El proyecto de Reconstrucción Nacional tiene un diagnóstico correcto —Chile lleva una década creciendo al 2% y necesita reformas que revitalicen el crecimiento— y contiene medidas que apuntan en la dirección adecuada: principalmente la rebaja del impuesto corporativo y la simplificación de permisos. El problema no es el qué sino el cómo se financia.
La advertencia del Consejo Fiscal Autónomo (CFA) es la más relevante del debate, porque no es ideológica sino técnica: el proyecto compromete costos ciertos e inmediatos —principalmente la rebaja tributaria y el crédito al empleo— y financia una parte importante con ingresos futuros que dependen de que el crecimiento efectivamente se materialice. Esa secuencia tiene un riesgo inherente.
La literatura —Alesina, Favero y Giavazzi (2019); Blanchard (2023)— señala que si el mercado anticipa que el proyecto no está financiado de manera creíble, la prima de riesgo soberano sube, las tasas reales aumentan y los efectos de oferta esperados se neutralizan parcialmente.
Es razonable que –como solicitó el CFA— el Gobierno entregue escenarios alternativos de crecimiento con proyecciones fiscales sensibles a distintos supuestos, lo que permitiría evaluar mejor el riesgo fiscal.
También es mínimamente necesario identificar compensaciones de gasto concretas. Sin eso, el proyecto corre el riesgo de que los agentes lo lean como un déficit estructural que deberá corregirse con impuestos futuros o, alternativamente, se incremente el riesgo país; en cualquiera de estos casos el efecto esperado sobre el crecimiento no se materializaría.
El debate sobre credibilidad fiscal no es nuevo en Chile. La experiencia de la primera mitad de los noventa mostró que la disciplina presupuestaria no es un obstáculo al crecimiento sino que lo potencia. La solidez del balance fiscal en ese entonces contribuyó a sostener tasas de inversión elevadas y atraer capital externo en condiciones favorables.
Nada de lo anterior invalida el diagnóstico de fondo: Chile necesita crecer más y necesita reformas como las que están en discusión para lograrlo.
La pregunta no es si el proyecto de Reconstrucción Nacional es necesario o no, sino cómo blindar el proyecto fiscalmente para que sus propios efectos no sean neutralizados por la desconfianza del mercado.
Medidas tan necesarias deben estar correctamente financiadas para que sus efectos se materialicen y perduren. Esa es la corrección que, de hacerse, convertiría una iniciativa riesgosa en una reforma históricamente decisiva.
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