Las intensas distancias cortas. ¿Quiere partir la lectura con una cuchillada? ¿Quiere recibir en la primera línea un golpe en el mentón? ¿Quiere que le arranquen el corazón con un puño? “Tres días antes de que muriera mi padre yo regaba las plantas de una amiga” es la primera línea de la nouvelle de Arelis Uribe LAS HERIDAS, dando comienzo a un relato que no conocerá descanso yendo y viniendo entre recuerdos con un retrato de la figura del padre que no tendrá concesiones.
Una pandemia que ha dado novelas estupendas, como la magistral POETA CHILENO de Alejandro Zambra (una negociación con la brevedad de sus anteriores entregas para crear un volumen contundente y hermoso) o UN VERDOR TERRIBLE de Benjamín Labatut (un texto “degenerado” en palabras del autor que no lo clasifica en género alguno permitiéndose un vuelo imaginativo insólito) o DAME PAN Y LLÁMAME PERRO de Nicolás Poblete (arriesgado material, profundo y duro) o UTERO (quizás lo mejor del prolífico Juan Mihovilovich en un gesto autoficcional de largo aliento) o CHINO de Antonio Ostornol (un relato emocionante sobre la orfandad y el jazz como tabla de salvación), entra por los palos Arelis Uribe a decir todo lo que tiene que decir y sentar jurisprudencia de que la autobiografía alcanza su mayor estatura; hay que leerla a la brevedad y releerla y subrayar sus líneas poderosas, tremendas, dolorosas, para sentir ese extraño goce de la narrativa de comprimirnos el alma.
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