Junio 14, 2026

Pablo Zeballos y muerte de líder de Tren de Aragua: “No debe interpretarse automáticamente como el fin de la organización”

Marcelo Soto

El experto en crimen organizado, Pablo Zeballos, analiza el impacto de la anunciada muerte de “Niño Guerrero” y desmenuza los alcances de la Operación Tokio en Chile. “El riesgo no es solo la continuidad del fenómeno, sino su mutación hacia formas más desordenadas, agresivas y difíciles de anticipar”, advierte.


-¿Cómo evalúas el operativo que mató al líder del Tren de Aragua?

El operativo que habría terminado con la vida de Héctor Guerrero Flores, alias “Niño Guerrero” ya circulaba como rumor desde días antes. Sin embargo, solo adquirió carácter público cuando fue informado por la Casa Blanca, probablemente una vez que existió un mayor nivel de certeza respecto de que el objetivo había sido efectivamente alcanzado. Aun así, en el mundo del crimen organizado esa certeza siempre debe tomarse con cautela: las muertes, capturas o desapariciones de altos liderazgos muchas veces forman parte de disputas de información, operaciones psicológicas, estrategias de protección o reacomodos internos.

-¿Cuál escenario se abre ahora?

-La aparente muerte de “Niño Guerrero” abre un escenario de alta incertidumbre para la estructura criminal que durante años proyectó poder desde Venezuela hacia distintos países de la región. Aunque aún será necesario confirmar con precisión las circunstancias y alcances de este hecho, su eventual salida del tablero no puede leerse únicamente como la caída de un jefe criminal. También debe entenderse como parte de un reordenamiento más amplio de los equilibrios de poder, protección y corrupción que durante años permitieron la movilidad, el resguardo y la capacidad de mando de distintos actores criminalizados vinculados a Venezuela. En ese contexto, las eventuales redes que habrían facilitado durante años la protección de “Niño Guerrero” podrían estar hoy debilitadas, fragmentadas o simplemente haber dejado de ser útiles.

-¿Qué efecto tendrá?

-El impacto de este escenario no se limita a Venezuela. Al contrario, puede proyectarse hacia todos los países donde opera el complejo criminal conocido como Tren de Aragua, entre ellos Chile. A partir de ahora comenzaremos a dimensionar con mayor claridad si el Tren de Aragua funciona realmente como una estructura jerárquica, centralizada y con mando vertical, o si, más bien, estamos frente a un complejo de grupos criminales que comparten identidad, reputación y marca, pero que operan bajo lógicas de franquicia, diferenciación territorial y autonomía relativa.

Ese factor es clave. Si la organización depende de una conducción centralizada, la caída de su liderazgo histórico podría generar desarticulación, pérdida de coordinación y debilitamiento operativo. Pero si funciona como una red de franquicias criminales con grados importantes de autonomía, el efecto podría ser distinto: mayor fragmentación, disputas por legitimidad, competencia entre células y necesidad de demostrar control mediante violencia. En ese escenario, el riesgo no es solo la continuidad del fenómeno, sino su mutación hacia formas más desordenadas, agresivas y difíciles de anticipar.

-¿Eso lo haría más incontrolable?

-Para Chile, este punto es especialmente sensible. Hoy el país solicita la extradición de Larry Changa, considerado uno de los fundadores y figuras relevantes del Tren de Aragua. Eso no es menor. Si “Niño Guerrero” desaparece de la estructura de mando y Chile recibe a un liderazgo de alto valor criminal, el sistema penitenciario nacional podría convertirse no solo en un espacio de reclusión, sino también en un punto de disputa simbólica, operativa y estratégica para la organización y sus facciones. No debemos olvidar que el Tren de Aragua surgió precisamente desde una cárcel, y que su historia demuestra cómo los recintos penitenciarios pueden transformarse en centros de mando, articulación criminal, construcción de identidad y expansión territorial.

Por eso, el eventual debilitamiento del liderazgo histórico del Tren de Aragua no debe interpretarse automáticamente como el fin de la organización. Puede ser una oportunidad para golpear sus capacidades, pero también un momento de riesgo. La fragmentación criminal suele producir vacíos de poder, y esos vacíos rara vez permanecen vacíos por mucho tiempo. En ellos aparecen disputas, venganzas, alianzas tácticas y nuevas formas de violencia. El desafío para Chile será comprender ese proceso antes de que se exprese en las calles, en los mercados ilícitos o dentro de sus cárceles.

-¿La Operación Tokio revela el grado de infiltración del Tren de Aragua en el sistema bancario chileno?

-La Operación Tokio no demuestra necesariamente una “infiltración estructural” del Tren de Aragua en todo el sistema bancario chileno, pero sí revela la capacidad de una organización criminal transnacional para detectar vulnerabilidades, captar facilitadores internos o externos, abrir canales financieros, usar empresas de fachada y mover enormes volúmenes de dinero ilícito burlando controles antilavado, algo que es igual de grave. La presencia de ejecutivos o personal vinculado a instituciones financieras indica que un grupo tan violento como ellos también busca penetrar zonas formales de la economía, porque allí se consolida su poder real.

-¿Es la punta del iceberg?

-Probablemente sí. No porque podamos afirmar que existan montos determinados no detectados, sino porque el lavado de activos siempre expresa solo la parte visible de una economía criminal mayor. Para lavar $75 mil millones antes hubo extorsión, narcotráfico, explotación sexual, secuestros, contrabando, corrupción logística, uso de cuentas, empresas, criptomonedas y prestanombres. Es decir, no estamos ante un hecho aislado, sino ante un sistema criminal que conecta violencia, rentas ilícitas y economía formal.

-¿Qué diferencia al Tren de Aragua de otras bandas?

-Su plasticidad. Funciona como un complejo criminal con una línea pura y múltiples franquicias que permite tercerizar violencia, cobrar por el uso de su nombre, articular células, combinar delitos predatorios con economías ilícitas estables y usa la cárcel como espacio de mando, protección y reorganización. Además, construye reputación mediante violencia simbólica y brutalidad comunicacional.

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