El modelo de desarrollo de Chile ha experimentado grandes cambios en los últimos 40 años. Pasamos de un modelo capitalista a la Chicago, con baja carga regulatoria, bajos impuestos y un Estado pequeño, a un modelo mixto, donde la base del modelo sigue siendo el libre mercado, pero con una importante intervención estatal en ciertos sectores y una alta carga regulatoria, que para muchos participantes del mundo productivo se ha vuelta excesiva.
Afortunadamente, el país se salvó de la implantación (primera etapa) de un modelo económico con marcados rasgos de economía socialista (economía social de derechos) que se desprendía de la primera propuesta constitucional ampliamente rechazada por los chilenos.
Dicho modelo no solo cambiaba las bases institucionales del país, sino que también, relegaba al sector privado a un menor protagonismo en el modelo de desarrollo, y por el contrario, relevaba al Estado a convertirse en una pieza clave del desarrollo productivo del país. Además, agudizaba la conflictividad entre el mundo público –con sus múltiples tentáculos regulatorios– y el sector privado.
Para seguir creciendo y no perder de forma definitiva el impulso que traía Chile hasta hace una década, se tienen que realizar varios cambios de forma conjunta. Lo primero, y sin ser un nostálgico de los años noventa, pues la historia no se repite, a pesar de que muchas veces rima, es corregir el rumbo de nuestra economía de mercado.
Reducir la incertidumbre regulatoria e institucional dando mayores certezas, pero además tomarse en serio el problema de la permisología, volver a darle espacio y libertad a los privados en la provisión de servicios como educación u otros donde funcione la subsidiaridad, dejar de gastar más de lo que producimos, reducir la deuda pública, volver a integrar el sistema tributario, otorgar incentivos efectivos al mundo privado para que tomen más riesgos, y realizar una verdadera reforma del Estado, entre otros.
Junto con lo anterior, hay muchos aspectos adicionales, de nivel microeconómico, que pueden ayudar a mejorar el desempeño de nuestra economía. En particular, en esta columna me gustaría centrarme en la idea de fomentar mucho más la economía asociativa o el cooperativismo, como uno de esos múltiples temas micro que sin duda pueden aportar a una nueva etapa de desarrollo 2.0, pero que a mi juicio, no está tan relevado todavía como debiera.
¿Sabía usted que el 10% del PIB de Nueva Zelanda es producido por cooperativas? En el caso de Italia es el 8%, Francia y España el 6% y Canadá el 5%. Son cifras espectaculares que nos muestran la brecha que existe entre lo que es posible y la realidad nacional, donde según datos de la Dirección de Presupuestos (Dipres), el aporte al PIB nacional de las cooperativas ronda el 1%.
El modelo asociativo se basa en la cooperación, participación democrática y la propiedad colectiva. No reemplaza al mercado, sino que es parte integral del modelo de mercado, pero su ventaja es que resuelve problemas concretos que muchas el modelo de competencia pura no logra resolver, pues los privados buscan la mejor rentabilidad de su capital, y dicha rentabilidad pueden no encontrarla en algunos subsectores del mundo agrícola, eléctrico, en el rubro vivienda de bajo costo, o incluso en el otorgar crédito a personas que no califican por factores riesgo en un banco tradicional, lo que si puede ser atractivo para una cooperativa.
El modelo asociativo no deja de ser rentable pues debe subsistir en nuestra economía de mercado, pero dicha rentabilidad se reinvierte y la disfrutan todos los cooperados. Por lo tanto, el modelo asociativo complementa al mercado competitivo más puro, con cooperación en algunos segmentos específicos de menores ingresos, expandiendo así nuestro modelo de mercado a un modelo de desarrollo 2.0.
Chile ha avanzado en la promoción del modelo cooperativista, pero no lo suficiente. Se requiere mejorar la regulación, ponerle foco a los incentivos que genera el modelo, mejorar la transparencia de la información, relevar la institucionalidad -donde un muy buen avance fue la creación del Instituto Nacional de Asociatividad y Cooperativas con base en Corfo, pero ahora hay que ponerle los recursos necesarios para que la nueva institucionalidad tenga impacto-.
También hay que regular para evitar la atomización las cooperativas pues el principal desafío que enfrentan es pasar de ser empresas pequeñas a empresas medianas, algo que, por ejemplo, Coopeuch ha demostrado que es posible de hacer usando tecnología de avanzada y una gestión de profesional, pues dicha cooperativa de ahorro y crédito ha logrado tener más de 1.000.000 de socios, compitiéndole directamente a los bancos en algunos segmentos. Es posible.
Es importante que, además de resolver nuestros problemas macro, fiscales, institucionales y de incertidumbre, avancemos también en los temas micro/regulatorios que pueden ayudar a volver con fuerza a la senda del crecimiento. El tomarse en serio el fomento de la economía asociativa es uno de los múltiples temas que creo vale la pena ponerle fichas en nuestra próxima etapa de desarrollo.
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Trump y la guerra comercial que se avecina. Por (@jjobach). https://t.co/JWLf74p7V1
— Ex-Ante (@exantecl) March 6, 2025
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El problema es cuando se instalan por inercia. Sin preguntarse qué comportamiento están empujando. Porque cuando los incentivos están mal diseñados, no dejan de ayudar: empiezan a dañar.
Los costos que implica ignorar la opinión de los economistas bien entrenados no son abstracciones teóricas; son consecuencias concretas para las personas, quienes merecen que sus líderes tomen decisiones basadas en la evidencia, la racionalidad económica y el contexto cultural.
En materia energética, postergar decisiones no es neutral, es la forma más cara de no avanzar. Por lo mismo, la competitividad del país depende de cuán rápido seamos capaces de convertir las ventajas, como el gran desarrollo de energías renovables, en seguridad, eficiencia y menores costos para las personas y empresas.
La cuenta regresiva ya empezó, y la lección más urgente para los sostenedores chilenos es clara: la privacidad y la velocidad de respuesta ya no son un anexo del contrato de matrícula. Son la nueva regla de convivencia escolar.
Con todo, esta cuarta ventana, junto con la integración total, parece ir en una dirección razonable: cerrar, a un costo conocido y acotado, un capítulo del sistema tributario que lleva más de una década generando dudas, para poder ofrecer hacia adelante un sistema más simple y competitivo.