El peso del fracaso. Por Kenneth Bunker

Ex-Ante

Los gobiernos que no logran gestionar de manera efectiva sus propios éxitos y fracasos tienden a ser superados por ellos. Sin un marco narrativo claro, sin resultados verificables y sin continuidad política, el gobierno de Boric se apresta a enfrentar el cierre de su mandato con una señal de castigo transversal e inapelable.


Lo único que parece estar claro en la carrera presidencial es la magnitud de la derrota que enfrenta el gobierno. Tras un ciclo marcado por la descoordinación, la falta de relato y la desconexión con la ciudadanía, el oficialismo llega a esta elección sin rumbo ni liderazgo. Nada impide una sorpresa de último minuto -la política siempre deja espacio para lo inesperado- pero todas las señales apuntan en una misma dirección: la coalición gobernante se encamina hacia una derrota particularmente dolorosa.

La candidatura presidencial oficialista es un reflejo de la crisis. Jara representa lo mejor del gobierno, y es precisamente eso lo que la limita: una carta que, a pesar de su origen, no logra definirse. Todo lo que hizo por esta administración la obliga a defender un legado difícil de explicar y, al mismo tiempo, la aleja de un electorado cansado de la narrativa progresista. Es una candidatura incómoda, ambigua, que se escabulle, se mueve sin convicción y que no logra generar simpatía más allá de su propio sector.

De hecho, la de Jara es quizás la candidatura más débil que ha presentado un gobierno oficialista desde 1989. Incluso Alejandro Guillier en 2017, con todas sus limitaciones, generaba más inspiración. Sin embargo, por inercia institucional y lealtad partidaria, probablemente logre superar la primera vuelta y llegar a la segunda, solo para ser derrotada con claridad en la instancia final.

Las causas de este desastre van más allá de la candidata. Tienen relación con el período de fatiga política y económica que atraviesa el país. La inseguridad, el bajo crecimiento y la sensación de estancamiento han empujado incluso a los sectores moderados hacia posiciones más conservadoras. Es un proceso gradual, pero evidente, que ha debilitado el espacio del progresismo y reforzado la idea de que la derecha ofrece mayor estabilidad. La coalición gobernante ha sido incapaz de leer el cambio cultural y menos aún de adaptarse a él.

Pero el gobierno no es víctima de las circunstancias, sino responsable de su propio deterioro. El tránsito de votantes hacia la derecha no es un capricho del electorado, sino una respuesta a la frustración acumulada frente a quienes prometieron grandes transformaciones y terminaron teniendo dificultades para ejecutar incluso lo más básico.

Si el gobierno hubiese gestionado con mayor eficacia, la elección al menos estaría marcada por un debate de ideas o por la defensa de los logros alcanzados. Pero pareciera no haber ánimo de continuidad ni siquiera dentro del propio oficialismo.

Por primera vez en más de tres décadas, la contienda presidencial no se organiza en torno al gobierno de turno, sino en función de la oposición. La izquierda compite bajo los términos del relato de su rival. La elección, en definitiva, se ha convertido en una elección sobre el estilo de orden y estabilidad que se requiere, y no sobre si es necesario o no profundizar en la dirección del proyecto del gobierno actual.

El Presidente Boric es, en gran medida, el principal responsable de este devenir. Su administración se preocupó más por los símbolos que por los resultados. Falló en todas las áreas que hoy concentran las prioridades de la ciudadanía: seguridad, inmigración, economía, trabajo y salud, reforzando la sensación de traición entre los chilenos moderados, que lejos de la ideología, valoran la eficacia y el sentido común.

Habiéndose conformado con no influir en la conducción de la nominación de su sucesor, el Presidente ha optado por una indiferencia total respecto de la candidatura oficialista. Ha viajado, ha participado en foros internacionales y ha polemizado con Trump. Y cuando se ha involucrado lo ha hecho para hablar del rival. Ha hecho todo menos apoyar a su candidata.

La neutralidad puede parecer prudente, pero en realidad responde a un cálculo político personal: sabe que la elección está perdida y no quiere compartir la responsabilidad de la derrota. Prefiere ser recordado como un líder que se mantuvo al margen del fracaso antes que como partícipe o impulsor.

La estrategia tiene una lógica clara. Boric entiende que, en un futuro, podría intentar reconstruir su liderazgo desde la oposición. Pero para eso necesita mantener su nombre limpio, aun a costa del deterioro de su coalición. No busca salvar al gobierno, sino su propio capital político. Evita comprometerse con una derrota que podría arrastrarlo y apuesta a preservar una imagen que le permita volver, más adelante, sin cargar con el peso del fracaso.

Esa decisión, sin embargo, definirá el balance final de su mandato. Uno de los principales indicadores de éxito político es la capacidad de proyectar continuidad. Los gobiernos sólidos dejan herencias; los débiles, no dejan nada. Se puede hasta perder una elección y ganar al mismo tiempo al dejar una idea instalada. Pero en este caso no habrá ni eso. En este caso, lo más probable es que se pierda la elección sin haber dejado una sola idea instalada.

En ese sentido, la derrota que se avecina no será solo de Jara, sino también de Boric.

Quizás esa sea la lección más duradera del proceso de 2025: los gobiernos que no logran gestionar de manera efectiva sus propios éxitos y fracasos tienden a ser superados por ellos. Sin un marco narrativo claro, sin resultados verificables y sin continuidad política, el gobierno de Boric se apresta a enfrentar el cierre de su mandato con una señal de castigo transversal e inapelable.

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