El famoso concepto de “trampa de ingreso medio” -acuñado por el Banco Mundial en su reporte de 2007- ha sido ampliamente utilizado por académicos y políticos para describir la incapacidad de los países emergentes para superar el umbral del desarrollo. En esa época, si bien muchos de estos países presentaban altas tasas de crecimiento e importantes disminuciones en sus tasas de pobreza (Chile, quizás, como el mejor ejemplo de esto), ya se vislumbraba una dificultad estructural en estas economías para alcanzar los niveles de bienestar de los países ricos.
17 años después, con una economía estancada hace una década, Chile parece estar totalmente sumido en esta trampa (Figura 1). Nuestro crecimiento promedio de la última década (1,9%) es un tercio de lo que era en los noventa y los avances en la disminución de la pobreza y desigualdad de ingresos, se empantanaron. ¿Cómo escapar de esta trampa? ¿Estamos destinados a quedarnos en este limbo o hay caminos para retomar altas tasas de crecimiento? Coincidentemente, este año el mismo Banco Mundial volvió sobre el tema con su reporte anual: The Middle-Income Trap.
A la luz de los éxitos y fracasos de los últimos 50 años, el documento ofrece un simple marco conceptual para analizar el camino hacia el desarrollo en base a 3i: inversión, inyección de tecnología e innovación. Veamos.
Las tasas de inversión en Chile bordean el 24% del PIB, muy por debajo de países de ingreso medio alto como China o Turquía, que bordearon el 32% en el periodo 2010-2023. ¿Qué estamos haciendo para aumentarla? Nada. Por el contrario, parecemos empecinados en ahuyentarla con una excesiva permisología, inestabilidad política y constantes reformas tributarias que cambian las reglas del juego. Atrás quedaron las inversiones de alto retorno en sectores como la minería, salmones o forestal. Hoy, nadie parece preocupado en impulsar políticas que le devuelvan competitividad a nuestro sector exportador ni en fórmulas para atraer nuevas inversiones.
Y de promover inversión que incluyan nuevas tecnologías o conocimientos productivos (know–how), ni hablar. Y no me refiero a subsidiar sectores donde no tenemos ninguna ventaja competitiva (¿alguien dijo bolas de acero?). La solución está mucho más cerca, por ejemplo, en generación de energía limpia, en minerales estratégicos como el cobre, litio, tierras raras o nuevos combustibles como el hidrógeno verde. Pero, inexplicablemente, le cerramos la puerta o le hacemos la vida imposible a proyectos como la central de Bombeo en Paposo, de Colbún (US 1.400 millones), el de Tierras Raras en Penco (US 130 millones) o el de amoniaco verde de HNH Energy en Magallanes (US$ 11.000 millones). Todos ellos, con la capacidad de agregar tecnología de punta que hoy no tenemos.
Aquí, al igual que en el punto anterior, estamos al debe. Nuestro gasto en I+D alcanza apenas un 0,33% del PIB, muy por debajo de China (4,9%), USA (3,5%) o Nueva Zelanda (1,5%). ¿Qué estamos haciendo como país para formar generaciones de profesionales y trabajadores altamente calificados que puedan liderar este proceso de innovación? ¿Estamos generando condiciones en nuestro mercado laboral para que los trabajadores aprendan y difundan nuevas ideas? Nuevamente: poco y nada.
A la luz de nuestro pobre debate público (acusaciones constitucionales, sueldos millonarios en universidades o tráficos de influencia que tocan hasta nuestra Corte Suprema), todas las preguntas aquí formuladas parecen lejanas y fuera de contexto. Mala noticia. Si no las enfrentamos, olvidémonos de cruzar el umbral del desarrollo.
Nuestra economía no ha perdido el rumbo; las oportunidades para dar el salto están ahí. El problema es que el crecimiento dejó de ser una prioridad y el viento de cola ya no alcanza. Ahora, si somos capaces de trabajar en torno a una estrategia de desarrollo compartida, quizás podamos enmendar el rumbo y, finalmente, escapar de la trampa de ingreso medio.
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