El gobierno recién electo ha puesto sobre la mesa una meta ambiciosa para la minería, que es aumentar la producción de cobre en 10% en los próximos 24 meses, apoyado en ajustes tecnológicos y regulatorios. En la práctica, eso equivale a sumar cerca de 500 mil toneladas adicionales. Una meta bien desafiante, considerando que, si bien en los años 2018 y 2019 se alcanzaron cifras incluso levemente superiores a ese nivel, visto en perspectiva, aquello pareció responder más a una coyuntura favorable que a una estrategia explícita y sostenida para lograrlo.
Desde 2004, la producción chilena de cobre ha oscilado persistentemente entre 5,3 y 5,8 millones de toneladas anuales. No ha sido por falta de voluntad de la industria, sino por una combinación de problemas estructurales y coyunturales conocidos. Más de dos décadas sin un salto productivo relevante invitan, razonablemente, a una cuota de escepticismo. Sin desestimar la meta, solo intentaré dimensionar el desafío, para ver si, esta vez, los astros podrían alinearse para lograrla.
Buena parte de las dificultades tiene raíces geológicas y operacionales. Muchas faenas se han envejecido y tienen costos que las ubican en el tercer y cuarto cuartil a nivel mundial, e incluso cerca del 90% del cuartil de costos. A ello se suma la caída sostenida de la ley del mineral, que alcanzaba al 1% en 2004 y solo a 0,59% en 2023, restricciones de agua, altos costos energéticos, menor recuperación metalúrgica, mayores dificultades por la dureza del mineral y múltiples problemas operacionales. Todo esto configura un escenario exigente, incluso antes de enfrentar los factores externos.
En ese plano, tampoco han faltado obstáculos, como retrasos en proyectos y ampliaciones por mayores exigencias regulatorias o procesos de consulta, conflictos con comunidades y huelgas que paralizan operaciones. Que, pese a todo ello, la producción se haya mantenido relativamente estable es casi un acto de malabarismo. La resiliencia de empresarios, ejecutivos y trabajadores ha sido clave para sostener los niveles productivos sin rendirse frente a una sucesión de problemas.
Pese a este diagnóstico, existen evidencias concretas de que los nudos sí pueden desatarse. BHP, por ejemplo, reportó en el ejercicio fiscal 2025 un récord de alimentación de concentradora, mejores recuperaciones y mayor ley, junto con un mayor aporte de cátodos gracias al ramp-up del proyecto Full Sal, basado en una nueva tecnología de lixiviación. Asimismo, tuvieron menos interrupciones y una alta disponibilidad de equipos críticos, lo que se traduce en mayor estabilidad operacional, que es clave para contar con mayor producción.
También existe, al menos, un caso de éxito en la mediana minería. Minera Las Cenizas triplicó su producción en 2024 respecto del año anterior, alcanzando 32 mil toneladas, y en 2025 habría llegado a 47 mil. Sus planes apuntan a 65 mil toneladas en el corto-mediano plazo y a 100 mil en la próxima década, apalancados en una inversión de US$ 270 millones. En este caso, no es magia, es inversión, gestión y foco operacional.
Mirando hacia adelante, también hay señales estructurales que invitan al optimismo, aunque con efectos más visibles hacia el final de la década. Las fusiones de operaciones de clase mundial permitirán sinergias relevantes y reducciones de costos. La integración de Collahuasi y Quebrada Blanca, en Anglo Teck, estima un aumento de producción de 175 mil toneladas desde 2030. Algo similar ocurre con el Plan Minero Conjunto de Los Bronces y Andina, que proyecta 120 mil toneladas adicionales anuales y reducciones de costos del 15%, también a partir de 2030. No son soluciones inmediatas, pero sí demuestran que hay espacio para optimizar y crecer.
En el corto plazo, el nuevo gobierno inicia su gestión con vientos favorables para la minería. Los precios del cobre están en niveles históricamente altos, impulsados por tensiones geopolíticas, demanda externa y fundamentos ligados a la transición energética. A ello se suma una narrativa explícita de crecimiento, inversión y facilitación, que alinea señales concretas con objetivos de largo plazo y marca un cambio respecto del clima de incertidumbre acumulado en años recientes.
Nada de esto resuelve, por sí solo, los problemas estructurales de décadas. Pero la positividad técnica y política importa. Con alianzas, tecnología, reducción efectiva de barreras y operaciones más estables, es posible imaginar que 2026-2027 pueden marcar un punto de inflexión para recuperar volúmenes y confianza. Creer que es posible no garantiza que las toneladas aparezcan por arte de magia, pero sí ayuda a que las plantas operen más horas, los equipos se detengan menos y los proyectos avancen. Mirar el cielo con escepticismo, en cambio, seguro no mueve ni una pala ni una tonelada.
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¿Una ventana de oportunidad para la minería chilena? Por María Cristina Betancour.https://t.co/0XctsFn1Hm
— Ex-Ante (@exantecl) December 29, 2025
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