Reputación corporativa: El capital que se puede derrumbar en un día. Por Luis Hernán Paúl

Director del Centro de Gobiernos Corporativos Universidad, Asesor y director de enpresas

Cuando llega la crisis —porque siempre llega— lo que separa a las empresas resilientes de las que colapsan no es su perfección, sino su capacidad de reconocer errores sin eufemismos y corregir el rumbo a la brevedad.


Vivimos en la era del escrutinio total. Nada permanece oculto por mucho tiempo. La transparencia ya no es un valor opcional: es una obligación impuesta por una sociedad que observa, cuestiona y sanciona sin demora. Y en ese contexto brutalmente exigente, la reputación corporativa se ha transformado en un activo muy valioso… pero también muy volátil para cualquier compañía.

¿Quién está al mando de protegerla? El directorio. Sin excusas.
No es el área de comunicaciones. No es la agencia de relaciones públicas. No es el community manager. El responsable último es el directorio.

Lo dijo sin rodeos el Boston Consulting Group: hoy las empresas operan con una “licencia social” que puede ser revocada en cualquier momento. La confianza de los grupos de interés no se compra ni se gana una vez; se construye día a día… y se puede perder en una sola mala decisión. Y ahí, en ese punto ciego entre el riesgo y la complacencia, es donde el directorio debe actuar o rendirse.

Durante años, la reputación fue tratada como una tarea estética, comunicacional, de forma. Un tema de frases bien pulidas y campañas ingeniosas. Pero eso es parte del problema. Hoy entendemos —o deberíamos entender— que la reputación es gobernanza, es cultura, es ética puesta en acción.

Lo dijo Eugenio Tironi con total claridad: “La reputación no se le puede encargar a nadie de afuera; está en el corazón mismo de la empresa.”

Y el problema es que muchas veces los directorios se mienten a sí mismos. Según cifras recientes, mientras el 78% de los directores cree que su empresa trata bien a sus clientes, solo el 40% de la ciudadanía lo percibe así. La brecha entre autopercepción y realidad externa no es un detalle técnico y los directores tenemos que verificar si esta situación se da en nuestra empresa porque se trata de una bomba que podría explotar y generarnos mucho daño.

Cerrar esa brecha no es un acto de buena voluntad. Es una obligación fiduciaria. Implica repensar los tableros de control, incluir métricas de cultura, abrirse a evaluaciones externas y dejar de premiar solo los resultados financieros. Porque si el propósito y la coherencia no se miden, los buenos resultados financieros no van a ser un salvavida tan efectivo.

Y cuando llega la crisis —porque siempre llega— lo que separa a las empresas resilientes de las que colapsan no es su perfección, sino su capacidad de reconocer errores sin eufemismos y corregir el rumbo a la brevedad. Las compañías con directorios bien conformado, normas claras de vocería y una cultura de escucha activa, no solo sobreviven: lideran en medio de un mundo de escrutinio constante.

La reputación no se defiende con declaraciones. Se defiende con hechos, con decisiones éticas, con conversaciones incómodas y con una humildad estratégica que empieza por el directorio. No se trata de caerle bien al público, sino de construir un estándar que se sostenga incluso cuando nadie está mirando.

Como muestra el último Board Index de Spencer Stuart (2024), los mejores directorios son los que se atreven a mirar su propio espejo, revisar sus principios y actuar como guardianes del propósito institucional.

Porque en un mundo donde todo se sabe, liderar con coherencia no es solo lo correcto. Es la única estrategia sostenible.

 

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