En Siete Kabezas. Crónica urbana del estallido social (2020), Iván Poduje se refiere al oportunismo de las barras bravas, con ocasión de la asonada de octubre de 2019. Bajo ese clima de polarización, propicio para sus ambiciones de reconocimiento, sus integrantes llegaron a ser considerados “héroes sociales, la Primera Línea que defendería a un pueblo reprimido por los nuevos violadores de derechos humanos: el cuerpo de Carabineros de Chile”.
País barrabrava (2021), de Juan Cristóbal Guarello, relata la historia del envilecimiento de las barras, coincidente con la soterrada descomposición social de Chile durante la postdictadura.
Presenta una imagen de la naturaleza depredadora de las barras bravas, marcada, en su fase actual, por la violencia, la delincuencia y el narcotráfico: “Es un yo común obligatorio que se mueve al ritmo del bombo y en el que solo se escucha el canto que entona y lidera el núcleo duro, siempre instalado en el centro, como un agujero negro, mientras a su alrededor todos deben girar y obedecer mientras son absorbidos”. Tal depredación “se materializa también en la destrucción de los sanitarios, de las butacas y de los pasamanos si se juega de visita (incluso de local). La galería se vuelve un espacio yermo, raso y uniforme”.
Ante su impostura de “luchadores sociales conscientes”, Guarello evoca la agresión a “la entrañable Bandita de Magallanes”, conformada en 1961 y reconocida como Tesoro Humano Vivo en 2012: “Los Panzers, en 2009, atacaron a la inofensiva Bandita de Magallanes: golpearon a los músicos, todos ancianos, y destruyeron gran parte de sus instrumentos en un partido jugado en el Municipal de Puente Alto”.
Luego de la tragedia en el Estadio Monumental del 10 de abril de 2025, cuando barras bravas se concertaron para ingresar ilegalmente como una “avalancha”, y un niño y una joven murieron en la calle, bajo circunstancias aún no aclaradas, tuvo lugar un nuevo episodio que señala los oscuros vínculos entre hinchas del fútbol y el crimen organizado.
El 27 de abril, en Villa Pucará, Quilicura, Carlos Acevedo Ramírez, alias Guatón Mutema, fue asesinado a tiros desde un vehículo en movimiento, mientras veía un partido de fútbol entre Palestino y Universidad de Chile, en una calle cerrada por él, pese a permanecer bajo arresto domiciliario total.
Fue un líder narco que llegó a ejercer un amplio poder y capacidad de control territorial, conforme a su propia ley –que es el envés de la anomia. Situaciones similares acontecen ya en otras zonas del país, como Temucuicui.
El velorio y el funeral –realizado el 30– requirieron un fuerte contingente de la fuerza pública, dado su “extremo riesgo”, según el Gobierno. Los automóviles de sus deudos y los buses con hinchas de Universidad de Chile fueron escoltados por vehículos de la unidad de Control de Orden Público de Carabineros.
Las Últimas Noticias señala que, el 28, la carroza Maserati, de alta gama, fue recibida en una carpa “con alfombra roja y muchas banderas de la Universidad de Chile”, ya que Acevedo era uno de sus hinchas. Llamado “el rey de la Pucará”, era considerado “un pan de Dios”: generoso, preocupado de la seguridad, de los niños, de invitar y regalar a todos. Aunque, según una vecina, “era un peligroso narcotraficante, pero mantenía la seguridad en la población porque no quería que Carabineros entrara en su territorio”.
En eso consistía su paz criminal, contra el Estado.
Ahora bien, existe cierta complacencia ante aquel eslogan repetitivo, levantado por las barras bravas para exculparse de cualquier daño que pudieran provocar, atribuyéndolo a una fuerza ciega incontrolable: “un sentimiento que no puede parar”. Sin embargo, se entregan a esto con una dicha frenética que entraña una forma de destrucción carente de sujeto.
Esa emocionalidad sin límites corresponde tanto a su fanatismo como a un vacío interior imposible de ser colmado. Pero también a la fascinación que provoca en terceros –académicos, tesistas, artistas, políticos y activistas, entre otros– el actuar de la masa: una espiral de violencia mimética que deviene en mecanismo victimario y sacrificial, en términos de Girard, cuando la polarización ha alcanzado su paroxismo, arrastrando consigo y desrealizando toda expresión de individualidad. Entonces, sólo priman el todos contra uno y la voluntad colectiva de disolución en lo indiferenciado.
En efecto, el éxtasis de la masa, la turba, la horda, la barra brava, sin capacidad de conciencia en un sentido profundo, es la vandalización y la muerte, queridas por sí mismas, con vistas a la proyección de su propio vacío carente de identidad.
De ahí, su carácter de “yo común obligatorio” que “lidera el núcleo duro”, su naturaleza de “agujero negro” que ha eclipsado incluso al fútbol, relegado a un segundo plano, habiendo cortado todo nexo con su tradición, como lo muestra el cruel ataque a la Bandita de Magallanes.
Pura maldad.
Las barras bravas constituyen un microcosmos de Chile bajo una atmósfera de creciente polarización, luchas intestinas y frivolidad política, además de sombrías amenazas de muerte, en distintos frentes.
Así progresa el lumpenfascismo, cuya cifra es ahora la paz criminal, configurada desde su propia ley interna como ley universal en distintas zonas del país, a cambio de la falsa ilusión de una vida normal sometida a un Estado fallido, en que niños y jóvenes son meras cosas desechables, sin alma, ni un futuro digno de ser vivido.
Expandidas como una maraña inhumana, capaces de depredar todo lo que se les oponga, las barras bravas han acabado siendo una extensión más de esa corrupción, esa voluntad de nivelación y esa perversidad, propias del crimen organizado.
En cuanto tales, son un engendro más de la impostura insurreccional largamente incubada y manifestada en octubre de 2019: una criatura informe y mal concebida, mezcla espuria de lumpen, depredador, delincuente, soldado, anarquista y luchador social de última hora.
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