El 1 de enero pasado, la Organización Mundial del Comercio (OMC) cumplió 30 años. Este silencioso aniversario de la principal organización que regula el comercio mundial refleja su pérdida de relevancia. No deja de ser paradójico que su propio éxito explique esta situación. La OMC codificó y reemplazó las fragmentadas reglas y jurisprudencia del antiguo sistema multilateral de comercio, y amplió su ámbito de acción hacia temas como comercio agrícola, servicios y propiedad intelectual, entre otros. Amplió su membresía hasta alcanzar actualmente a 166 economías, incluidas China y Rusia, manteniendo su estatus de organismo de negociaciones comerciales multilaterales por excelencia.
Todo lo anterior, protegido por un sistema de solución de controversias (SSC) vinculante y fortalecido, que incluye un Órgano de Apelación (OA) que asegura una uniforme interpretación de sus acuerdos. Gracias a este, los países en desarrollo (PED), históricamente marginados, o auto marginados, del sistema, hicieron valer sus derechos ganando importantes victorias. A su vez su participación en el comercio mundial se expandió significativamente.
La fortaleza de sus nuevas reglas, así como la efectiva labor del SSC levantaron objeciones de dos tipos. En los países industrializados surgió el temor que la OMC estaba ampliando más allá de lo razonable la interpretación de las disposiciones de sus acuerdos interviniendo en políticas internas y la globalización que respaldó erosionó sus actividades manufactureras. En el mundo en desarrollo, muchos países consideraron que las reglas acordadas estaban desbalanceadas en favor de los primeros.
Por otra parte, desde el mundo de las organizaciones no gubernamentales (ONG) surgieron críticas, inicialmente, respecto de una supuesta supremacía de las disposiciones comerciales de la OMC por sobre las reglas internacionales medioambientales, para posteriormente ampliarse a todo tipo de cuestiones estructurales, como desigualdad, pobreza, pymes, género, y otros temas marginalmente relacionados con la labor central de la OMC.
La incapacidad de la OMC de concluir la llamada Ronda de Doha para el Desarrollo; la imposibilidad de alcanzar un consenso para designar los miembros del Órgano de Apelación, de paso paralizándolo; y la proliferación de acuerdos regionales más complejos y sofisticados han contribuido a menoscabar la labor de la OMC.
La OMC como toda creación política es y será imperfecta. Pero su labor es el resultado de lo que sus miembros desean que haga dentro de su mandato. Se han propuesto reformas aunque estas no parecen políticamente viables ni necesariamente convenientes. De especial atención han sido su toma de decisiones por consenso, y su criterio de “compromiso único” que asegura que los resultados de las negociaciones sean adoptados como paquete y que nada esté acordado hasta que todo esté acordado.
Flexibilizar estas reglas ayudaría a avanzar en la apertura comercial y permitiría a los países seleccionar las áreas en las que desean mayor liberalización, pero ello podría menoscabar aún más sus bases fundacionales de no discriminación generando una mayor fragmentación en las reglas del comercio. Finalmente, la actual coyuntura geopolítica/económica internacional no contribuye a avanzar en propuestas de reforma.
Mirando hacia el futuro, de no mediar cambios sustantivos en las tensiones geopolíticas y económicas internacionales, los próximos 30 años parecen apuntar a un sistema fragmentado de alianzas geoestratégicas respecto de las cuales en Chile no se observa un debate público sustantivo.
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