A tres años del estallido social, hemos avanzado poco en resolver los principales desafíos sociales que se escucharon con fuerza por esos días articulados bajo la demanda por “dignidad”. Y la verdad es que el ingrediente básico para acometer con éxito la agenda social—el crecimiento económico sostenido— ha sido el gran ausente durante todo este tiempo. Ad portas de una recesión económica; con una inflación persistente; y con una política fiscal y monetaria en pleno proceso de reajuste; nuestra economía está en un peor pie que hace tres años. El panorama no es alentador.
En abril del 2019 el Banco Central (BC) hablaba de una economía que “recuperaba su ritmo de crecimiento, liderada por la inversión”, estimando una expansión del PIB en torno al 3% y 4%. Sin embargo, en octubre de ese año, lo que —para algunos— partió como “simples” evasiones en el transporte público, terminó con incendios y daños a 118 estaciones de metro; 117.000 pymes vandalizadas y una ola de saqueos, barricadas y barbarie a lo largo del país. Así, el “octubrismo” se encargó de tirar por la borda las estimaciones del BC para ese año, transformándose en el principal responsable de un magro desempeño de 0,8% de crecimiento del PIB.
El proceso constitucional, que tenía el válido objetivo dar un cause institucional y democrático a la crisis, generó aún más incertidumbre en el panorama económico, tanto por el actuar de los exconstituyentes como por la redacción de un texto de espíritu refundacional e identitario. Esto, unido a un gobierno que en sus primeros seis meses estuvo más preocupados de hacer campaña por el Apruebo que de resolver con fuerza los problemas de la agenda económica y social, terminaron afectando últimamente la imagen de Chile. No es casualidad entonces que en este periodo nuestra moneda haya perdido entre un 15% y 20% de su valor con respecto a monedas similares.
El manejo económico de la pandemia hoy también nos tiene en problemas. Si bien en 2021 nuestra economía creció un 11,7%, se debió casi exclusivamente a la fiesta de consumo producto del populismo parlamentario que propició los retiros de fondos previsionales y las excesivas transferencias monetarias. Hoy, empezamos a pagar los costos de esta verdadera “farra”. Las personas ya no tienen liquidez (la tasa de ahorro de hogares alcanzó un mínimo histórico de 0,2% del PIB) y en octubre el BC volvió a subir la tasa de política monetaria a un 11,25%, encareciendo aún más el crédito a personas y pymes.
Con todo, después de estos tres años, los números nos señalan que no estamos mejor. Según el FMI, si en 2018 nuestro PIB per cápita alcanzaba los US$ 24.154 (PPC), al 2023 disminuirá a US$ 24.085. Es decir, el próximo año cada chilena y chileno será 70 dólares más pobre que en 2018. Junto con esto, el Banco Mundial estima que la pobreza este año alcanzará un 10,5% de la población, haciéndonos retroceder siete años.
De cara al futuro, lo que falta es aumentar la capacidad de crecimiento de largo plazo, mejorando el clima de inversiones y aumentando la productividad; aquí no hay atajos. Lamentablemente, el gobierno poco y nada ha hecho en este frente. Diagnósticos hay de sobras: tanto la Comisión Nacional de Productividad como la OCDE han sugerido hacer más eficiente la regulación y otorgamiento de permisos a proyectos de inversión; profundizar la apertura comercial (a esta altura no se explican las piruetas del gobierno frente al TPP-11); flexibilizar y modernizar nuestras leyes laborales; aumentar la productividad de nuestros trabajadores; fortalecer nuestro marco normativo para profundizar la competencia en los mercados y evitar abusos; entre otros.
A tres años del estallido social, el escenario económico es sombrío. Sin un crecimiento económico sostenido nunca podremos hacer frente a las demandas sociales en salud, educación y vivienda que hoy son urgentes de resolver. Peor aún, el tibio (y a veces nulo) respaldo a carabineros más la reivindicación de la violencia como método valido de acción política, abrieron una herida que hoy se agranda y se ve difícil de sanar. Hoy no hay nada que conmemorar ni menos celebrar, la verdadera tarea ahora es enmendar el rumbo y mostrar una hoja de ruta clara y decidida para que el país vuelva a crecer.
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