Víctor Gálvez, 56 y guardia del hospital del Salvador, esperaba a las 8pm de este martes que su señora lo pasara a buscar frente a la estación del Metro del mismo nombre, cerrada desde la tarde por el apagón, para ir a su casa en Maipú.
Recién venía enterándose del toque de queda nocturno que regiría por la declaración de estado excepción constitucional de catástrofe, el que, si bien recurría a la misma fórmula usada en la pandemia, a él lo llevaba a otro período reciente.
“Esto trae recuerdos del estallido, donde era la misma cosa. Se cortaba de repente la luz y había toque de queda”, dijo. “No muy buenos recuerdos, en todo caso”.
Y es que a las protestas contra la inequidad social del 18 de octubre de 2019 se sumaron ataques contra las estaciones del Metro y saqueos que derivaron en la declaración de estado de emergencia y toque de queda. No era el único en verlo así.
Elizabeth Rojas, 40, estaba este martes al teléfono llamando a deudores morosos, cuando pasadas las tres de la tarde vino el apagón. Como miles, pensó que era algo del edificio. Como todos ellos, estaba equivocada.
Con su compañera Marisol Acevedo, 47, decidieron caminar juntas desde la oficina de cobranzas en la Plaza de Armas donde trabajaban hasta la Alameda, a ver si conseguían una micro hacia Maipú, al poniente de Santiago, donde ambas vivían.
El Metro estaba cerrado en todas las estaciones, presionando a los trabajadores a las calles. Adentro de esté, pasajeros quedaron atrapados en los vagones, generando momentos de angustia y discusiones sobre quién debía evacuar primero.
Al no encontrar ninguna micro que parara, las compañeras empezaron a subir, casi hasta llegar a avenida Vicuña Mackenna, cerca de Plaza Italia. “Pensamos que acá podía ser más fácil, pero no hay nada. Estamos totalmente botadas”, dijo Rojas a las 5:35 pm, con docenas de otras personas paradas en la calzada, buscando sombra en medio de los más de 30 grados de la ciudad.
En las calles, los locatarios de fuentes de soda ofrecían bebidas de 1,5 litros a $2.500. El agua mineral ya se había agotado en varios lugares.
“Mandé un WhatsApp hace una hora y no llega. Tengo dos hijas chicas, de 16 y 13, y no puedo comunicarme con nadie”, se lamentó. “A mí me trajo depresión el estallido social y ahora me encuentro con esto. Es como retroceder a todo eso, de nuevo”.
Su compañera Marisol Acevedo, de pie junto a Rojas, contó que tampoco había podido comunicarse con sus hijos de 30, 23 y 16, que también la esperaban en Maipú.
Acevedo había alcanzado a escuchar a la ministra Carolina Tohá explicando que el apagón de Arica a Los Lagos (que también afectó las comunicaciones telefónicas y por internet) se debía a una falla en el sistema eléctrico originada en el norte chico y no a un ataque externo, pero no estaba convencida.
“Es raro, nunca había pasado algo así”, dijo Acevedo. “Yo creo que es un complot”.
A las 5pm, en avenida Providencia casi con Manuel Montt, una mujer levantaba un cartel escrito en una hoja de cuaderno, donde se leía “Pudahuel”.
Era Bárbara García, 30, originaria de Venezuela y quien dijo que llevaba ocho años en Chile. Contó que estaba en una entrevista para un trabajo de promotora, cuando se apagó la luz.
“Pensé que fue el edificio no más, pero después nos enteramos de que fue en todo Chile”, dijo frente al paradero. “Me recordó el estallido. Me pasó lo mismo, pero ahí estaba más lejos, en Las Condes”.
A esa hora cientos de personas bajaban caminando por las veredas de Av. Providencia, buscando volver a sus casas. Al llegar a Pedro de Valdivia ya se habían tomado una de las vías de la calzada, para avanzar más rápido.
En Providencia con La Concepción, los semáforos ya habían dejado de funcionar, haciendo aumentar el taco. Al llegar a Antonio Varas una mujer se quejaba en un paradero: “3% y no tengo cómo cargar el celular”.
Algunas camionetas llevaban a personas en el pick-up tanto en Providencia como en la Alameda, pero eran la excepción. Los autos avanzaban despacio, algunos llenos y otros sólo con el conductor. Tal vez, por temor a ser asaltados. Hubo denuncias de especulación de taxistas, cobrando precios exorbitantes por trayectos cortos, en grupos de WhatsApp de vecinos.
También hubo otros con más suerte. Ricardo Yagui, 31, quien trabajaba en posventa de una empresa de productos electrónicos, comentaba frente al cerro Santa Lucía que quería ir a Quilicura, cuando justo paró la micro 303.
“Supusimos que a lo mejor podía ser un corte sectorial, pero cuando empezamos a ver toda la cuadra y que en todos los sectores la luz ya se había ido por completo…”, dijo cuando la micro abrió la puerta. Corrió y fue el último en subir.
A las 8pm, con menos calor, pero con el metro todavía sin funcionar y a dos horas del inicio del toque de queda, Providencia seguía recordando algunas escenas del 18-O.
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