanitario en torno al partido Rassemblement National, a pesar del largo y esforzado camino conducido por Marine Le Pen estos últimos años para limar sus aristas más resistidas, particularmente con los jóvenes y las mujeres.

La izquierda celebra alborozada porque eligió más diputados que la extrema derecha, pero no debe olvidar que logró eso con menos votos, básicamente el mismo 28% de la primera vuelta. Que ganó en la mayoría de los casos con votos prestados, del gobierno e incluso de derecha republicana. Esto lo parecen comprender mejor los nuevos liderazgos que los históricos, que aparecieron presos de la euforia y recuperando vertiginosamente la dosis de soberbia que parecía abandonada como consecuencia de los malos resultados electorales.

Se dirá que las cosas quedaron tal cual estaban antes de la disolución del Congreso y convocatoria a elecciones decidida por el presidente Macron. Las bancadas de gobierno salvaron los muebles después de bordear el naufragio definitivo, pero se redujeron significativamente (de 247 electos en 2022 a 168), las de la coalición de izquierda aumentaron de 131 a 182, recuperándose el PS de su jibarización, y el partido de Le Pen incrementó considerablemente su tamaño, pasando de 89 a 143 escaños, en un crecimiento electoral sin precedentes, si en 2017 sus 8 diputados no daban el número para conformar bancada legislativa.

Si de la elección de 2022 no surgió una mayoría absoluta en la Asamblea Nacional, esa situación se consolidó al configurarse un congreso con tres sectores políticos de similar envergadura. Pero el espejismo de la representación parlamentaria, producido por el sistema uninominal a dos vueltas y la alianza de los adversarios contra quien consideran el enemigo, no debe impedir reconocer que un tercio de los franceses respalda las propuestas de Rassemblement National, que está en pleno crecimiento, que ya absorbió casi completamente a la derecha tradicional y amenaza hacerlo con el centro político.

En cualquier país con cultura política de diálogo y coaliciones, este resultado conduciría a una alianza de gobierno entre la izquierda y el centro luego de una batalla electoral como la que protagonizaron ayer domingo, pero Francia carece por completo de disposición y hábitos para ello. Abrigo alguna esperanza de ser desmentido por las nuevas generaciones de líderes políticos, tanto del gobierno como de la centroizquierda renacida en las elecciones europeas y confirmada ayer.

El escenario más probable es el de un gobierno periclitando, paralizado, preso del bloqueo desde la izquierda y la derecha a sus iniciativas. El presidente Macron podría renunciar y habría elecciones presidenciales inmediatas, pero le quedan casi tres años y ya confirmó que gobernará -o al menos lo intentará- hasta el fin de su mandato a comienzos de 2027. También podría designar un jefe de gobierno que se sitúe por encima de la disputa política para dirigir un gobierno tecnocrático centrado en administrar y en empujar grandes acuerdos, ello al menos hasta que transcurran 12 meses y pueda convocar a la elección de un nuevo congreso.

La tercera alternativa -la más osada y también la de mayor proyección es que le encargue a su joven primer ministro, el talentoso Gabriel Attal, conformar un equipo de gobierno que intente traducir en políticas públicas la decisión de impedir la deriva iliberal liderada por la extrema derecha, convocando a los líderes de recambio en los principales partidos de izquierda, centroizquierda, centro y derecha republicana para iniciar un nuevo ciclo político. Porque no puede ese gran país que es Francia obligarse a elegir en 2027 entre dos propuestas radicalmente atrabiliarias como las que representan Melenchon y Le Pen.

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