Saber retirarse a tiempo: los últimos días de un gran cineasta. Por Héctor Soto

Ex-Ante

El novelista británico Jonathan Coe teje una encantadora ficción con insumos verídicos en torno a la última película que filmó el gran Billy Wilder. Se titulaba “Fedora” y se estrenó en 1978. No fue una experiencia grata para él, básicamente porque el mundo había cambiado y una nueva generación estaba reconfigurando la industria hollywoodense.


El señor Wilder y yo es una novela bien curiosa. Es otra prueba más de la flexibilidad y de las libertades expresivas que ofrece el género. El libro recoge en términos testimoniales lo que parece ser la experiencia de una chica, griega de nacionalidad, que llega casi por casualidad a incorporarse al equipo de rodaje de una película que en 1977 estaba filmando el director Billy Wilder en las islas griegas. Su trabajo era oficiar de traductora con la población local y también de asistir como secretaria al guionista de la cinta, I.A.L. Diamond, gran amigo de Wilder, que para entonces, sin haber cumplido todavía los 60 años, se había vuelto un hombre quejoso, pesimista y taciturno.

La curiosidad radica en que el relato parece corresponder a una experiencia real. Pero en verdad no lo es. Todo es ficción. No hubo tal chica griega, tampoco existe la señora en que esa chica se convirtió, que se habría dedicado con el tiempo a escribir música para el cine, que después se casó y tuvo dos hijas que ya están abandonando el hogar. ¿Significa entonces que todo es mentira? No, no es mentira, ni siquiera en el sentido de la idea de la verdad de las mentiras, que Vargas Llosa postulaba como fundamento del género novelístico.

En este caso no se trata de eso. Se trata de que no es mentira porque el autor, el británico Jonathan Coe, investigó a fondo tanto la obra como las circunstancias del rodaje de la última película de Billy Wilder, Fedora, de suerte que su aproximación a la figura del cineasta y de su leal colaborador es certera por estar fundada en datos, en citas, en opiniones, en historias y formas de trabajo que están debidamente acreditadas.

Tal es el corazón de este libro: un melancólico perfil de los últimos años de un gran director de cine norteamericano, responsable de al menos una docena de obras maestras, que había nacido en una ciudad actualmente polaca pero entonces perteneció al Imperio Austro Húngaro, que se educó en Viena y se exilió cuando llegó Hitler al poder.

Fue un hombre que conoció la gloria de Hollywood, pero al cual la industria gradualmente con los años, y no tan gradualmente hacia el final, fue dejando de lado. ¿Por qué? Bueno, porque por una parte él estaba envejeciendo; cuando realizó Fedora ya iba por los 72. Pero, sobre todo, porque los tiempos estaban cambiando radicalmente, cosa que él sabía, aunque no le tomó mucho el peso, puesto que los movie brats, la generación de los críos del cine, la de Scorsese, Spielberg, Coppola y George Lucas, convirtió en chatarra, a partir de los años 70, buena parte de los pilares del viejo Hollywood, en películas perdedoras, en rostros que año tras año iban quedando en el olvido.

La novela de Coe es dura en este punto. Wilder no se dio cuenta a tiempo, al parecer, de que se estaba convirtiendo en una figura anacrónica y dejó las vísceras en el camino para tratar de sacar adelante una película que Hollywood no le quiso financiar y que se filmó con platas de un fondo de inversión alemán que no conocía el negocio ni tenía la menor idea del berenjenal en el cual se estaba metiendo.

Más allá del intento desesperado de Wilder por seguir en actividad, por tratar de seguir siendo el respetado director de sus días de gloria, con películas como Sunset Bolevard, Perdición, Una Eva y dos Adanes, Departamento de soltero, Irma la dulce, Bésame estúpido o Primera plana, esta novela contrita, un poco triste, es también un libro sobre la vejez. Sobre la vejez y sus contrasentidos. Sobre la vejez y sus soledades. Sobre la vejez y sus decepciones, a veces hasta humillantes.

No obstante el respeto y el cariño con que estas páginas perfilan tanto a Wilder como a Diamond, el autor de la novela no oculta ni atenúa verdades que fueron duras para ambos. Wilder finalmente salió con la suya y logró estrenar su película, Fedora. Pero, con todo lo interesante que puede haber sido, fue un fracaso comercial de proporciones y eso para Wilder, formado en los cánones del viejo Hollywood, no admitía excusas. A él lo tenía sin cuidado lo que pudieran decir los críticos franceses. En lo que se fijaba era en las entradas vendidas y en el monto de la recaudación, de suerte que el de Fedora fue golpe severo a su autoestima.

La mirada que hay sobre Diamond, el amigo y coguionista emblemático de las películas de Wilder, inmigrante también pero rumano de nacimiento, no es menos dura si se considera que habiendo sido un príncipe de la comedia, un maestro indiscutido del humor, una de las mentes más ácidas y burlonas de Hollywood, era ya a esas alturas un señor tristón, enfermizo y que estaba allí solo porque se sentía obligado a apañar a su amigo.

Puesto que este libro mezcla personajes ficticios con personajes reales, es pertinente preguntar si es lícito utilizar frases, opiniones o declaraciones que pudieron haber emitido figuras famosas en determinados contextos para reciclarlas al interior de un relato que desde luego ellos no han consentido.

Cuando el libro se publicó en Inglaterra, hace cinco años, Wilder llevaba 18 años muerto y Diamond 32. Ya no podían alegar, desde luego. Pero tampoco está claro si hubieran podido hacerlo con buenas razones. Porque esto no es periodismo. Un periodista ciertamente faltaría a la ética inventando, por ejemplo, una entrevista con declaraciones que un personaje pudiera haber hecho en distintos momentos. Eso sería abiertamente un abuso y una falta de respeto tanto para los lectores como para el “entrevistado”. Pero en el caso de la novela la situación es distinta. Es más, lo que allá es un uso mañoso de las fuentes, acá por el contrario es una delicadeza, porque Jonathan Coe se preocupa de que aquello que dicen sus personajes se ajuste, desde la buena fe, a lo que efectivamente pensaban y alguna vez dijeron.

Tiene encanto El señor Wilder y yo. Mucho. Rescata el temperamento, la originalidad y el genio de un cineasta de primera categoría. Desclasifica los arduos problemas que vivió hacia el final de su carrera. Y hace pensar, un poco por defección, otro poco por indulgencia, en lo que significa saber retirarnos a tiempo. Con todo lo inteligente que fue, quizás Billy Wilder estiró la cuerda un poco más de la cuenta.

 

El señor Wilder y yo

Jonathan Coe. Ed. Anagrama, 2022, 271 págs.

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